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«Los clientes dicen que les dejo huérfanos»

A CORUÑA

Es más que una cafetería. Es un referente en la vida social coruñesa que hoy dice adiós a su fiel clientela. Marabú cierra sus puertas tras 33 años de cafés y tapas

03 dic 2008 . Actualizado a las 15:02 h.

Marabú cierra hoy sus puertas. «A mí es como si me cierran el salón de casa», exclama uno de los clientes habituales, uno de esos que casi parece que forman parte del mobiliario de esta veterana cafetería regentada con sabia mano por Juan Buján Castro, que hoy se jubila. Y es que Marabú es uno de esos locales que ha trascendido el plano hostelero para convertirse en parte ineludible del paisaje coruñés. De esos que pasan a ser parte de las vidas de todos aquellos que llevan años disfrutando de su deliciosa tortilla en la barra baja del fondo. Una parroquia fiel, casi una familia, que ha gozado durante décadas del calor hogareño que destila el saber hacer de Juan detrás de la barra. Un cariño que, en sentido inverso, expresa el hostelero con emoción: «Hay generaciones de la misma familia que han pasado por aquí. He visto crecer y tener hijos a muchos clientes. Y muchos de ellos han visto crecer a los míos. No sé como podría decir lo agradecido que les estoy», explica conmovido.

Así que, al fin, le llega la hora de descansar a este infatigable currante: «Llevo 60 años trabajando, así que creo que ya me merezco una pausa», comenta. Con 14 años, Juan emigró a Argentina. Más concretamente el 7 de diciembre de 1948, según revive su prodigiosa memoria. Y no sería hasta 1975 que volvería a poner los pies en su tierra: «Volví exactamente el día que murió Franco. Me fui solo y regresamos cinco, con mi mujer y mis tres hijos». Se refiere a Dora, responsable de buena parte del éxito de su cocina, y Pablo, Luis y Bibiana, que han terminado echando una mano en estos últimos tiempos tras la barra.

La cafetería Marabú llevaba abierta desde 1971, pero fue cinco años más tarde cuando Juan cogió las riendas del negocio: «Ya se llamaba así. Es el nombre de un pájaro, pero también de un cabaré de Argentina, y se lo había puesto el anterior propietario, que también había vuelto de allá», recuerda con un acento en el que todavía se adivinan ciertos dejes porteños.

Buenas tapas, mejor atención

Todo lo aprendido en años de trabajo en la hostelería bonaerense lo puso en práctica en una ciudad en la que la tradición de los viejos cafés de los Cantones se había trasladado al Ensanche, con referentes como las ya desaparecidas cafeterías Marte o Venus. Marabú, como centro de este particular sistema solar, sobrevivió al resto. El motivo es doble: una tortilla antológica y una ensaladilla que muchos clientes encargaban, incluso, para llevársela a casa, entre otras muchas delicias. Y, por supuesto, un trato exquisito con quien allí paraba, fuese habitual o no: «Siempre atendí a todos de igual manera. Nunca me fue el peloteo. Al final, he de reconocer que me siento querido por los clientes y por los vecinos en general, aunque no sé muy bien por qué», dice Juan, modesto. Es eso precisamente, el trato con la gente, lo que augura que más va a echar de menos en su retiro: «Así era una satisfacción trabajar. Es lo que me mantiene joven», afirma lleno de razón, ya que los 74 años que arrastra no los aparenta en su frenética actividad ni por asomo. Pero ahora toca descansar, «disfrutar de la vida, que con este tipo de negocios no es fácil. Dicen que me voy a aburrir, pero casi me empieza a apetecer aburrirme un poco», admite.

Hoy pasarán los clientes a tomar un último café, y no sin cierta carga de nostalgia: «Algunos ya me han dicho que quieren llevarse algo de recuerdo, la caja de puros... ¡Incluso hay quien me ha dicho que les dejo huérfanos!», comenta divertido y con emoción contenida. De todos modos, Juan no abandona a su suerte a sus fieles, y ya se ha ocupado de que estén bien atendidos en su ausencia: «Voy a introducir una cláusula en el traspaso que exija que la cafetería tiene que ir a mejor», bromea. Y podrá ser mejor, aunque ya no será lo mismo.