Lleva cuarenta años endulzando los veranos a todos los que sucumben ante la tentación de un cucurucho de helado
12 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Es el custodio del saber hacer de la mítica heladería La Ibense, que cerró sus puertas en los Cantones hace casi dos décadas. Desde hace 21 años, Leonardo Roberto Reboredo da rienda suelta a su imaginación y a sus conocimientos como maestro heladero para satisfacer al sinfín de paseantes que recalan en la heladería Colón, situada en la Marina. Pero su pericia a la hora de encontrar el punto justo de cremosidad le viene de muy atrás: «Hace cuarenta años llegué de mi Teo natal a A Coruña y ya empecé a trabajar como encargado de la Ibense, y hasta casi cuando cerró», recuerda. Su primer contacto con el mundo de los helados lo tuvo, de todos modos, un poco antes, en París: «Yo estaba trabajando en la compañía telefónica, pero tenía unos amigos que trabajaban en un establecimiento de helados de la calle Rivoli, y ahí empecé a interesarme por esto». Y hasta ahora.
Vive pendiente de la previsión del tiempo: «Según el día que vaya a hacer, hago mayor o menor cantidad de según que helados. Así que lo primero que miro en el periódico al levantarme es el parte meteorológico», afirma. Y es que hay sabores para los días de calor, y otros para los que las nubes hacen acto de presencia: «Si el sol aprieta, la gente se tira al limón o al de piña, que es muy refrescante. La crema tostada o el chocolate suelen pedirse cuando no hace mucho calor», explica el heladero.
Cada día, y sin pensar todavía en retirarse, se levanta a las seis de la mañana para preparar las cubetas de maracuyá, vainilla... Las recetas exactas, por supuesto, las comparte solo con su hijo, pero asegura que el secreto radica en las materias primas que utiliza: «Ahí no se puede fallar, tienen que ser de primera calidad. Utilizo solo leche fresca, del día, nada de cartones; el chocolate es belga, ecológico; las fresitas pequeñas las traen de Italia... Sale más caro, pero la diferencia es más que notoria. Lo demás, es solo echarle mucho cariño». Se muestra orgulloso al saberse un referente en el verano coruñés -«me queda la satisfacción de haber puesto mi granito de arena por el turismo de la ciudad»- y cuenta la historia de un escocés que llegó al establecimiento con un vasito de la heladería: «Se lo había dado un amigo en Escocia al que le habían gustado nuestros helados».
Tras el mostrador, cuchara en mano y escarbando en las cubetas, está uno de sus hijos -«el otro es ingeniero, y aunque le gusta, no se dedica a esto»-, que sigue con la tradición. Incluso sus nietos, cómo no, muestran interés: no todo el mundo puede presumir en el colegio de que su abuelo tiene una heladería. Así que los helados de la Colón están, por ahora, asegurados.