Un día después del aparatoso accidente, la familia que regenta la parrillada de Cortiñán continúa con el miedo en el cuerpo
03 jul 2008 . Actualizado a las 12:00 h.«Estaba en mi habitación con una amiga, escuché un ruido enorme, pensé que era un trueno, y las cosas de la estantería se cayeron de repente». Así percibió Florencia Cargemel, de 12 años, el impacto del camión que, a las 17.50 horas de ayer, se empotró contra la parrillada El Quebracho, en Cortiñán. El vehículo, que circulaba por la N-VI en dirección a A Coruña, derribó una esquina del edificio e hizo que cundiese el pánico entre las cuatro personas que se encontraban en el interior del inmueble, que en su piso de arriba es la vivienda de los propietarios.
Eduardo Cargemel, el dueño, se puso en acción en cuanto escuchó el estruendo. «Yo era el que estaba más alejado del lugar del impacto. Cuando escuché esa tremenda explosión, corrí a la habitación de mi hija y bajé al local para comprobar si todos estaban bien», afirma. Begoña Vázquez, su compañera sentimental, fue la persona que más cerca estuvo del lugar del derribo, y todavía se recupera del susto: «Yo estaba en la cocina, a pocos metros del lugar en el que se empotró el tráiler, cuando de repente escuché un estruendo terrible y todo se llenó de polvo y humo, no sabía qué estaba pasando. Hemos vuelto a nacer», asegura.
En cuanto pudieron reaccionar, Begoña, Eduardo, Florencia y su amiga salieron al exterior. «Vimos el camión empotrado, ya había gente intentando auxiliar al camionero, que salió lívido de la cabina por sí solo, aunque por suerte no le ocurrió nada. Estaba lloviendo y todos estábamos muy nerviosos», asegura Begoña. «Miramos si el camionero estaba bien. Algunas personas quisieron sacarlo, pero bajó por su propio pie, estaba lívido y muy nervioso. Tenía sangre en el hombro y la ambulancia se lo llevó enseguida», añade Florencia.
Según Begoña Vázquez, un poste de la luz de hormigón, que el golpe partió en tres, amparó algo el edificio. «Gracias a Dios no ocurrió una desgracia», dice consternada. En el lugar donde cayeron los escombros, instantes antes, «una pareja de clientes habituales había estado tomando algo, fue una suerte que no pasase nada». Además, minutos antes del accidente, Begoña y Florencia habían pensado salir por la entrada principal, que quedó parcialmente sepultada por los cascotes, a hacer unos recados. «Los daños son bastante elevados. El choque destrozó parte de la pared, mesas, sillas, una mampara, el televisor, la máquina recreativa y la de tabaco».
El dueño del local, que lleva año y medio regentando el negocio, no recuerda nada parecido: «Nunca nos había ocurrido nada así, además esto es una recta». Según Eduardo Cargemel, el camión venía desde Montellos y, tras hacer un ceda el paso, se incorporó a la vía principal «en un tramo que además es cuesta arriba. Según el conductor, el cuentakilómetros marcaba 40 por hora, y dijo que había aceite en la carretera». El hostelero destacó la rapidez y la eficacia con que actuaron el servicio de ambulancias, la Policía Local, la Guardia Civil y los bomberos, e indicó la necesidad de «moderar la velocidad o habilitar un paso para peatones», ya que en la zona «se puede tardar quince minutos en cruzar la calzada, y los responsables hacen oídos sordos».