La solidaridad de una coruñesa en Chiapas

Maruja Campoviejo redac@lavoz.es

A CORUÑA

21 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

«Ahora me quedan nueve horas de avión desde Madrid y otras 23 de autobús hasta llegar a casa», me cuenta Blanca Rodríguez Fernández-Argüelles justo antes de embarcarse rumbo a México. Esta joven coruñesa decidió cambiar su paisaje natal por el más árido de Chiapas hace casi un año, por su cuenta y riesgo: «Íbamos por seis meses, pero al final nos hemos quedado». Se refiere a ella y a Javier Sáenz de Tejada, quien la acompaña en toda esta aventura. Aquella es una zona preciosa, según afirma, pero muy deprimida. Por eso su labor allí es tan necesaria como encomiable, por mucho que a ella le pese: «Yo estoy allí porque quiero y nada más. No digas que estoy allí para ayudar a gente ni nada de eso», insiste en su modestia. Pues no lo diremos, aunque sea así. En Chiapas prestan su servicio en lo que llaman las comunidades, unas aldeas en las que enseñan a leer a los niños y a otros no tan jóvenes. Para llegar hasta allí tienen que tirarse cinco horas en coche y otras cinco sobre los lomos de una mula, lo que da indicios de cómo son las infraestructuras de la zona. Allí permanecen unos días, y después vuelven al pueblo donde residen con la única idea de volver a las comunidades un par de semanas después a proseguir con su labor. Eso, aparte de atender la tienda de comercio justo que han abierto, donde venden la artesanía elaborada por las cooperativas de indígenas.

Pero la capacidad de iniciativa de Blanca no se estanca en la educación de los habitantes de las comunidades, ya tiene otro proyecto entre manos. Los efectos del fenómeno meteorológico conocido como El Niño se han hecho notar dramáticamente en numerosas zonas de Centro y Sudamérica. En la costa oeste de México, pegado a la frontera con Guatemala, hay un pueblo que solía vivir de la pesca llamado La Palma, pero al cual los cambios en el clima han dejado sin recursos. Aprovechando que cuentan con una playa que, dicen, no se recorre de punta a punta en una semana, pretenden reconvertir la economía local centrándose en un turismo respetuoso con el medio ambiente, para lo que están habilitando una especie de cabaña donde acoger a los turistas que quieran disfrutar de la inmensidad del océano Pacífico. Blanca acaba de pasar unos días en A Coruña, visitando a su familia. Llega la hora de regresar a Chiapas, sin saber a ciencia cierta cuando podrá volver a su ciudad, y se sube al avión con una sonrisa que hace que uno se replantee demasiadas cosas.

Recordarán aquello de «Pezqueñines no, gracias», que invitaba a un consumo responsable de los productos del mar. Ahora les ha tocado el turno a otros pequeños, a los nuestros, para que aprendan a respetar las tallas mínimas en su dieta y, de paso, que aprendan también a degustar los manjares que nuestras costas ofrecen. Así lo han podido hacer en los campamentos Fish and chips, que estos días se celebran en el Aquarium Finisterrae. Chavales de entre 10 y 13 años disfrutaron de un menú basado exclusivamente en productos de origen marino que ellos mismos colaboraron en su preparación. La jornada se completó con un taller sobre el tamaño mínimo de las piezas y dando de comer a las focas.

No me voy a referir a un artista de los fogones sino a un pintor que está especializado en exponer en locales de hostelería. «Sí, la verdad es que me gusta exponer en bares y restaurantes porque llegas a mucha gente de una manera menos seria que en un galería», apunta el coruñés Manuel Villarino , que acaba de inaugurar una muestra en El Huerto de Santa Cristina. «También tengo obra en Os Belés y en el Encarnado de Los Rosales», precisa este pintor que desde pequeño disfruta con los pinceles aunque no fue hasta hace 10 años cuando se decidió a vivir de la pintura. Ahora apuesta por los blancos y negros y los grises y además de los temas abstractos y surrealistas profundiza en la temática andaluza, con muchas mantillas y otros adornos. Me cuenta que acaba de crear el nuevo anagrama del Liceo de Monelos.