La Pedra de Abalar y su atracción fecundante, más tarde cristianizado por la Iglesia, fue el germen creador de una localidad que sigue atrayendo a las masas
La piedra ante todo es y manifiesta una manera de ser absoluta, decía Mircea Eliade, tal vez el más grande estudioso sobre lo que significaron las piedras y en especial las piedras sagradas.
Muxía es uno de los pueblos más antiguos de España y, sin duda, del mundo: sabemos sus orígenes y los rastreamos, porque la vieja Monxía (o Mongía, como aparece en los documentos en el siglo XVI y XVII), la antigua tierra de monjes, recuerda el proceso cristianizador del primer medievalismo en los siglos VI y VII d.C., cuando San Martín de Dumio y San Fructuoso trataban de despaganizar a aquellos que adoraban a las piedras, los árboles y las aguas.
Y aún a pesar de la insistencia de viejos cenobios monjiles para redimir cristianamente a los adoradores de piedras del Finisterre (para los antiguos era el inmenso territorio del Noroeste y Fisterra es solo un fragmento) del lugar de la Barca, donde el fabulador Vicetto quiso enterrar a la imaginada diosa Celt, los que ritualizaban, con voluntad pagana, la gran Piedra d?Abalar eran miles.
Esa piedra de 70 toneladas que se movía al ritmo de leves impulsos, inscrita en el período neolítico, remite el lugar del actual pueblo de Muxía al tercer milenio antes de Cristo, es decir, nos sitúa a una distancia aproximada de cinco mil años. La Piedra d?Abalar es por ello el origen de Muxía y su atracción fecundante (la fecundidad fue el rito neolítico por excelencia, unida al matriarcado) para solucionar esterilidades imposibles, ligada al amor y a la muerte -Eros y Thánatos empezaron a unirse entonces- fue el nacimiento del mito seductor que convirtió aquel acantilado que miraba secretamente al Atlántico más tenebroso y romántico que un día cantaron Rosalía, Lorca, Rocha y Valente.
Tal era el gentío que acudía a los ritos sagrados de la fecundidad y el amor sobre la Piedra, buscando soluciones sobrenaturales y cósmicas, que Muxía ejemplifica hoy el mejor modelo de una hierofanía (la piedra que manifiesta lo sagrado, según el citado Eliade) a pesar de la Iglesia.
La Iglesia que, cuando hereda la fuerza mediática de la Piedra pagana, y en plena Edad Media de Reconquista y Santiago Matamoros, no tiene otra ocurrencia que inventar una Virgen que navega en una barca pétrea para animar en sus prédicas al Apóstol que se dedicaba a convertir a los paganos adoradores de aquellos acantilados. Cristianizar la Piedra d?Abalar, receptáculo de peregrinos venidos de todo el mundo, convirtiéndola en barca, fue la imagen ideal de un proceso fabulado que la Iglesia utilizó contra la fuerza imposible de sus antiguos ritos.
Y hoy nadie sabe si la Virgen gótica, aparecida al apóstol Santiago, según cuenta la leyenda, es la versión de la metempsícosis de un druidismo inventado en este Noroeste, atribuido a la vieja Celt, que el historiador Vicetto enterró debajo de la gran losa vacilante, o si la fecundidad regenerativa de la Piedra se debe a la Virgen María. Tampoco pretendemos aclarar la duda, porque todos saben que entre Cristo y los viejos dioses se ha firmado un pacto de coexistencia, hace muchos siglos, encima de la Piedra d?Abalar, de manera que agnósticos y cristianos puedan compartirla en su utilización de medium. En unos casos será Celt y los ancianos e imaginarios druidas de la fábula los que aporten soluciones; en otros, será el favor inquebrantable de la Madre de Cristo.
La Iglesia no ha tenido más remedio que respetar su convivencia y es que los primitivos anatemas aún recorren incandescentes y estériles el litoral.
Cinco mil años después Muxía existe gracias a la Piedra y eterniza su Barca en la metonimia que Öba Pagola trazó, con su baile infantil, una noche de verano frente a la sombra que el Santuario proyectaba aquel día en el Océano oscuro y más rosaliano.
X. Antón Castro, natural de Muxía, es subdirector general del Instituto del Patrimonio Cultural de España.
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