Hace ocho años que regenta una pequeña caseta de venta de gominolas en A Pobra, pero Carmela Arias se ha criado toda la vida entre chucherías.
-¿Cómo empezó en el negocio?
-Ya ni me acuerdo. Desde pequeña mi abuela me traía para estar con ella en el quiosco, así que cuando ella se jubiló, yo me hice cargo de la caseta.
-¿Qué requisitos hay que tener para ser buena quiosquera??-Es un trabajo muy sacrificado, no hay fiestas, ni domingos, ni festivos. Además, hay que saber tratar con la gente porque, al fin y al cabo, es un oficio de cara al público.
-En una caseta tan pequeña, costará ordenar toda la mercancía, ¿no?
-Hay que tener mucho sentido de la organización, cada cosa tiene su sitio, y más en esta época, cuando llegan más paquetes.
-¿Cómo son los clientes?
-Los niños son exigentes, no paran hasta que obtienen lo que quieren. Son grandes negociadores, siempre acaban por quitarle a los adultos alguna moneda para comprar sus gominolas preferidas.
-Tiene que ser difícil no caer en la tentación, ¿no?
-Hay muchas cosas que han llegado a aburrirme, pero tengo que reconocer que el chocolate es mi perdición.
-¿Qué hace cuando no hay gente?
-Aprendí con el tiempo que tenía que entretenerme con algo, así que hago punto de cruz o me dedico a jugar con el ordenador.