Piedra y agua, con frío o con sol

Susana Luaña Louzao
susana luaña VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MONICA IRAGO

A la playa le salió competencia en la ruta que sube hasta Armenteira

20 jul 2012 . Actualizado a las 06:55 h.

La afluencia de turistas a las oficinas de información de Meis y de Ribadumia aumentó de forma espectacular en los últimos años, y ese incremento se debe al interés que despierta la Ruta da pedra e da agua que, partiendo de la rotonda de Os castaños, en Ribadumia, trascurre a lo largo de doce kilómetros hasta alcanzar su jubilosa meta en el monasterio de Armenteira.

Y no es de extrañar. Porque la mayor parte de los parajes naturales propuestos en la comarca sirven como alternativa al sol para aquellos días -tan frecuentes, por otra parte- en los que el mal tiempo impide ir a la playa. Pero la ruta que discurre paralela al río Armenteira por los caminos que en otros tiempos emplearon los parroquianos para llevar el grano a moler al medio centenar de molinos diseminados por el recorrido, tanto vale para el frío como para el calor. Con mal tiempo, sigue siendo una alternativa al veraneo playero; y con el bochorno se agradece refrescarse por los senderos que discurren al lado del río abrigados por frondosos árboles. Podría decirse que la ruta hasta Armenteira es el pulmón verde de la comarca. Y curiosamente, hasta el año 2008 permanecía escondida. No fue hasta entonces que se inauguró un recorrido en cuya recuperación trabajaron las escuelas talleres y los operarios de Ribadumia y Meis, junto con la Escola de Canteiros de Pontevedra.

Muchos son los alicientes para el caminante. En la primera parte del recorrido, más llana, los atractivos naturales conviven con la labor de los canteros hasta hacer de la ruta una auténtica escuela de etnografía. Los molinos de agua recuperados y la reproducción de un poblado que recrea una aldea gallega de principios del siglo XX contribuyen a ello.

La segunda parte es más empinada y se centra en el disfrute de la naturaleza. De dificultad media, el caminante que sube hasta Armenteira lo hace acompañado del murmullo del agua, del canto de los pájaros, del verdor de los caminos, de la belleza de las piedras... Y de repente, el monasterio. Y uno entiende que a San Ero se le pasaran los siglos.