Tras meses de obras y encendidos debates estéticos, la peatonalización de la céntrica calle vilagarciana culminó ayer, con una inauguración postinera
13 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Es, por el momento, el emblema de la gestión del bipartito vilagarciano en materia urbanística. La ambiciosa intervención ejecutada sobre la calle Alcalde Rey Daviña ha protagonizado, desde su inicio, múltiples conversaciones. Hay a quien le gustan las farolas y quien las odia tiernamente. Quien aprecia su iluminación atenuada, buscando seguramente que los locales comerciales hagan su parte del negocio, y quien considera que los murciélagos van a dormir la siesta del vía crucis a sus anchas. Quienes creen que los bancos, de madera y acero cortén, son cómodos, y quienes opinan que estarían mejor en un paseo fluvial. Lo que nadie pone en duda, a estas alturas, es el beneficio que para los ciudadanos supone la conquista de uno de los principales espacios de la ciudad del que, definitivamente y salvo las tareas de carga y descarga y el acceso a dos garajes, desaparecen definitivamente los automóviles.
La inauguración se tradujo, ayer, en un paseo entre la plaza de la Constitución y Ramón y Cajal. En él participaron la alcaldesa, Dolores García, Marcelino Abuín, alma mater de la peatonalización, la concejala de Promoción Económica, Rosa Abuín, el subdelegado del Gobierno, Delfín Fernández, y el presidente de la Autoridad Portuaria, Javier Puertas, entre otros. En su discurso, la regidora rememoró la centenaria historia de la antigua calle Ancha do Río, dibujando ciertos paralelismos con el Macondo de García Márquez.