Las palmas que inundan la Semana Santa gallega las traen desde Elche las mujeres de una familia que las trenza y adorna con sus propias manos
12 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando en España todo olía a dictadura y la Semana Santa se celebraba a rajatabla, las familias acudían el Domingo de Ramos a misa para bendecir las ramitas de olivo. Pero coincidiendo con la llegada de los aires frescos de la democracia, los modestos olivos fueron dejando paso a las más vistosas palmas, primero más discretas, y después adornadas con todo tipo de florituras. Las culpables de que esa moda llegase a Galicia son las mujeres de la familia Gándara, que compran, adornan y distribuyen las palmas por toda Galicia, Asturias, Cantabria y norte de Portugal. Abastecen, en total, el 70% del mercado en esa zona.
Todo empezó en 1967, cuando algunas mujeres de la familia, que vendían flores en un puesto de Vigo, se fueron a pasar unas vacaciones a Elche y se les ocurrió la idea de llevar algunas palmas de vuelta a Galicia para venderlas ellas directamente. «Eran mis tías, las hermanas de mi abuela por parte de padre -recuerda Luci Gándara-; y ahora nos dedicamos más de veinte personas de la familia; dos de mis tías ya murieron, pero queda Pura y sus siete hijas, además de los maridos, hijos y todos los que se van sumando por el camino».
El primer año la familia se limitó a vender en Galicia las palmas que habían traído de Elche, pero la experiencia fue tan buena, que al año siguiente decidieron volver para aprender a trenzar y adornar las ramas que se cortan de las palmeras levantinas. Y así hasta hoy.
Luci Gándara García es sobrina de Pura, Ruliña y Mercedes, tías de su padre. Luci se crió en Vigo, pero su madre es de Vilanova, y cuando ella tenía siete años, la familia se trasladó a Arousa. Ella, sin embargo, pasaba todos los veranos en Vigo, y allí aprendió, con sus tías y sus primas, a trenzar las palmas. Con el tiempo se casó con Ramón Dios, actual presidente del Consello Regulador Mexillón de Galicia, y el matrimonio se asentó en A Illa, donde viven con sus dos hijos. Ahora Luci regenta un negocio de hostelería, lo que le resta tiempo para dedicarse a las palmas con la intensidad con la que lo hacía antes. Aún así, al llegar la Semana Santa surte del producto a las floristerías de la comarca, hasta donde se siguen trasladando sus primas para vender en los mercadillos.
Dormir dos horas
El trabajo empieza en torno al 10 de enero. «En Elche cortan las ramas de las palmas normales y las almacenan bajo tierra con azufre, y así el color verde se transforma en amarillo», explica Luci. En tanto no llega la fecha de sacarlas al mercado, se almacenan en un lugar oscuro con ácido. Luego, cerca ya de la Semana Santa, es el momento de adornarlas. Luci cuenta para ello con la ayuda de su marido. «Aprendió en una noche; se sentó a mi lado a mirar como hacía y ahora las hacemos entre los dos». Hay días en los que duermen dos horas, porque la época de venta es muy limitada y hay que adornar las palmas, luego venderlas en los mercados y después preparar las del día siguiente. «Cada una lleva una hora más o menos de trabajo; hay que trenzar la palma principal y después coserla para hacer los dibujos».
Pero no es un trabajo apto para cualquiera. Los dedos quedan destrozados y el azufre quema las manos, aparte del dolor de espalda que provoca estar horas encorvado en la misma posición. «Tengo una prima que quiso hacerlo y no pudo por culpa del ácido, y una tía que tampoco porque tenía asma».
En miniatura
Desde A Illa, Luci y Ramón suman innovación a la tradición familiar. «Hace diez años inventamos unas pequeñas para poner en los coches que tienen mucho éxito». Venden sobre cuatro mil palmas cada Semana Santa. «No da para vivir, pero es como una paga extra».