Hay sonidos que, de tanto oirlos, acaban siendo escuchados a todas horas, incluso en medio del silencio. Eso es lo que le pasa a Rosa María Chaves con el ruido que producen los coches cada vez que pisan la pintura rugosa con la que ha sido marcadas las señales horizontales de la PO-549. Ella vive al pie de esa carretera, justo en el cruce de San Miguel. «Todas as noites, cada vez que pasa un coche, síntoo. As veces penso que me van volver tola», cuenta esta mujer.
«Decían que esa pintura ía evitar accidentes», protesta la mujer. Pero de eso nada. La molesta banda sonora que le han puesto a su vida no ha servido para reducir la peligrosidad del cruce de San Miguel, donde varios caminos se abren sobre la carretera general. Los semáforos que regulan ese galimatías de intersección no siempre funcionan, y los conductores no siempre gozan de la visibilidad debida y las velocidades suelen superar con creces al sentido común.
Pero si circular con el coche por ese punto es complicado, mucho más difícil resulta el trance para los peatones. «Hai que pensar que ese é un punto polo que pasa moita xente a andar», cuenta Rosa. «Todos os que baixan de San Miguel teñen que pasar por aí. Se baixan facer un recado, ou se baixan a tomar algo ao bar... É moita a xente que ten que cruzar aí, e é moi perigoso», relata.
Tan peligroso, que ya se han producido muchos atropellos, algunos de ellos mortales. «Que poñan pasos de peóns como hai que poñelos, e que se deixen de pinturas raras», sentenciaba esta mujer. A su queja no le falta sentido: cualquiera que quiera cruzar la carretera en el cruce tendrá que desplazarse a pie más de un kilómetro tanto en dirección a Cambados como en dirección a Vilagarcía para encontrar un lugar de paso señalizado.