«Los viejos me aburren, solo hablan de enfermedades y de los nietos»

La Voz VILAGARCÍA |

AROUSA

En el 2002, con 82 años, Conchita cumplió su sueño: vivir en Galicia. Dejó atrás su Cataluña natal y eligió como destino O Grove. Dice que quiere morise en este lugar

13 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Bea Costa Decía el anuncio que no pesan los años, pesan los kilos. A Conchita Ximénez no le pesa ni una cosa ni la otra. Quizá solo una muleta que tiene que usar desde hace unas semanas por culpa de una prótesis en la rodilla. Por lo demás, a sus 85 años sigue nadando 400 metros diarios en la piscina de A Toxa y mantiene una actividad física y mental que ya quisieran para sí muchos que no llegan a los treinta.

Conchita es de esas personas independientes, que no sabe ni quiere estar sin hacer nada y que no pierde el entusiasmo por las pequeñas cosas, a pesar de que su edad le permite estar de vuelta de casi todo.

Perito mercantil de profesión, siendo muy joven y en los duros años de la posguerra, fundó en Barcelona una empresa de confección textil junto a su madre y su hermana después de haber perdido a su padre en la guerra. Les fue bien a base de trabajo y talento: «Mi madre era una persona excepcional y mi hermana, muy inteligente».

Tenista, abogada y artista

En su juventud hizo ballet; a los treinta años empezó a jugar al tenis y no paró hasta los 52, tiempo en que ganó 23 trofeos; a los cuarenta empezó a practicar submarinismo y a los sesenta decidió que ya era hora de volver a estudiar e inició la carrera de Derecho. La terminó a los setenta años. Hoy, con más de ochenta, se ha convertido en la nueva presidenta del colectivo artístico Artegrove y su ilusión inmediata es sacar el título de patrón de barco y ver publicada su segunda novela: El secreto del joyero de plata. Solo tiene que proponérselo.

A la par que hacía todo esto, dio clases de matemáticas e inglés comercial en el INEM -hoy sigue impartiendo clases en O Grove para los amigos-, aprendió a conducir la moto con sidecar en una época en la que muy pocas mujeres se atrevían a semejante cosa e hizo sus pinitos en el mundo del cortometraje con la grabación de varios documentales y de la pintura, que ahora está retomando de la mano de Artegrove.

La historia de Conchita está plagada de conquistas, aunque alguna ilusión quedó por el camino también. No pudo abrir el bufete de abogados que hubiera deseado y sigue con la espinita de no haber estudiado periodismo «porque esa carrera no la hay en la UNED, y yo ya no estoy para ir a la facultad», explica. Con todo, todavía conduce y no se arredra a la hora de ir a Pontevedra o Santiago por sus propios medios.

Tenía otro sueño, vivir en Galicia, y ese, aunque tarde, sí lo cumplió. A la muerte primero de su madre y después de su hermana Pilar ya no le quedaba gran cosa en Cataluña; amigos, sí, y una chalé y un piso en la Costa Brava. Los amigos los mantiene en la distancia y las casas las vendió para hacerse con un capital con que instalarse en Galicia. «Pensé, si no lo hago ahora no le haré nunca, y me arrepentiré». Así que en el año 2002 se vino de excursión al Noroeste y decidió que este iba a ser su lugar. Defraudada de Pontevedra «porque no tenía mar» puso sus ojos en O Grove sin saber muy bien lo que se iba a encontrar. Alquiló un piso en la calle Pintor Ernesto Goday «con unas vistas maravillosas a La Toja y a la ría», y ahí sigue desde entonces, con las ideas muy claras. «Me quiero morir aquí», afirma.

Conchita ha encontrado su sitio geográfico y sentimental. Con quienes primero trató nada más llegar a O Grove, donde no conocía a nadie, fue con Doris y Juan, de la agencia inmobiliaria Alcor, que le buscaron el piso en el que vive. Hoy son sus mejores amigos junto a Rosa Sánchez, su antecesora en la presidencia de Artegrove y compañera de fatigas y vivencias. Todos son bastante más jóvenes que ella pero es que Conchita prefiere relacionarse con estas generaciones. «Los viejos me aburren, solo hablan de enfermedades y de los nietos. Claro que aprecio a muchas personas..., pero prefiere la gente joven». La pregunta viene a colación. ¿Y no echa de menos los nietos? -«tutéame», insiste-.

«Yo quería casarme, pero era muy cerebral, quería encontrar un hombre que pudiera sacarme de trabajar, porque para trabajar ya me bastaba yo sola. Además, yo tenía a mi madre y a mi hermana y no me quería separar de ellas», comenta.

Conchita se sabe una mujer que rompe moldes. «Soy bohemia, no soy muy normal. Cuando andaba en la Vespa con el sidecar y eso la gente decía que era una machota, pero a mí nunca me importó», dice con su marcado acento catalán. Y es que si algo le sobra a esta mujer es personalidad, tanta como para mostrarse, también, coqueta. Acude a la cita con una tenue sombra de ojos y con un cuidado, aunque informal, conjunto de blusa y pantalón de lino de color naranja. Una imagen que la define perfectamente. Y se disculpa por llegar cinco minutos tarde. Será por aquello de estudiar en el Instituto Británico.