Los casos más raros del hospital

AROUSA

Gripes y catarros colapsan las urgencias, cuando la verdadera función de sus médicos es salvar a pacientes que muchas veces llegan en situaciones extremas

28 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Gripes, catarros, quemaduras y picaduras de mosquitos colapsan las urgencias de los hospitales, cuando en realidad ese servicio tiene otra función que, como su propio nombre indica, se reserva para asuntos graves. Casi la mitad de los pacientes que llegan al Hospital do Salnés lo hacen con dolencias que deberían tratarse en el centro de salud o incluso en la farmacia. Están robando tiempo a unos facultativos cuya misión es salvar vidas y hacerse cargo de víctimas en situaciones límite.

Los médicos del Hospital do Salnés han visto de todo en los últimos años. Su responsable, Tato Vázquez, sabe que ocurre en todos los servicios de urgencias, pero también es consciente de que la comarca de Arousa tiene algo especial, y que aquí se encuentran con situaciones que no se viven en ningún otro centro sanitario.

Hace casi dos años se presentó en urgencias una mujer con un cuchillo clavado en el ojo. La hoja le entró por debajo de la órbita y se alojó entre los dos hemisferios cerebrales. Fue trasladada de inmediato a Santiago y se le extrajo la cuchilla; hoy está sana y salva, la única secuela que le quedó fue la pérdida del olfato. «Entró por su propio pie -recuerda el coordinador de urgencias del hospital-. Ella dijo que estaba cortando fiambre, que apoyó el cuchillo en la mesa con la hoja para arriba, y que resbaló y se la clavó».

Hay otros muchos casos que rondan el surrealismo o que parecen sacados de una película de Alex de la Iglesia. Hace tres años, dos hombres discutieron en una gasolinera de la comarca. Uno de ellos agarró entonces un bidón de gasolina, se lo echó al otro por encima y le prendió fuego. «Llegó al hospital con el 70% de su cuerpo quemado. Cuando entró, una enfermera dijo: 'Hay un hombre negro en la puerta echando humo'». Después de estar un mes ingresado en Povisa y tras una complicada intervención de cirugía plástica, el paciente sigue con vida.

Más o menos por la misma época tuvo lugar otro extraño suceso en la vía del tren; un hombre cruzaba andando y lo arrolló la locomotora. Llegó al hospital totalmente destrozado, pero después de tres meses ingresado en la uci, recibió el alta. «Quedó con secuelas, pero vive para contarlo; al poco tiempo vino aquí a traernos bombones -recuerda Vázquez-. Se salvó porque se le atendió bien en el hospital; esa primera intervención es fundamental».

No fue el único ramo para el personal del hospital. A una paciente que aguardaba vez en la siempre saturada sala de espera le dio una parada cardíaca. «Si no llega a ocurrirle aquí, se muere. También nos trajo flores».

En otra ocasión, un chico de A Illa sufrió un terrible accidente al chocar su coche contra una farola y se hundió el parietal derecho. Llegó al hospital en coma, y más tarde, en Vigo, le pusieron un parietal de titanio. «Le produjo una pérdida de inhibición, de lo que se lamentó su médico, que nos dijo que si ya antes era una buena pieza, ahora peor».

Anécdotas

Anécdotas hay para escribir un libro. Como la de un hombre que hace nueve años se suicidó en Pontevedra clavándose un arpón en el pecho. «Cuando llegó parecía un pez», pensaron entonces los médicos que ya nada pudieron hacer por él. En la ciudad del Lérez los doctores también fueron testigos del fallecimiento de un hombre al que le habían reventado las bolsas llenas de cocaína que llevaba en el estómago. «Es una intoxicación masiva por cocaína; tenía taquicardias de 250 pulsaciones por minuto». También se dieron los casos típicos del que llega con un bote de jabón en el trasero y dice que resbaló en el baño, o la niña de cinco años a la que le apareció una moneda en el estómago. Ni siquiera el propio House podría superarlo.