Pepe, como le llaman en O Vicedo, emigró a Estados Unidos a los 24 años. Allí se hizo marino y recorrió el mundo hasta la jubilación, en 1989, cuando volvió para quedarse
16 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En el muro que rodea el jardín de la casa de José Montero, junto al puerto de O Vicedo, hay pintadas enseñas de distintos países. La 'casa de las banderas' se levantó sobre las paredes de la antigua fábrica de salazón, datada en 1799. Aunque la fachada parece única, en realidad son dos viviendas, la de José y la de su hermana. En este entorno se crió y pasó la juventud el marino, ahora jubilado. «Era todo muy pobre y sin embargo había mucha más actividad marinera que ahora, había seis barcos grandes, de tarrafa, con 30 hombres cada uno; mi padre tuvo dos pesqueros. Hoy no llega a una docena de hombres», dice.
La prima americana
A los 18 años Montero ingresó en la Escuela Náutica de A Coruña, estudios que no llegó a completar, algo que con el tiempo ha lamentado aunque, como él mismo reconoce, la vida le haya sonreído. Y a los 24 se produjo un acontecimiento que sería determinante para su porvenir. «Me casé aquí, con una americana. Era prima mía, pero yo no sabía que existía, hasta que vino a España para conocer a la familia. Vivía en Cayo Hueso, Florida, y allí nos fuimos», narra.
«El padre de mi mujer tenía un supermercado y yo trabajé con él hasta que empecé a hablar inglés. Cuando vi que me manejaba cogí la tienda, por un año; nos iba muy bien, pero quise ser más grande y me marché a Nueva Orleans, me hice cargo de un híper grande, de una cadena, pero me hundí», relata. «Para tener licencia de venta de alcohol, que era lo que más se demandaba, necesitabas ser ciudadano americano... Yo no lo era y el negocio se vino abajo».
La «tremenda» multa que le impusieron tras una inspección, por no cobrar el IVA en algunas ventas, le dio la puntilla. «Tuve que venderlo todo, la pérdida fue muy grande...». Aquel revés obligó a Montero a comenzar de nuevo. «Empecé a trabajar en un barco del Ejército de Tierra y ahí estuve dos años como marinero y uno de contramaestre. Luego pasé dos años en un barco de exploración petrolífera, actuando como segundo piloto, pero sin serlo, sin licencia. Trabajé en México, Surinam, Guayana y Australia».
Bombas y comida a Vietnam
El aún joven emigrante regresó a la escuela y obtuvo la licencia de tercer piloto. Como tal se enroló en un buque que transportaba bombas y comida a Vietnam, en plena guerra: «Siempre era igual, cinco bodegas llenas de bombas y una de comida; era un polvorín, pero no me asustaba. Me gustaba porque me hacía falta el trabajo, no me daban vacaciones y el salario se multiplicaba por dos, y un 20% más por transportar armamento».
Pronto obtuvo el título que le habilitaba como segundo piloto y después, los de primero y capitán (categoría que ejerció tan solo una vez, en un viaje en un remolcador de gran altura a Indonesia). Tras casi 23 años como piloto, surcando los océanos de medio mundo, la última década trabajó en navieras de Puerto Rico, cuyos buques navegaban por la costa de Estados Unidos. Aquella etapa, afirma, fue la mejor: «Me gustaba mucho, era un día de trabajo y uno de vacación, y salarios muy altos porque hacías tareas especiales. Seis meses eran 16 horas de trabajo diario; los otros seis, descanso. En general siempre me pareció que me pagaban de más, que mi trabajo no podía valer tanto». Hasta la jubilación, en 1989.
Nueva Orleans y O Vicedo
Ya retirado, Montero volvió a O Vicedo, aunque conserva su casa en Nueva Orleans, donde también residen sus dos hijas, Suzette, que nació en 1955 en Florida, igual que Lynette, tres años más joven. «Al estar jubilado me aburro allí, no tengo nada que hacer más que cortar la hierba; aquí me entretengo con todo, un cristal roto, si hay que pintar algo en casa...». Aquí puede practicar una de sus aficiones, el dominó: «Me gusta pero juego muy mal y nadie quiere jugar conmigo», bromea. Cuando no encuentra contrincantes en O Vicedo se desplaza a Ribeiras do Sor o a Bares, en el municipio vecino de Mañón. Otra de sus debilidades son las verbenas y las charangas. Antes coleccionaba sellos, billetes y monedas.
Pero la gran pasión de este vicedense universal, viajero de vocación, tiene nombre de país. «Siempre me llamó la atención China, la república popular... Me gusta todo, la comida, la arquitectura, las chinitas... Es lo mejor del mundo, lo más bonito, por el contraste, la amabilidad de la gente», abunda. Una de sus nietas fue adoptada en China. En Europa se decanta por Holanda y Bélgica y también se desplaza con frecuencia a Portugal.
El «Katrina» y el «Klaus»
Montero, que atraviesa el Atlántico cada año, antes de Navidad, para quedarse durante tres o cuatro meses cerca de sus hijas y nietos, sufrió los devastadores efectos del Katrina , el huracán que arrasó la ciudad de Nueva Orleans, en agosto del 2005. «En el fondo tuvimos mucha suerte porque con mil dólares y un poquito más de las aseguradoras arreglamos todos los destrozos (en su casa y las de sus hijas). Bush fue por allí una vez... No se ha reparado ni siquiera el 20%, todavía hay postes tirados», cuenta. Y el pasado enero el Klaus dañó el tejado de su vivienda de O Vicedo, desperfectos que trata de reparar, con la ayuda de los carpinteros.