Buscamos en Google hasta el más leve síntoma, monitorizamos nuestra salud a través del reloj y pedimos a ChatGPT que interprete nuestras radiografías. La constante exposición a la información a través de las nuevas tecnologías ha multiplicado la obsesión por autodiagnosticarse. Se llama 'cibercondría' y ha llenado las consultas de 'enfermos imaginarios'.
Raquel Peláez | Imagen: Mekakushi
Viernes, 31 de enero 2025, 11:48
Recuerdo que un día fui al Museo Británico para leer algo sobre el tratamiento de un achaque que me afectaba. Fiebre del heno, creía yo. Cogí el Diccionario de Medicina. Tenía todos los síntomas. Quedé helado por el estupor y, llevado por la desesperación, busqué más enfermedades. Llegué a las fiebres tifoideas y descubrí que las había sufrido durante meses sin saberlo. Abrí el capítulo del baile de San Vito y, como me temía, también lo había pasado... Tenía cólera, con complicaciones graves; y respecto a la difteria, me pareció que había nacido con ella. La única enfermedad que pude concluir que no tenía fue la 'rodilla de fregona'. Esto me irritó en un primer momento. Pero recordé que tenía todas las demás enfermedades conocidas por la farmacología y decidí arreglármelas sin esa 'rodilla de fregona'». Lo cuenta el escritor inglés Jerome K. Jerome en su libro Tres hombres en una barca. Corría el año 1889, pero, si sustituimos aquel diccionario por Google o TikTok, el cólera por la intolerancia a la lactosa, la difteria por el sobrecrecimiento bacteriano o sibo y le añadimos el autodiagnóstico de algún trastorno de ansiedad, ya lo tenemos: los tiempos cambian, pero la hipocondría sigue.
Es más, según los datos del último Estudio de salud y vida, elaborado por Aegon, la llegada de las nuevas tecnologías no ha hecho más que empeorar la cosa, ya que el 53,6 por ciento de los españoles acude a Internet o las redes sociales para autodiagnosticarse. Y lo peor: la credibilidad de estas fuentes ha aumentado un 15,5 por ciento con respecto a 2022.
Breve historia de la hipocondría
Siglo V (A. de C.)
La palabra 'hipocondría' proviene de 'hipocondrio', el término que Hipócrates (460-370 a. de C.) usó para identificar la zona donde está el bazo. Según su teoría de los humores, allí se producía la bilis negra, y un exceso de esta podía originar malestar de estómago, pero también un comportamiento abatido, apático y sentimiento de tristeza.
1673
El caso más conocido de la literatura es el del personaje al que el dramaturgo francés Molière describe en su obra El enfermo imaginario, un divertido retrato sobre el miedo a la muerte y el dolor. En la obra, Argan es un hipocondriaco obsesionado con su salud hasta el punto de intentar casar a su hija con un médico para asegurarse la atención de por vida.
Siglo XIX
Los médicos comienzan a investigar la hipocondría como un trastorno del sistema nervioso. La causa ya no eran los 'humores desequilibrados', sino el agotamiento nervioso. Los síntomas ya no afectaban solo al estómago, también se relacionaban con la agitación, las frecuentes visitas médicas y con las clases altas.
1986
En el siglo XX, Woody Allen se convirtió en el hipocondriaco prototípico en películas como Hannah y sus hermanas. «Un labio agrietado me lleva a la conclusión de que debo de tener un tumor cerebral o un cáncer de pulmón. En una ocasión pensé incluso que tenía el mal de las 'vacas locas'», confesaba el director de cine en The New York Times.
2013
El último quiebro en la conceptualización de la hipocondría se produjo en 2013, con la actualización, ese mismo año, del Manual diagnóstico y estadístico de tras-tornos mentales, la biblia de la psiquiatría. Se elimina el término por despectivo y pasa a llamarse 'trastorno por angustia ante la enfermedad', al tiempo que se reconoce la complejidad del problema.
«La constante exposición a la información que tenemos ahora mismo con Internet ha desencadenado en lo que se conoce como 'cibercondría', un trastorno que consiste en buscar síntomas on-line y, a partir de esa información, llegar a conclusiones alarmantes sobre nuestra salud», explica Rubén Casado, psicólogo especializado en ansiedad.
El problema, según el experto, es que esta sobrecarga de información no solo confunde, sino que en muchos casos incrementa el miedo, en vez de tranquilizar, porque solemos quedarnos con las respuestas más preocupantes: las que se refieren a enfermedades graves. Y todo sin contrastar, ¿para qué?, «si el famoso sesgo de confirmación nos va a llevar a buscar y aceptar solo las publicaciones que respalden nuestras propias hipótesis, y a ignorar los datos más tranquilizadores». ¿Que te duele la cabeza? Cuatro búsquedas y te demuestro que es un tumor cerebral.
«Internet es un entorno altamente competitivo donde los proveedores de información rivalizan por la atención de los usuarios. Lo que importa es que tú consumas información y se sabe que los datos que generan más preocupación son los que más atraen», continúa el experto.
Si a todo esto sumamos la necesidad actual de inmediatez y la tendencia a buscar testimonios de gente que tenga los mismos síntomas que nosotros, «lo que encontramos es el caldo de cultivo ideal para la proliferación de influencers y creadores de contenido que suben vídeos a redes sociales hablando de sus propias enfermedades, muchas veces sin diagnosticar, y dando consejos sobre lo que a ellos les ha funcionado –asegura Casado–. Porque no son expertos. Solo es gente que triunfa porque muchos jóvenes los consideran casi como sus colegas y conceden más credibilidad a esa cercanía que a la propia autoridad médica».
Ampliar
«Me recuerdo teniendo ansiedad desde los siete años. Actualmente tengo cuarenta. Recuerdo cómo cualquier dolorcillo de tripa, de cuerpo o malestar general para mí eran de una gran preocupación. Intuyo ahora de adulta que el no tener amigos y sufrir acoso escolar influía mucho en estas somatizaciones. En el instituto todo cambió. Allí comenzó mi afición por la poesía, el teatro, mi primer grupo de música y mi interés por lo social, de lo que luego haría mi profesión. Con 18 años volví a sufrir desvelos, nervios, preocupaciones y angustia con todo lo relacionado con la salud. Fue entonces cuando una de mis hermanas me llevó una noche a urgencias porque sentía que estaba sufriendo un infarto. Allí fue la primera vez que me hablaron de la ansiedad y me dieron mi primer tranquilizante. De ahí fui a la atención primaria y de esta me derivaron a psiquiatría.
En aquellas sesiones, trabajé mucho la pérdida de mi madre, mi tío y mi abuela, y la relación tan compleja con mi padre. Cuando salí, recuerdo que el médico me dijo que la hipocondría iba a ser mi talón de Aquiles cuando las cosas no fueran bien.
Pero sin duda, para mí un antes y un después fue el COVID. Ahí experimenté una gran somatización y aumentó mi miedo a enfermar. Iba constantemente a urgencias. Paralelamente empecé a tener otro tipo de síntomas: parestesias en brazos y piernas, dolor opresivo en el pecho, dolores de cabeza, problemas urinarios y un largo etcétera. Comencé un gran periplo de médicos privados, dada la inaccesibilidad de la sanidad pública por el estado de alarma. Me gasté miles de euros en resonancias, análisis, ecografías, consultaba a diferentes médicos de la misma especialidad, por los diferentes hallazgos que iban apareciendo. Exploraba una y otra vez diferentes partes de mi cuerpo, buscaba constantemente en Internet, me santiguaba no sé cuántas veces para pedir a Dios no enfermar.
En los últimos meses me he ido sintiendo mejor, pero hay cosas que me siguen aterrando, como la revisión de las mamas, por los antecedentes que tengo. Las personas hipocondriacas podemos llegar a correr el riesgo de que a veces no nos miren, por el hecho de que al final todo lo que tenemos son nervios».
Laura Honrubia es la coordinadora del libro Cuando abracé la hipocondría , que cuenta con la colaboración de más de 15 expertos en psiquiatría, psicología, y atención primaria entre otros y se puede adquirir en Amazon.
Una charlatanería que la industria del bienestar aprovecha para vender soluciones rápidas a problemas inexistentes. «Pasó, por ejemplo, con la fobia social –explica Casado–. Hasta principios de los noventa casi no se había oído hablar de este trastorno, pero, a partir del lanzamiento de un fármaco que se llama 'paroxetina', pasamos de unas pocas menciones a un montón de estudios y publicaciones que hablan sobre el tema».
Otro hábito que puede tener mucho impacto en la vida de los nuevos hipocondriacos es la evolución de las herramientas que facilitan la monitorización de síntomas. Los relojes inteligentes y las aplicaciones que miden la frecuencia cardiaca, la presión arterial o los patrones de sueño nos permiten llevar un seguimiento más detallado de nuestra salud, pero, para alguien con este trastorno, cualquier variación de esos valores puede interpretarse como una señal de alarma. La vigilancia intensiva sobre nuestro cuerpo se ha convertido en un acto cotidiano, a veces tranquilizador y a veces obsesivo.
Muchos de nosotros hemos experimentado periodos de preocupación antes o después de una mamografía o un análisis. Sin embargo, para un hipocondriaco esos periodos de incertidumbre se vuelven agotadores y desestabilizadores. Si además eres de los que han incorporado la inteligencia artificial al campo del autocuidado, las posibilidades de caerte desmayado delante del móvil se multiplican. Con un par de órdenes, ChatGPT ya puede interpretar desde una radiografía hasta una resonancia y diagnosticarte un edema pulmonar o un meningioma del lóbulo frontal derecho.
¿La consecuencia? Citas médicas que se multiplican y facultativos que deben lidiar con cientos de consultas y peticiones de pruebas diagnósticas sobre enfermedades que sus pacientes acaban de descubrir en las redes sociales. «Es lo que se conoce como 'el doctor shopping', una práctica que consiste en consultar a varios profesionales de la medicina en relación con una misma condición de salud. Vas preguntando a un médico detrás de otro hasta que alguno te confirme lo que tú mismo sospechas que tienes», aclara el psicólogo.
Autodiagnósticos digitales sobre intolerancias alimentarias o trastornos psicológicos emergentes al margen, la hipocondría ha atormentado la vida de quienes la padecen desde hace siglos. En su libro A body made of glass: a cultural history of hypocondria, la escritora británica Caroline Crampton cuenta la historia de grandes personalidades que han pasado por este mismo calvario: Marcel Proust, Charles Darwin, Immanuel Kant, Charlotte Brontë, Virginia Woolf o Philip Larkin. El propio título del libro hace referencia a algunas figuras históricas, como el monarca francés Carlos VI (1368-1422), que creía que su cuerpo estaba hecho de vidrio y que podía romperse en cualquier momento.
Por eso, el rey mantenía a sus consejeros a distancia, para que no lo tocaran, e incluso llevaba ropa reforzada con materiales acolchados para protegerse. «Tales creencias parecen ridículas, pero el miedo al daño o la enfermedad es real. La hipocondría existe en la confluencia de esos sentimientos de fragilidad y transparencia experimentados por la gente de cristal –escribe Crampton–. Somos frágiles. Somos vulnerables… Nos malinterpretan, nos ridiculizan, nos ignoran».
Y es que, aunque la imagen actual del hipocondriaco la relacionamos más con el Woody Allen que se ríe de sí mismo en Hannah y sus hermanas, lo cierto es que este trastorno no tiene mucho de comedia en la vida real. «Los que lo padecen sufren muchísimo, y suelen intentar ocultar lo que les pasa», confiesa María Dolores Avia, catedrática de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. A veces, hasta puede llegar a ser incapacitante: «He llegado a tratar a un paciente que daba una vuelta increíble con su coche con tal de no pasar por delante del cementerio, y a otro que era incapaz de ir al aeropuerto porque no podía enfrentarse con la palabra 'terminal'».
En cuanto al tratamiento, los expertos coinciden en recomendar la terapia cognitivo-conductual, un tipo de psicoterapia donde se busca que el paciente tome conciencia de sus pensamientos negativos e imprecisos para evitarlos, y ser más resolutivo en las situaciones en las que se le presente el síntoma o síntomas que le producen la angustia.
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