Domingo, 01 de Noviembre 2020
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Lenny llega mojado a nuestro encuentro. Hemos quedado por Zoom y se conecta con un ligero retraso. «Me he pasado una hora en moto bajo un chaparrón», alega y sonríe. La excusa suena creíble. Kravitz está en el paraíso tropical de las Bahamas y habla desde una caravana Airstream en la isla de Eleuthera, su residencia habitual cuando no está en su mansión de París. A sus 56 años, hace más de 30 que Kravitz es mundialmente famoso, aunque, matiza, la popularidad nunca le interesó. «Hablo en serio. Nunca fue lo que me empujó». Durante mucho tiempo, la industria discográfica no supo qué hacer con él y se hartó de escuchar la frase: «Tu música no es suficientemente negra ni suficientemente blanca».
Y así anduvo hasta que, allá por 1989, fichó por Virgin Records y, lanzó Let love rule, un cóctel de rock y funk con reminiscencias sesenteras. Tras un recibimiento dispar en Estados Unidos, el disco fue un éxito apabullante en Europa, España incluida.
Y fue así, de la noche a la mañana, como Kravitz se convirtió en sex symbol. Para entonces, sin embargo, ya llevaba dos años casado con la actriz Lisa Bonet. Primera celebridad de una lista que incluye a Vanessa Paradis (con la que salió tras separarse de Bonet, hasta que la artista francesa conoció a Johnny Depp), la cantante australiana Natalie Imbruglia y las supermodelos Naomi Campbell, Devon Aoki y Adriana Lima, además de Nicole Kidman.
Kravitz ha titulado su autobiografía Let love rule, homenaje al álbum que le cambió la vida, pero también es una referencia en sentido amplio al cristianismo, el credo que regula su vida desde que el espíritu de Dios se le apareció en un campamento en la adolescencia.
Reconoce, en todo caso, que no tenía muchas ganas de escribir unas memorias. «Hablamos de una vida que puede tener su gracia, no digo que no, pero, cuando leo las autobiografías de mis héroes, me parece que son mucho más interesantes que la mía. Cuentan cosas increíbles», dice. Una noche, sin embargo, se fue a cenar con David Ritz, reputado ‘negro’ y coautor de memorias de varias leyendas musicales y terminó por convencerlo.
El libro, primera parte de dos entregas, cubre los primeros años de su vida y empieza con una pesadilla recurrente -estar enterrado en vida- que le asaltaba con 5 o 6 años y termina cuando, a los 25, la perspectiva de una celebridad inminente comenzó a provocarle temblores físicos.
Hijo único y mestizo, su madre, Roxie Roker, era negra y actriz (actuó en series como Se ha escrito un crimen, Vacaciones en el mar o Raíces) y su padre, blanco y judío. Su niñez transcurrió a caballo entre el Upper East Side neoyorquino, el distrito de Manhattan en el que viven los ricos, y las malas calles de Brooklyn, donde residían sus abuelos maternos.
«Siempre he tenido dos caras. De hecho, en Brooklyn era Eddie y en Manhattan me llamaban Lennie. Negro y blanco, judío y cristiano; de chaval iba de un extremo a otro de la ciudad». Las amistades de sus padres eran igual de variopintas; incluían a famosos, pero también a gánsteres y activistas negros. Entre ellos, la escritora Toni Morrison, ganadora del Pulitzer y del Nobel.
Por entonces, Lenny no tenía especial conciencia racial ni reparaba en su particular condición de mestizo. «Nos movíamos con todo tipo de gente y nadie mencionaba el asunto. Yo pensaba que la vida era así, que era lo normal», recuerda.
Esa conciencia llegó el primer día de colegio, cuando otro alumno reparó en que su madre era negra y su padre, blanco. «El niño empezó a señalarme y a anunciarlo a voces. Yo no entendía nada». Poco después, otro chico empezó a llamarlo ‘cebra’. Su madre le explicó que era fruto de dos legados y que debía sentirse orgulloso. «Me aclaró también que la gente siempre iba a mirarme como un negro -matiza-. Iban a fijarse en el color de mi piel y en nada más».
Su temprana obsesión por la música se vio enriquecida por los actores y músicos que frecuentaban las fiestas de sus padres. En aquel ambiente bohemio, el joven Lenny se acostumbró a vestir de forma extravagante, lo que no encajaba tanto con su padre, Sy Kravitz, productor de informativos y exmilitar.
En 1969, cuando Lenny tenía 5 años, Sy se marchó a Vietnam como corresponsal. «En parte, me alegré de que se fuera -recuerda su hijo-. El ambiente se hizo más respirable; mi padre era autoritario y mi madre no se dejaba achantar. Ella tenía carácter fuerte, pero se hacía respetar con cariño, con amor. Mi padre recurría al miedo».
En sus memorias, Kravitz describe las constantes tensiones que su padre generaba en casa y cómo su madre se esforzaba para que su marido no se sintiera eclipsado por su éxito. Lenny cuenta como, a los 16 años, pilló a su padre con una amante. Cuando su madre lo echó de la casa, Sy se volvió hacia su hijo y le espetó: «Tú harás lo mismo que yo cuando seas mayor. Espera y verás». Su abuelo también había sido infiel a su abuela.
Una de las grandes alegrías que le dio su padre fue cuando, con 5 años, lo llevó a ver a los Jackson Five. «Esa actuación me marcó. Fue decisiva en mi vida».
Sy Kravitz murió en 2005. Meses antes, Lenny lo llevó a vivir a su casa, donde lo cuidó hasta el último momento. «Hicimos las paces antes de que se fuera. En el plano psicológico puede que mi padre fuera terrible, pero también me enseñó cosas fantásticas. Haciendo abstracción de su relación con mi madre, de su deslealtad, el hombre se mataba a trabajar para su familia. Siempre estuvo orgulloso de mis éxitos. Fue el padre que me hacía falta, el que me empujó a luchar para salir adelante, aunque fuera a base de patadas en el culo. Nos podíamos llevar mal, pero no me echó de casa. Me fui porque me dio la gana».
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¿Hasta qué punto es consciente de su condición de icono sexual? Kravitz insiste en que de joven no tenía gran éxito con las chicas. Las cosas cambiaron con su primera actuación como cabeza de cartel, a los 16 años, al frente de un grupo llamado Wave. «Al final de una lenta balada destinada a ser escuchada en la cama, me dejé caer de rodillas sobre el entarimado. Las chicas de la primera fila me tendían las manos; cuando se las rocé, gritaron como si hubieran sido sometidas a una descarga eléctrica». A partir de ese momento, Kravitz ya no tuvo que rogar a las mujeres.
En el libro, Lenny habla de las intensas relaciones que mantuvo con una sucesión de bellezas antes de conocer a Lisa Bonet en un ascensor. Ya se había fijado en ella un año o dos antes al ver su rostro en la portada de una revista. «Un día voy a casarme con ella», le prometió a un colega.
Bonet y él se hicieron amigos y, con el tiempo, la amistad dio paso al amor. Pero lo maravilloso de su relación no fue su temprana fijación, sino lo bien que siguieron llevándose tras el divorcio, en 1993, después de estar seis años casados y tener a su hija Zöe.
De esa buena relación dejó constancia la publicación de unas fotos donde Lenny aparece divirtiéndose con el nuevo marido de Bonet, Jason Momoa, célebre por su aparición en Juego de tronos y, más tarde, como Aquaman. ¿De verdad lo llevan tan bien como parece? «Pues claro -responde-. Lisa se quedó patidifusa porque a los cinco minutos de conocernos nos olvidamos de ella y salimos por ahí a tocar la guitarra juntos. Me habló de sus cosas, yo de las mías y… ¡tenemos los mismos gustos! Como puede suponer, Lisa se llevó un buen chasco. ¡Los dos nos dimos el piro!».
Kravitz no ha vuelto a casarse. Ha declarado que espera vivir otro gran amor, a disfrutar del matrimonio otra vez.
Me dice que él, en realidad, no es tan sexy como se supone. «Todo es una ilusión», arguye. Pero no seré yo quien le diga a Lenny Kravitz que en esto se equivoca de medio a medio.