El filántropo enfrenta las críticas Bill Gates
«Si no te gusta lo que hago, regala tú también tu dinero»
Dicen sus críticos que con sus millonarias donaciones influye en la agenda global casi como una potencia, que tiene demasiado poder; incluso hay quienes afirman que lidera una conspiración planetaria... El fundador de Microsoft rebate estas acusaciones y nos cuenta sus planes.
Para ser un hombre que regala todo su dinero, Bill Gates tiene el don de enojar a la gente. Algunos están enfadados por los supuestos microchips que pone en las vacunas. Otros, por motivos más razonables. Afirman que tiene demasiado poder; que ha cambiado su monopolio tecnológico por el de la salud; y que ahora, en vez de chips, maneja vidas humanas. Pero Bill Gates tiene una manera inteligente de parar en seco todas estas críticas. Balanceándose ligeramente hacia adelante y hacia atrás, sentado en una silla del Museo de Ciencias de Londres, apunta su solución. Para diluir su poder, explica, basta con que otras personas empiecen a regalar también su dinero. Es una responsabilidad, dice, que estaría feliz de compartir con otros, ya que solo el Gobierno de Estados Unidos da más que él. «En un mundo sensato habría diez veces más dinero. Para esos 400.000 niños que mueren cada año de malaria, eso es un desastre. Que sea algo tan poco financiado me deja boquiabierto», dice mientras toma un sorbo de su Coca-Cola light.
Gates se encuentra a mitad de camino de su plan para donar su riqueza. Como fundador de Microsoft pasó la primera mitad de su vida ... amasando una fortuna. Como fundador de la Fundación Bill y Melinda Gates se ha pasado la segunda mitad regalándola. Desde su creación en 2000, Gates y su ahora exesposa, Melinda, han donado 60.000 millones de dólares. No solo son el segundo mayor financiador en investigación sobre la malaria, sino que son el segundo mayor financiador de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sus intereses van desde la mortalidad infantil y las enfermedades infecciosas hasta la desnutrición y la eficiencia agrícola.
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Carlos Manuel Sánchez
De las cuatro organizaciones que, en gran medida, dirigieron la respuesta a la covid-19 en el mundo occidental, Gates era fundador o financiador de tres: la Coalición para Innovaciones en Preparación para Epidemias (Cepi); Gavi, una organización mundial de vacunación; y la OMS. Y trabaja en estrecha colaboración con la cuarta, Wellcome Trust. De hecho, en materia de salud, la agenda de Gates es hoy la agenda del planeta, y eso incomoda a algunos. Un artículo del New York Times recogía parte de ese malestar. En él, un investigador afirmaba que Gates tiene a científicos de la malaria «encerrados en un cártel». Esta misma queja se escucha, extraoficialmente, en boca de otros investigadores, que al mismo tiempo que se quejan suspiran con verse bendecidos con su financiación. ¿Qué le parecen estas críticas? «¿Deberíamos detener nuestra investigación sobre la malaria porque algún tipo se sintió incómodo?», replica. Gates calcula que en veinte años habrá transferido todo su dinero a la fundación. O casi todo: «Me quedaré con el 1 por ciento para mi raqueta de tenis».
Gates tiene claro que para solucionar los problemas a los que se enfrenta el mundo (saneamiento, religión, políticas y cultura) el dinero no es suficiente. Necesitas colaboración. «Si eres solo un multimillonario raro que dice: 'Haz esto', no creo que jamás consigas hacer nada», explica. Sin embargo, Gates sabe que para muchos él también es un multimillonario extraño.
«La marcha de Melinda fue una decepción, pero los objetivos continúan. No era 'a mí me gusta el VIH y a ti la tuberculosis'»
Algunas críticas que recibe son razonables —la gran influencia de su fundación o centrarse excesivamente en el libre mercado (durante la pandemia defendió que las vacunas no deberían estar libres de patentes)—, pero también las hay irracionales. Por ejemplo, que está a la vanguardia de una conspiración global liderada por Soros para inyectarnos armas biológicas. El año pasado, Tim Schwab publicó un libro demoledor, titulado El problema de Bill Gates, en el que lo tacha de matón codicioso y de querer tomar el control de las políticas públicas en educación y salud. Cuando la persona a la que atacas se dedica a regalar todo su dinero, es difícil no parecer un adolescente ingrato, pero también es cierto que, si el dinero desembolsado llega a escala estatal, no se debe abandonar el espíritu crítico.
Entre las críticas más interesantes está su empeño en que la tecnología nos salvará de todo. Para él, sin embargo, este no es un argumento negativo. «Soy un tecnófilo», escribe en su libro Cómo prevenir la próxima pandemia. «La innovación es mi martillo y trato de usarla en cada clavo que veo». Le molesta lo que él llama el 'doomerismo' (de doom, 'maldición', 'fatalidad' en inglés): ese temor a que la creación de máquinas inteligentes pueda tener consecuencias apocalípticas. «Hay algunas personas que son increíblemente pesimistas sobre las cuestiones climáticas. No ven las soluciones. Usan la expresión 'riesgo existencial', que es errónea». Y es que en su enfoque para mejorar el mundo está muy anclado en el tecnooptimismo –o tecnoingenuidad– de Silicon Valley.
Bill Gates asegura que «tiene más esperanzas sobre el cambio climático que hace ocho años», pero su discurso tecnófilo se está volviendo extrañamente anacrónico. A principios de los noventa se creía que con tecnología, ciencia y ONG superaríamos nuestros problemas. Pero este tipo de esperanzas se están fracturando. Se desconfía de los expertos, al tiempo que sube la extrema derecha. «Hay una ola populista. La parte del botín que corresponde a las élites es muy alta, los que no pertenecen a ellas sienten que se los menosprecia, que las élites han cambiado el código moral y que hay grupos en Estados Unidos a los que se dirige el dinero y otros a los que no».
El pasado fue peor
Pero para Gates son solo tendencias. La realidad es que «la ciencia avanza más rápido que nunca». Tenemos baterías, vacunas, incluso estamos a punto de conseguir ventosidades de vaca neutrales en carbono si creemos a varias de las empresas climáticas a las que él respalda. «Nunca quieres retroceder. Si eres un niño que está naciendo, si eres gay, si tienes cáncer, si tienes hepatitis C, no querrás retroceder en el tiempo».
Tampoco se puede retroceder en la erradicación de la polio, una causa a la que la Fundación Gates llegó tarde, pero con fuerza, uniéndose a Rotary International y otras organizaciones. Hoy, los casos han disminuido un 99 por ciento y el virus, que alguna vez paralizó a personas en todo el mundo, es endémico solo en Pakistán y Afganistán. En esos países, Gates ha visto los límites de la tecnofilia: existe la vacuna, pero el problema es convencer a la gente de que se la ponga. En algunos lugares, «la gente está enojada con el Gobierno, por lo que conseguir que lleguen los vacunadores es complicado».
«Mi posición política es muy predecible, pero es mejor para mi fundación no estar diciéndole a la gente cómo votar»
En otros lugares, la gente cree en teorías conspirativas, como que la vacuna es un complot de la CIA. Son conspiraciones que serían más fáciles de desarmar si no tuvieran un poco de verdad. Los esfuerzos por capturar a Osama bin Laden implicaron idear una campaña de vacunación contra la hepatitis para analizar muestras de sangre en busca de ADN para ver si había algún pariente compatible en su complejo. «Obama dijo más tarde que no permitiríamos que la CIA volviera a realizar campañas de vacunación falsas en el futuro, pero ya se había hecho mucho daño». Y, sin embargo, Gates cree que lo conseguirán. Piensa que en tres o cuatro años se detendrá la transmisión endémica en todos los países. Después llegará la erradicación y, con ella, uno de los mayores logros de salud pública de la historia.
En unos meses serán las elecciones en Estados Unidos, ¿apoya a algún candidato? A su lado, el relaciones públicas de su fundación hace un vigoroso movimiento de cabeza. «Mi posición personal es muy predecible». Pero también piensa en su fundación. «Incluso si las cosas que nos importan son atacadas, hay republicanos a quienes les gustan y es mejor para mí no estar al frente diciéndole a la gente cómo votar. En enero estaré en las oficinas de los republicanos del Senado». Esta no es su primera visita a Londres. Hace quince años, Gates vivía aquí con su familia y tiene buenos recuerdos. En ese momento, la fundación tenía una década de existencia. Hoy sus hijos son mayores, tiene un nieto y otro en camino, y la parte de Melinda de la Fundación Bill y Melinda Gates está en marcha.
El equipo de Gates dejó claro que esta no podía ser una entrevista sobre su nueva vida de soltero, pero la ausencia de su mujer va más allá de su matrimonio. Tras su divorcio, ella renunció a su cargo. Ella siempre fue quien parecía impulsar la salud de las mujeres. ¿Eso cambiará? La decisión de Melinda de marcharse fue, afirma, «una decepción», pero las prioridades de financiación no han cambiado. «La estrategia no era algo sobre lo que tuviéramos una visión diferente. No fue 'a mí me gusta el VIH y a ti te gusta la tuberculosis'».
Entonces vuelve a hablar de las enfermedades, a mecerse en su silla y a hablar de tasas de mortalidad infantil y mosquiteras contra la malaria. Quiere señalar las razones del tecnooptimismo. Quiere señalar el hecho de que el progreso ha sido espectacular; que desde 1990 la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad, de 12 millones al año a 5 millones; y que Gavi ha salvado unos 17 millones de vidas. Si el suyo es un nefasto complot globalista, realmente se está esforzando en sacarlo adelante.
En veinte años, cuando cumpla 89, finalizará la transferencia de su patrimonio a la fundación. Su cuenta bancaria podría tener menos de diez dígitos por primera vez en medio siglo. La fundación seguirá en marcha: tiene el mandato de cerrar veinte años después de su muerte. ¿Qué espera haber logrado para entonces? «La erradicación de la polio –afirma– es segura. Sería bueno tener tasas de desnutrición mundiales inferiores al 1 por ciento». Y hay otros objetivos 'modestos'. «Me gustaría poner fin a la epidemia del VIH y reducir la tuberculosis. La erradicación de la malaria y también del sarampión». Ambición no le falta. ¿Y sabes qué? Si tú, lector, tienes otras prioridades para 2044, a él le parece bien. «Habrá mucha gente rica entonces. Espero que algunos de ellos se dediquen a la salud global».
© The Times
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Imagen: Gates Ventures
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Carlos Manuel Sánchez