Charles Lindbergh: el águila solitaria
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Pionero de la aviación

Charles Lindbergh: el águila solitaria

Pionero de la aviación y extraordinario piloto, la desgracia se cebó en su vida personal: el secuestro de su hijo le destrozó la vida.

David Solar

Domingo, 13 de mayo 2018, 09:56

A primera hora de la tarde del sábado 21 de mayo de 1927, comenzó a llegar una riada de curiosos al aeropuerto parisiense de Le Bourget. Se acercaban para esperar la llegada de un aviador solitario que había salido de Nueva York el viernes. La dotación policial del aeródromo fue reforzada con 50 agentes y dos compañías de infantería para impedir avalanchas. Al caer la noche, la impaciencia era ya enorme. ¿No habría sucedido con esta expedición como con otras anteriores? Diez aviones habían fracasado en su intento de cruzar el Atlántico Norte sin escalas y la mayoría de sus tripulantes perdió la vida en el intento. Pero el joven piloto que lo intentaba era Charles Lindbergh, nacido en Detroit el 4 de febrero de 1902, y que había mostrado inclinaciones científicas y aptitudes mecánicas desde niño; arreglaba motores de automóviles y de motocicletas ya de adolescente y su afición, junto con el tiro deportivo, eran las carreras de motos... hasta que descubrió los aviones. Eso determinó que decidiera estudiar ingeniería e ingresar en el Ejército para poder estar cerca de los aparatos, su única posibilidad de volar. En 1925, después de tres años de práctica mecánica con los aviones y de un rápido aprendizaje como piloto, se convirtió en segundo teniente y un experto en cuestiones aeronáuticas. Un año más tarde comenzó a ganarse la vida como piloto del servicio postal y como acróbata en los entonces populares festivales aéreos.

Los pilotos de correos volaban bajo cualquier condición y Lindbergh aprendió a orientarse y a economizar combustible. Era la época de los raids aéreos, como ... el de Ramón Franco y su tripulación, a bordo del Plus Ultra, que volaba de Palos de Moguer, con escalas, a Buenos Aires. La mecánica comenzaba a ser fiable, aunque el problema era la autonomía. Esas hazañas encandilaban a Lindbergh. Una noche, mientras transportaba el correo, decidió hacer la travesía del Atlántico en un vuelo sin escalas; además, desde 1919 existía un premio de 25.000 dólares para el primero que lo lograra. Así que empezó a pensar seriamente en la empresa: el aparato, la ruta, la orientación y, sobre todo, los patrocinadores. En febrero de 1927 encargó su avión a la Ryan Airlines de San Diego: un monoplano impulsado por un motor de 220cv refrigerado por aire y equipado con los escasos instrumentos de navegación que existían entonces.

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