En España, solo seis panes tienen Indicación Geográfica Protegida. Cada uno guarda una receta, una tradición y un paisaje en su corteza. Los desmigamos.
Por Daniel Méndez
Miércoles, 21 de mayo 2025, 15:05
En 1539 ya se cocían molletes en Antequera. En el libro de María Enríquez, perteneciente al Archivo del Marqués de la Vega de Santa María y conservado en los archivos históricos de la ciudad, aparece una receta bautizada como «molletes reales», con harina, leche y huevos. Cinco siglos después, ese pan blando, redondo y esponjoso sigue presente en los desayunos andaluces, aunque la receta actual –con harina de trigo de baja fuerza, agua, sal y levadura biológica o masa madre– nació en 1939, cuando el panadero Juan Paradas Pérez recuperó su elaboración tradicional. Y desde hace cinco años forma parte del grupo de seis panes españoles con Indicación Geográfica Protegida (IGP), un sello europeo que distingue productos ligados a su origen por calidad, tradición o reputación.
Cada uno cuenta una historia distinta, horneada a fuego lento entre tradición, clima y territorio. El Pa de Pagès Català, redondo, con corteza gruesa y ... miga alveolada, nació en las masías catalanas: era el pan de los campesinos, que horneaban una vez por semana en hornos de leña comunales. Su forma rústica esconde una acidez sutil que lo hace inseparable del pa amb tomàquet.
También con siglos de historia, pero ligado al agua de manantial que brota en la sierra de la Alfaguara (Granada), el Pan de Alfacar se distingue por su corteza gruesa, su fermentación natural y formatos como la hogaza o el rosco. Aquí, el agua tiene tanto peso como la harina: de las rocas calizas brota un agua rica en bicarbonato, calcio y magnesio, que otorga al pan una textura y un sabor únicos.
Más al norte, en Galicia, el Pan Galego se cuece con harinas autóctonas y una hidratación altísima. De miga húmeda, densa y con alveolos irregulares, es un pan que se conserva fresco durante días. Su sabor ácido es marca de identidad, y su fama se remonta a tiempos en que cada casa tenía su horno. También gallego –de la localidad orensana de San Cristovo de Cea– es el Pan de Cea, famoso por su cocción lenta en horno de piedra y su forma troncocónica (de base ancha y parte superior más estrecha). Elaborado con trigo blando y masa madre, se parte a mano, nunca con cuchillo. Tiene un sabor profundo y una elasticidad que ha cruzado siglos.
Y en el corazón de la Mancha, el Pan de Cruz de Ciudad Real se distingue por la gran cruz marcada en su corteza, que recuerda a los antiguos sellos de los gremios panaderos. Cocido sobre piedra y volteado a mitad de cocción, era el pan que alimentaba a jornaleros y familias enteras en las llanuras manchegas. Seis territorios y otras tantas formas de entender el pan.
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