Patente de corso

Tintinófilos y asterixófilos

Jueves, 27 de noviembre 2025, 12:47

En otro tiempo, los lectores europeos de historietas o tebeos –ahora llamados cómics– se dividían en dos hermandades no siempre conciliables: tintinófilos y asterixófilos. Los primeros, afines a la aventura cosmopolita y al periodismo con gabardina, admiraban al joven reportero belga que iba por el mundo con la brújula de la curiosidad y la fe ingenua en que la verdad siempre vencía. Los segundos –guasones, grupales, de espíritu más tabernario– preferían una aldea gala rodeada de romanos, donde un puñado de hombres y mujeres resistían a Roma con risas y jabalíes.

Aquel muchacho comprendió que lo posible no era cambiar el mundo, sino mantener la compostura mientras el mundo se iba al diablo

Cierta Europa se debatió siempre entre dos necesidades: la de entender el mundo y la de soportarlo. Empujado por ambas, el arriba firmante empezó siendo ... tintinófilo, entre otras cosas porque Astérix no había aparecido aún. Tenía más o menos la edad del personaje de Hergé, y la misma torpe convicción de que un periodista audaz podía poner cierto orden en el caos. Tintín era lo que yo quería ser: curioso, valiente, leal, convencido de que la razón y el coraje lo solucionaban todo. Un tipo limpio, inocente aunque todavía no fuera capaz de captar la exactitud de la inocencia. Tintín era una solución honorable; buen pretexto para un chico que, en realidad, lo que quería era echarse una mochila al hombro y recorrer caminos.

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Sobre la firma

Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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