Patente de corso

Ninfómanas y pichabravas

Viernes, 14 de noviembre 2025, 10:30

El lenguaje es una trampa elegante, una máquina de poder disfrazada de diccionario. Lo dijo un fulano con acento francés y barba de catedrático: quien nombra, manda. Porque las palabras no solo describen, sino que deciden a quién aplaudir y a quién llevar al paredón. Y en esa tómbola del idioma español pocas palabras son tan significativas de lo que somos, fuimos o nunca dejamos de ser, como ninfómana y pichabrava. Las dos calcan con precisión quirúrgica nuestra moral sexual de toda la vida. La primera viene del griego –nymph¯e, ninfa; manía, locura–. O sea, una ninfa loca. El término viajó con toga romana, pasó por los conventos medievales y aterrizó en el siglo XIX, donde los médicos de entonces, entre cigarro y cloroformo, diagnosticaban ninfomanía a cualquier mujer que demostrara más apetito sexual del que su esposo estaba dispuesto a conceder. Era el tiempo en que la histeria femenina se curaba con masajes pélvicos y duchas de agua fría, y el deseo femenino se clasificaba como patología nerviosa. Freud hizo negocio con eso. Si goza, está reprimida; y si no goza, también, dijo el muy cabrón. Ciencia moderna, la llamaban.

El lenguaje popular, en su infinita sabiduría, siempre ha sabido a quién fusilar en la cuneta. A las mujeres, términos punitivos. A los hombres, epítetos de campeones

La ninfómana fue la gran invención médica: una excusa elegante para decir «no es que le guste la candela, es que está enferma». Así, la ... sociedad podía ir tranquila a misa de ocho. Pero el varón no necesitó diagnóstico. Cuando un pavo mostraba idéntico apetito no lo medicaban, sino que lo felicitaban. Se inventó para él otro mito más simpático: el sátiro, criatura del bosque. En los libros de mitología, el sátiro era un sinvergüenza adorable; en los de medicina, ni salía. Su exceso de deseo era prueba de buena salud. En la América hispana tuvo su versión criolla: pichabrava. Maravillosa palabra, de las que se sueltan entre risas y con una palmada en la espalda. El pichabrava es un campeón, un héroe de cantina. El término no insulta, admira. Es vocablo de potencia, virilidad, éxito, elogio fálico con denominación de origen. Y qué ironía: ambas palabras –ninfómana y pichabrava– nombraron lo mismo, el deseo desbordado. Pero uno venía con camisa de fuerza y otro con medalla de oro y la próxima copa la pago yo.

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Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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