Lourdes Gómez
Viernes, 26 de abril 2024, 14:32
Hay tanto empeño en colonizar el espacio que nos olvidamos de que hay un enorme terreno por explorar mucho más cerca: en los océanos. Solo se conoce el dos por ciento del lecho marino y se estima que hay unos dos millones de especies todavía por descubrir. Así que algunas empresas de exploración oceánica, como Deep, se han propuesto asentarse no en la superficie de Marte, sino en la del fondo del mar. Deep tiene un ambicioso plan para establecer una base humana permanente bajo los océanos en 2027.
Steve Etherton, presidente de Deep, defiende que es una misión urgente: «Necesitamos preservar los océanos y para ello necesitamos entenderlos. Los océanos, que ... determinan el clima, se encuentran en el centro de muchos de los desafíos generacionales a los que se enfrenta el planeta y ofrecen oportunidades que ni siquiera hemos comenzado a comprender». Etherton explica que no solo se trata de una cuestión medioambiental, sino de una oportunidad para la investigación farmacéutica y médica.
Su innovador sistema consta de un «hábitat submarino» llamado Sentinel y de una gama de sumergibles y equipos de investigación científica. Todo el proyecto, en que llevan trabajando más de dos años, está respaldado por rigurosos programas de capacitación en sus actuales instalaciones, donde forman a expertos en oceanografía.
El hábitat permitirá a los científicos vivir bajo el agua a profundidades de hasta 200 metros durante hasta 28 días seguidos. Este avance abre la puerta a la totalidad de la zona epipelágica (hasta donde la luz del sol penetra en el océano), que alberga el 90 por ciento de la vida marina. A diferencia de las instalaciones submarinas de ubicación fija que ya se han probado antes, el hábitat de Depp es modular, escalable, autónomo, recuperable, reconfigurable y reimplementable.
La empresa ya ha comenzado sus experimentos. Ha elegido el suroeste del Reino Unido y Gales como su base inicial y está transformando una cantera inundada del Reino Unido en una instalación de 600 metros de largo y 80 metros de profundidad para iniciar el entrenamiento.
Los Wall-e de los fondos marinos
Tiene el tamaño de un coche pequeño y dos dispositivos de flotación con forma de ojos saltones que recuerdan a Wall-E, el entrañable robot de ficción. El Benthic Rover deambula por el fondo marino, a más de cuatro mil metros, para estudiar cómo los microbios marinos pueden ayudar a combatir el cambio climático. Controlar un robot a esa profundidad es tan difícil como hacerlo en Marte.
El Nereus es el vehículo submarino autónomo que ha logrado descender a mayor profundidad: once kilómetros. Manejado por control remoto, en 2009 se adentró en el Abismo Challenger, en la Fosa de las Marianas. La presión a esa profundidad es 1095 veces la de la superficie, lo que implica un desafío extraordinario para los ingenieros.
Hay otros robots submarinos, menos sofisticados técnicamente, pero tanto o más útiles para salvar los océanos. El LarvaBot es un robot que desde hace años se dedica a proteger la Gran Barrera de Coral frente a Australia y ayuda a su reproducción. Con la ayuda de LarvaBot, las larvas de coral se propagan cien veces más rápido que solas.
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