El mayor coral del mundo, un planeta gigantesco pero ligero como el algodón, un escorpión distinto a todos y un microorganismo que está en todas partes y que nadie había visto hasta ahora. Cuatro españoles ampliaron el año pasado la frontera del mundo que conocemos. Sus armas: la perseverancia, el talento y el espíritu científico. Pero, sobre todo, su enorme curiosidad. Ellos mismos nos lo cuentan.
Por Fernando Goitia | Fotografías: Susana Girón
Viernes, 10 de enero 2025, 10:02
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En su última expedición, a las islas Salomón, descubrió algo único y majestuoso: el mayor coral del planeta. Manu lleva 15 años en el proyecto ... Pristine Seas, una iniciativa clave de la National Geographic Society para identificar, proteger y restaurar lugares inexplorados de los océanos.
«Nada más caer al agua vi algo impresionante. '¿Un arrecife?', pensé. Pero no, vi que eran miles de pólipos de una sola especie, se trataba de una sola cabeza de coral. Y era gigantesca. Acababa de toparme con el mayor coral conocido del planeta. No lo esperaba. Desde hace tres años, casi todos los arrecifes de coral que hemos visitado, a lo largo del Pacífico, han muerto o están muriéndose. Nuestras expediciones del proyecto Pristine Seas tratan de identificar, proteger y restaurar los últimos lugares salvajes del océano.
Esa mañana ya había buceado y filmado una zona y volvíamos al barco. Al llegar, el patrón me dijo: 'Oye, Manu, veo en la carta que por aquí hay un pecio. ¿Le echas un vistazo?'. A mí los barcos hundidos me dan un poco igual, pero buscamos hábitats marinos, biodiversidad, y en los pecios esta suele florecer. El caso es que salté al agua y ahí estaba –a los 13 metros empezaba, según medimos después–, una masa inmensa de tonos beis y pardos. En el agua, yo siempre estoy on fire, muy concentrado, así que no me quedé parado. Salí rápidamente a la superficie, me quité el tubo y llamé al patrón: '¡Oldman, Oldman, acércate y toma la posición!'.
Esto es lo primero que hay que hacer, ubicar el hallazgo. Lo siguiente fue equiparme para una inmersión de verdad y recoger a mi ayudante, mi hijo Íñigo, también biólogo. 'Tienes que bajar conmigo. He visto algo muy especial', le dije, y nos fuimos a explorar el coral. Lucía el sol, el agua estaba limpia; las condiciones perfectas. Descendimos hasta la profundidad máxima, 38 metros, y vimos colonias de esponjas, briozoos, organismos de todo tipo; muchas especies de peces... Era un coral en plenitud, rebosante de vida; porque eso es un coral sano: una explosión de vida; uno de los ecosistemas más ricos de la naturaleza. Estar allí con mi hijo fue un recuerdo imborrable.
Este astrofísico ha encontrado un planeta enorme, pero con la densidad de una nube de algodón. Algo tan insólito que, aunque lo anunciaron en 2024, les ha llevado varios años convencer al mundo científico. Francisco forma parte del consorcio Speculoos.
«Todo empezó hace casi cinco años. Recuerdo bien el día en que mi compañero Khalid Barkaoui entró a mi despacho en la Universidad de Lieja, en Bélgica. Ambos buscábamos planetas potencialmente habitables orbitando estrellas ultrafrías. Khalid me dijo que necesitaba ayuda con una estrella, la WASP 193, a 1232 años luz de nosotros. Parecía haber un planeta en su órbita, pero era gigantesco y, aun así, presentaba una densidad extremadamente baja. Y eso no se ve todos los días. 'Algún parámetro debe de estar equivocado', pensamos. Pero, tras muchas comprobaciones, nos convencimos de que estábamos ante algo distinto.
Entre todos los planetas conocidos solo uno tiene una densidad tan baja: Kepler 51d, pero tiene características muy diferentes. Hace ya tres años que mandamos el trabajo a Nature Astronomy por primera vez. «Sí, el planeta es muy interesante, pero creemos que os habéis equivocado», fue la respuesta. Un duro golpe, pero seguimos investigando, recogimos más y más datos, y el resultado siempre era el mismo. WASP 193b era tal y como lo describíamos.
Finalmente, Nature Astronomy publicó el año pasado nuestro hallazgo. El trabajo, sin embargo, no acaba ahí. Y es fascinante, porque ninguno de los modelos conocidos sobre cómo se forman los planetas explica la existencia de WASP 193b. De ahí la controversia. Ya hemos solicitado tiempo en el Hubble y en el James Webb para analizarlo. En función de las moléculas que detectemos, podremos reconstruir el proceso que ha hecho que WASP 193b esté donde esté y posea las características que posee.
Por ejemplo: a qué distancia de su estrella se formó y si hay un sistema planetario detrás o es una estrella con un solo planeta, porque lo habitual con este tipo de gigantes es que expulsen a otros planetas del sistema. También queremos confirmar si en la atmósfera hay elementos muy livianos, como hidrógeno y helio, que, al expandirse, expliquen sus enormes dimensiones. Este es un mecanismo habitual en planetas más jóvenes, pero su estrella es muy vieja y esos elementos no sobreviven tanto tiempo cerca de una estrella. Es decir, hay muchas incógnitas detrás de WASP 193b. Y todo lo que desafíe nuestro conocimiento siempre es excitante».
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El pasado julio, este biólogo –profesor de secundaria jubilado– presentó al mundo, junto con el cubano Luis de Armas, una nueva especie de escorpión: el 'Buthus gonzalezdelavegai', que vive entre las dunas del litoral de Huelva.
«Con guantes, siempre con guantes. Y en verano, a partir de las once de la noche, en la época de la reproducción; sales a las dunas y está eso lleno de machos. Así es como buscamos los escorpiones en Huelva. Yo, de todos modos, empecé con las arañas, allá por el año 2000. Era profesor de Biología en un instituto de Gibraleón y en los ratos libres me gustaba salir a recogerlas, clasificarlas... De vez en cuando me cruzaba con un escorpión y también me lo llevaba a casa, y acabé reuniendo una considerable colección. Muertos, claro, si no mi mujer ya me habría echado de casa. He bautizado la especie que el cubano Luis de Armas y yo hemos identificado, el Buthus gonzalezdelavegai, en honor de mi amigo Juan Pablo González de la Vega, estudioso de los reptiles y anfibios y con quien salgo al campo, que a nuestra edad no nos atrevemos a ir solos.
El caso es que, por aquel entonces, en España solo se conocía una especie, identificada en el siglo XIX, el Buthus occitanus. Pero entonces, en 2004, comenzó toda una revolución con la identificación de una nueva especie en Cádiz, el Buthus ibericus. Esto nos vino a decir que no todos los Buthus en España eran occitanus. Yo mismo vi que tenía varios ejemplares de ibericus. Desde entonces se han identificado otras 17 especies más en España, la mayoría a cargo del cubano Rolando Teruel. Gracias a su trabajo recompuse todos mis escorpiones y vi que, de los que él describía, yo tenía dos: Buthus baeticus y Buthus delafuentei, bautizado este en honor de Félix Rodríguez de la Fuente.
A partir de ahí, tras medir más de 70 individuos utilizando 37 variables morfométricas, empecé a ver características distintivas en varios individuos; sabía que tenía algo nuevo. Lo hablé con Luis de Armas –también cubano y una eminencia en escorpiones– y vimos que sí, que teníamos una nueva especie. Identificamos cuatro particularidades. Sin ponerme muy técnico: los machos son ligeramente más pequeños que las hembras; al final de la cola, antes del aguijón, tiene una especie de dientecito; y algunos de los espolones de la tibia y los tarsos de las patas están muy atenuados. Así que la describimos y publicamos el hallazgo el pasado 30 de junio en la Revista Ibérica de Aracnología.
El Buthus gonzalezdelavegai se halla entre Mazagón y el Parque de Doñana. Los escorpiones son muy territoriales, normalmente una especie desplaza a las demás. Por el día se esconden, se camuflan para huir del sol, de sus depredadores..., y de nosotros, claro. Vas apuntando al suelo con luz ultravioleta, sensible a la radiación luminiscente que emite su exoesqueleto, y van apareciendo. Porque a simple vista es casi imposible verlos. Son muy claros y pasan inadvertidos entre la arena. Y, por último, decir que su veneno no es mortal. Ahora, la picadura duele una barbaridad, lo sé por experiencia».
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Es un mundo nuevo... dentro de nosotros. Y este científico valenciano es parte del equipo –también integrado por el Nobel estadounidense Andrew Fire– que lo ha descubierto. Se trata de los obeliscos, un microorganismo hasta ahora invisible al ojo humano.
«La bióloga María José López Galiano y yo llevamos años estudiando los viroides: una pequeña familia de diminutas moléculas de ARN circulares que infectan a las plantas y que solo interesaban a un puñado de especialistas en plagas vegetales. Durante la pandemia contacté con un grupo de bioinformáticos que manejaban bases de datos genéticas descomunales y que estaban interesados en encontrar nuevos virus. Nuestra idea era caracterizar todo lo que se saliera de lo normal. El momento 'eureka' llegó al analizar heces humanas y descubrir que, en nuestro interior, existía toda una familia extremadamente simple de ARN circulares.
A pesar de ser tan pequeñas –apenas mil 'letras' genéticas–, vimos que se acumulaban a muy altos niveles y no llegábamos a entender cómo habían pasado inadvertidas hasta hoy. Pero ahí estaban, una y otra vez. Los tenía al menos una de cada diez personas. Además, no se parecían a nada conocido: tenían características nunca vistas en ninguna otra entidad biológica. Los bautizamos 'obeliscos' por su forma alargada, como bastoncillos. Pronto descubrimos que algunos vivían dentro de las bacterias. Ya llevamos 30.000 especies diferentes. Y están por todas partes, no solo en nuestras bocas e intestinos; en cada rincón del planeta.
Y lo más asombroso: han estado siempre ahí, invisibles a nuestro ojo hasta que tuvimos las herramientas adecuadas para verlos... y el interés en buscarlos. Lo más fascinante es que podrían ser testigos del origen mismo de la vida. Su extraordinaria simplicidad –ARN circular desnudo, sin protección alguna– sugiere que podrían ser reliquias de un mundo primigenio de ARN que pudo existir hace unos 4000 millones de años.
Es como si hubiéramos encontrado fósiles vivientes descendientes de las primeras formas de vida; no enterrados en estratos geológicos, sino habitando nuestro cuerpo. La ironía es que, justo cuando el mundo científico empieza a comprender la importancia de este hallazgo, nuestro equipo se ha quedado sin financiación».
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