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'Raíces profundas', gritos que se quedan de por vida

¿Quién hubiese dado un centavo por una película hecha con mimbres archisabidos y un elenco que parecía desacertado? Pues se convirtió en una obra maestra sin paliativos. Con un grito estremecedor y una secuencia final irrepetible.

Juan Manuel de Prada

Viernes, 26 de enero 2024, 09:21

Pocos directores pueden ayudarnos tanto como George Stevens (1904-1975) a comprender la falsificación que se ha introducido en la historiografía cinematográfica con la entronización del concepto de “autor”. Porque Stevens es exactamente lo contrario de un “autor”: vástago de una familia de actores teatrales (y actor él mismo en la infancia), fue contratado a principios de los años veinte por Hal Roach como fotógrafo y gagman. A mediados de los treinta realiza sus primeros largometrajes, especializándose en el género de la comedia dramática, hasta que logra su consagración con Gunga Din (1939), una película épica de ambientación colonial. Durante la Segunda Guerra Mundial prestó servicios como documentalista; y a finales de la década de los cuarenta regresa al cine comercial, brindando títulos tan estimulantes como Un lugar en el sol, Gigante, El diario de Ana Frank o La historia más grande jamás contada. Y, entremedias, uno de los westerns más memorables y pasmosos de todos los tiempos, Shane (1953), que en España siempre se ha conocido como Raíces profundas.

El hijo del granjero. Brandon de Wilde interpreta al hijo de los granjeros, un chiquillo obnubilado por el pistolero. Su interpretación es auténtica, antológica y emocionante. Sus gritos tras el tiroteo final quedan vibrando en nuestra alma de por vida.

En Raíces profundas, Stevens trabaja con un guión ajeno, en un género que le era por completo extraño. No hay posibilidad, pues, de rastrear ... en él un “universo personal”, ni de lucubrar sobre las “obsesiones recurrentes” que se suelen predicar de la autoría, ni parecidas zarandajas. A Stevens le pasan un guión, Stevens lo lee, le gusta y se pone a dirigirlo, sin mayores requilorios. La historia, además, está plagada de tópicos; en realidad, puede decirse incluso que es un compendio de los tópicos más resobados del western: el consabido conflicto entre ganaderos y colonos; la llegada de un misterioso pistolero dispuesto a renegar de un pasado atroz, que sin embargo recupera sus antiguos hábitos, por imperativo moral.

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