John Ford hace una exaltación de los humillados y ofendidos en esta película que es la ‘piedra Rosetta’ del western y marca el arranque de la leyenda de John Wayne, un actor entonces de serie B a quien Ford pule a garrotazos.
Por Juan Manuel de Prada
Viernes, 8 de septiembre 2023, 09:37
Todas las leyendas tienen un origen; y el origen de la leyenda que aureola a John Wayne hemos de buscarlo en La diligencia (1939), el primero de los westerns que protagonizó a las órdenes del maestro John Ford y seguramente la ‘piedra Rosetta’ del género, pues en ella se concitan y dignifican todos los arquetipos que luego poblarán su mitología.
Cuando Ford elige a Wayne como protagonista de su película, el actor ya se había bregado en multitud de westerns de serie B, aportando ... su siempre apabullante presencia física y unas dotes actorales más bien escasas, acordes con la categoría mazorral y archisabida de las historias que en ellos se contaban. Pero Ford descubrió en aquel actor sin prestigio un diamante en bruto; y se dispuso a pulirlo concienzudamente, aunque fuese a garrotazos.
A Walter Wanger, que financiaba la película, la elección de Wayne se le antojaba un dislate. Consideraba que el guión de Dudley Nichols (basado en una historia de Ernest Haycox, y no, como luego se ha pretendido, en Bola de sebo, de Maupassant) exigía que el personaje de Ringo Kid fuese asignado a una gran estrella; y juzgaba que las idóneas serían Gary Cooper o Joeal McCrea. Pero Ford quería hacer una película que fuese una exaltación de los 'humillados y ofendidos' a quienes la Historia nunca concede protagonismo; y, a su juicio, tal exaltación debía empezar por la elección de un actor que no fuese 'estelar'. El plano en que se nos presenta a Ringo Kid es toda una declaración de intenciones: la cámara se aproxima velozmente a un joven erguido que detiene la diligencia, en mitad de un camino; y, mientras lo hace, enarbola y hace girar su rifle en la mano. ¿Quién no iba a reparar, estupefacto, ante ese pedazo de tío que irrumpía en la historia del cine?
El guión de La diligencia también se tropezó con arduos problemas: su glorificación de putas y dipsómanos, así como su aprobación de la venganza como forma elemental de justicia, provocarían el rechazo de los censores. Ford y Nichols aliviaron los aspectos más descarnados del guión; pero, como era de esperar, no renunciaron a su entraña, muy socialmente subversiva. La diligencia, que se configura como un estudio de personajes sobre el telón de fondo de unas circunstancias dramáticas (un levantamiento apache que convierte en misión casi imposible el traslado de los protagonistas), iba a encumbrar a Ford como director de secundarios, que en sus manos dejan de ser comparsas, para convertirse en criaturas llenas de palpitación y humanidad. Por supuesto, para sacar lo mejor de sus actores, Ford no se recataba de someterlos a regañinas y humillaciones públicas. Sólo Thomas Mitchell, que aquí interpreta antológicamente a Doc Boone, un médico borrachín que cita a Shakespeare, se atrevería a frenarlo, susurrándole malévolamente: «Recuerda, John, que he visto María Estuardo».
Las interpretaciones del siempre hilarante Andy Devine, el nobiliario y tortuoso John Carradine, el morigerado Donald Meek, la recia y sentimental Claire Trevor ocupan ya un lugar privilegiado en el cielo del celuloide. Pero La diligencia, además de estrenar la leyenda de John Wayne, establece otro hito inaugural: por primera vez Monument Valley, basílica sagrada del western, es utilizado como escenario natural de una película. Los indios navajos que habitaban aquellos parajes pronto formarían parte, por derecho propio, de la troupe fordiana; y el rodaje en exteriores, aprovechando la belleza monumental de los promontorios de arenisca que enmarcan el valle, se erigiría en marca de estilo del director. Siguiendo el consejo de Wayne, Ford contrataría para La diligencia al especialista Yakima Canutt, que protagoniza una de las secuencias más memorables del género, pasando de un caballo al galope al tiro de la diligencia, arrastrando los pies por el suelo mientras John Wayne le dispara y, ya por último, soltándose, mientras la diligencia pasa por encima de él. Todo ello rodado en un furioso travelling que arrebata el aliento.
A Ford no le gustaba mover la cámara; prefería las composiciones aquietadas que permitieran a sus actores dar lo mejor de sí en cada toma. Pero cuando la movía era para regalarnos emociones únicas que siguen relumbrando en la memoria, como lingotes de oro rescatados del naufragio de nuestra infancia. Con razón Orson Welles declararía, cuando le preguntaron cómo había aprendido el oficio de cineasta: «Simplemente, vi La diligencia media docena de veces».
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Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
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