El nefasto estado de la nación
Opinión
18 Feb 2013. Actualizado a las 06:00 h.
En un país en recesión, con seis millones de parados, una deuda pública disparada que hipoteca el futuro, recortes brutales en sanidad, educación, dependencia o investigación, en el que hay suicidios todas las semanas por culpa de los desahucios y la pobreza y la exclusión crecen vertiginosamente, la corrupción se ha adueñado del debate público. Se trata de una lacra que socava los cimientos del sistema democrático, tritura la credibilidad de las instituciones y pone en pie de guerra a los ciudadanos contra los políticos. Ver cómo Luis Bárcenas cena en restaurantes de lujo o se va a esquiar al extranjero mientras conserva su botín a buen recaudo resulta un espectáculo demoledor e insoportable. Supone un agravio añadido para los millones de españoles que lo están pasando muy mal. El hecho de que siguiera cobrando una obscena nómina del PP hasta hace muy poco, los zafios embustes de sus dirigentes para taparlo, el silencio de Rajoy, que no ha vertido ni una mala palabra sobre el hombre al que ascendió a tesorero y del que dijo que nunca se podría demostrar que no es inocente, sublevan a la ciudadanía. Si el debate sobre el estado de la nación se convierte en el debate sobre la corrupción se debe en gran parte a esos comportamientos y a la falta de explicaciones creíbles sobre el trato de favor a Bárcenas. Lo más probable es que no las haya, porque todo induce a pensar que su objetivo es evitar que revele los secretos muy comprometedores que aún guarda en su poder. España sufre una crisis económica gravísima, pero también institucional, política, moral y territorial. Ese es el verdadero estado de la nación.