Tan lejos, tan cerca
Opinión
29 Oct 2004. Actualizado a las 07:00 h.
TODOS LOS pensamientos humanos, por espirituales que sean, se expresan en categorías de tiempo y espacio. Para nosotros todo sucede en alguna parte y en algún momento, y por eso estamos habituados a calibrar la importancia de las cosas en función de su cercanía y su actualidad. Cuando hablamos del 11-S de Nueva York, que hemos visto en directo, le damos más importancia histórica que a la Segunda Guerra Mundial. Y, puestos a buscar información para la vida, leemos con más frecuencia la hoja parroquial de nuestro pueblo que el Frankfurter Allgemeine Zeitung . La política, como actividad humana que es, también se hace con esas categorías espacio-temporales, y por eso no debe extrañarse ni acomplejarse si alguna vez se sorprende a sí mismo leyendo con fruición los avatares de Jesús Palmou -a quien Fraga considera «próximo a la dimisión»-, mientras pasa en volandas sobre la firma de la Constitución para Europa, o si el conflicto de Izar-Fene le parece más angustioso y urgente que las hambrunas del Sudán o las matanzas de Irak. Ello no obstante, hay días en los que conviene subirse a la atalaya de la vida, hecha de experiencias amontonadas y asentadas por los siglos, y ampliar los horizontes hasta donde sea posible. Porque si Santiago no se entiende sin su Camino, ni el gallego se explica sin el latín, tampoco es posible manejar la realidad de Galicia, y proyectar su futuro, sin saber lo que se hace en Bruselas, o lo que dice ese texto constitucional tan lejano y abstruso que se firmó ayer en Roma. Visto con algo de perspectiva, el proceso de creación de la Unión Europea constituye la experiencia política más grandiosa de la historia. Por lo que yo sé, no existe ningún otro ejemplo de construcción política -nacional, imperial, feudal o religiosa- que se haya realizado sin echar mano a la espada y a la pólvora, o que haya alumbrado una nueva realidad, tan extraordinaria, sin haber laminado las culturas, las lenguas, las religiones o los sistemas jurídicos precedentes. Nuestros fundamentos históricos y culturales son tan amplios y tan largos que soportan sin problemas una variedad riquísima y compleja. Y nuestra sociedad de bienestar se compara con ventaja con los paraísos aislados en los que la riqueza brota de la naturaleza misma. Pero este sueño depende ahora de la visión unificada del presente y del futuro. Y esa visión unificada depende de la Constitución que estamos creando en sucesivos Tratados. Por eso es necesario que algunos días como hoy veamos el mundo por encima de nuestra edad personal y más allá de nuestra parroquia. Porque no es posible vivir y gobernar la parte si no se conoce y administra el todo. Información en las páginas 3, 4 y 5