La Voz de Galicia

El pueblo engullido por el Atlántico

Internacional

Brais Suárez Ponta Delgada

Algunas casas de As Calhetas ya han caído al mar debido a la erosión del acantilado que sostiene esta feligresía de las islas Azores

17 Jul 2023. Actualizado a las 05:00 h.

La isla de São Miguel, la mayor del archipiélago de las Azores, se puso de actualidad por la serie Rabo de Peixe, sobre cómo el naufragio de un barco de narcotraficantes roció sus costas con más de media tonelada de cocaína. São Miguel lleva también varios años en el punto de mira turístico, como escenario paradisíaco de lagos, montañas y vegetación tropical en pleno Atlántico.

Pero, para sus habitantes, la vida no es ni tan extravagante como una serie de Netflix ni tan idílica como para los turistas, sino más retorcida y difícil de combatir, siempre con el océano como protagonista común. En el mismo ayuntamiento que Rabo de Peixe se encuentra la feligresía de As Calhetas, más un infierno que un paraíso. Como castigada por su belleza, es una de las zonas más deprimidas de Portugal y refleja la vulnerabilidad que el mar hace sentir a este país, más pendiente del Atlántico que de Europa.

Los acantilados negros, de turba y piedra pómez, recortan el norte de la isla. Sobre ellos, se aprecia cómo algunas propiedades, encaramadas al precipicio, terminan en muros seccionados: el mar se tragó las partes que ya no se ven. «Todo se cayó a la orilla, incluso algunos trozos de las calles, y varios vecinos se empezaron a marchar a otros apartamentos», dice una visitante. «Cuando vuelvo cada verano, percibo el avance», añade. En las playas hay enormes rocas desprendidas, con los residuos de lo que en algún momento estuvo en la superficie.

Los temporales y otros fenómenos extremos son cada vez más frecuentes: si antes su dureza aumentaba cada cien años, ahora lo hace cada veinte o treinta, según recoge el periódico Público.

As Calhetas es uno de los puntos más vulnerables de la isla, debido a grandes desprendimientos puntuales, como el de este año: «El 6 de abril, a las cinco de la mañana, me acerqué a la ventana y vi que faltaba el muro y ya no me atreví a abrir la puerta. Faltaba un trozo enorme de la orilla. Desperté a las niñas, a mi marido y nos fuimos de casa. No lo pensamos dos veces», cuenta Marina Pereira, residente y trabajadora de la junta local. «Vivo aquí desde hace ocho años y hace seis, cayó un trozo de roca. Vinieron unos especialistas, dijeron que no nos preocupáramos. Pero ahora mi casa está en riesgo, tuve que salir y vivo en casa de mis padres, con mis hijas y mi marido», cuenta.

 

Carretera cortada

En el 2019 cayeron al vacío seis metros de terreno. Desde entonces, se vive con las alarmas encendidas. El tránsito de coches ya está prohibido. La carretera, agrietada, está a apenas tres metros del vacío. Las fisuras son como cicatrices en la iglesia y las oficinas municipales. Desde un extremo, se observa cómo el viento y el mar han horadado el acantilado; es decir, la roca ya no está y el pueblo queda prácticamente suspendido sobre el vacío.

Además de la erosión, otro de los grandes problemas es el turismo, que demanda casas cercanas al mar y encarece reubicar a unos habitantes que, de todos modos, no se deciden: «En esta zona hay muchos ancianos que se niegan a salir porque llevan toda la vida aquí. Solo sé de una pareja joven que se fue, con dos niñas, porque su casa está en alto riesgo».

Las esperanzas del pueblo pasan por un proyecto de mantenimiento recientemente aprobado por 2,7 millones de euros, consistente en rellenar de cemento la parte desprendida del acantilado. «Ya dijeron que el proyecto está redactado y deben adjudicarlo, pero todavía no se sabe nada», explica Pereira, aludiendo al abandono que sienten desde hace tiempo. En cualquier caso, existe la sensación de que no es más que una solución temporal. Se estima que, cuando la isla fue ocupada hace cuatro siglos, lo que ahora son centímetros entre las casas y el mar eran casi 90 metros, informa Público. El avance es inevitable.


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