Cristina Gil, empresaria, experta en inteligencia artificial: «El algoritmo hace lo que le enseñas»
Galicia
La joven emprendedora, que tuvo que superar graves dificultades personales, colabora con las mejores universidades de Estados Unidos
09 Nov 2021. Actualizado a las 05:00 h.
Cristina Gil (Laxe, 1988) tiene un poder. Un superpoder, tal vez. Transmite seguridad y genera paz a su alrededor. Tras superar todas esas dificultades con las que el destino pone a prueba a los buenos, dirige una empresa, Milbrait, que hace mejores a otras empresas a través de la inteligencia artificial. Cristina, no lo duden, es el futuro.
—La han hecho embajadora, ¿de qué?
—Soy la embajadora en A Coruña del programa WIDS, que es una iniciativa de la Universidad de Stanford, que pretende visibilizar el papel de la mujer en la ciencia de datos. Presentaremos el evento en marzo. Ya los hacíamos antes; son eventos en los que pretendemos explicar herramientas de inteligencia artificial a empresarios.
—Para mejorar la eficiencia de su empresa, supongo.
—Sí, aprenden tecnologías que ya se están usando en otras empresas y encuentran sinergias entre la gente que viene.
—Pero usted estudió Derecho, ¿cómo se metió en esto?
—Yo estudié Derecho, márketing digital, comunicación empresarial... Siempre he estado estudiando y trabajando. Me recomendaron la inteligencia artificial porque es por donde va el futuro. Y por ahí me seguí formando.
—¿Por qué cree que existe ese déficit de mujeres en el mundo de la tecnología?
—Mi punto de inflexión en la carrera fue cuando hice las formaciones con el Instituto Tecnológico de Massachusetts para aprender sobre inteligencia artificial y transformación digital. Deberíamos trasladar ese conocimiento tan específico a las mujeres y a todo el mundo. Habría que visibilizar más eso. Cuando voy a dar charlas a institutos me dicen que lo ven muy complicado, pero yo tengo dislexia y me peleo con las aplicaciones. No solo es para superlistos. Hay que mostrar la tecnología como algo asequible.
—La clave es el algoritmo...
—Eso es, el algoritmo y cómo lo entrenes.
—Últimamente tienen muy mala prensa los algoritmos, que son los bichos que se imponen a lo humano.
—Depende del poder que les demos. Él va a hacer lo que tú le enseñes. El algoritmo siempre debe tener una supervisión humana y ahí es donde está el debate ético. Hay quien opina que es la máquina quien debe vigilar a la máquina y ahí es donde creo que tendríamos un problema.
—¿Llegaremos al mundo de Terminator?
—Yo creo que no. Debemos quedarnos con lo bueno que tiene la tecnología. Lo estamos viendo con el volcán, donde nos estamos anticipando y evitando víctimas humanas.
—Usted viene de una familia en riesgo de exclusión, lo que demuestra que llegar no es imposible.
—No es imposible, pero cuesta mucho trabajo. Yo salí adelante gracias a los franciscanos de Santiago, a los que debo muchísimo. Mi madre falleció con 44 años y la familia se desmoronó.
—¿Tiene hermanos?
—Una hermana pequeña, que fue con la que hice el acogimiento. Yo la acogí a ella. Tenía 21 años y ella, 11. Ha estudiado Derecho y ha ganado varios premios.
—Todo con esfuerzo.
—Sí. A mí me costó mucho tiempo acabar la carrera. Los profesores fueron muy amables conmigo; me llamaban cada vez que veían algún trabajo por la Universidad. He tenido curros de todo tipo. Hasta llegué a hacer dulces por la noche para venderlos al día siguiente en las ferias. Yo era una persona normal a la que le gustaba salir el jueves, pero desde que murió mamá, eso se terminó.
—¿Es verdad que sus primeras gafas se las regalaron?
—Sí, gracias a María Pose, que es la alcaldesa de Santa Comba.
—Salir adelante con tanto esfuerzo debe ser muy satisfactorio.
—Sí y no, porque cargas con un montón de carencias de tu pasado. Yo lo he pasado bastante mal. Pero, aunque suene raro, a mí me cambió la vida montar a caballo y pintar. Tengo la mejor profesora del mundo: Mónica Cadilla.
—De que te regalen las gafas a montar a caballo va un mundo.
—Sí, pero lo de las gafas es un ejemplo. A nosotras nos daban los alimentos los franciscanos. Ahora escucho a veces: «¡Qué agobio!». Y yo contesto, agobio era tener que esperar en la cola para que nos dieran sardinillas Cuca. Aún ahora, cuando llega la navidad, echo de menos más familia.
—Tiene la posibilidad de crear otra.
—Sí, es una materia pendiente. Quisiera ser madre. Y me daría igual hacerlo sin un hombre.
—¿Cómo se ve en 20 años?
—Uf, prefiero ir día a día. De todos modos me veo con una casa, con una hija y con animales. Me gustan mucho los animales.
—Todo este recorrido que ha tenido que hacer, ¿hubiera sido más fácil de ser un hombre?
—Sí. Muchas veces he tenido que decir: «¿Esto se lo preguntarías a un hombre?». Pero no me gusta el rol de víctima, solo quiero las mismas oportunidades.
—¿Celta o Dépor?
—De fútbol, cero. Pero que gane el Dépor.
—¿Qué tal duerme?
—Duermo pocas horas, muchas veces estoy en multitarea, con tropecientos procesos mentales abiertos.
—Defínase en cuatro palabras.
—Soy ambiciosa, tenaz, estudiosa y curiosa
—¿Cuántos móviles tiene?
—Cuatro.
—¿Y cuántos lleva encima?
—Dos, creo. Y eso que mi opinión es que las pantallas frenan la creatividad. Para eso, mejor un paseo. O estar con los animales.
—Aparte de montar a caballo, ¿qué le gusta hacer?
—Pintar, escribir... Aunque para publicar nunca me atrevo.
—¿Y en la cocina?
—No me gusta mucho. Antes sí, pero ahora mismo no me apetece.
—¿Qué le gustaría mejorar de su vida?
—Soy una persona miedosa. Tengo que trabajar eso.
—Dígame una canción.
—Bad habits, de Ed Sheeran.
—¿Lo más importante en la vida?
—La salud y tener cerca a la familia.