La Voz de Galicia

Un mandato invisible con la excusa del Tratado de Lisboa

España

Juan Oliver bruselas/la voz.

13 Jun 2010. Actualizado a las 02:00 h.

El presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, impartió hace unas semanas una conferencia en la sede de la representación de Baviera en Bruselas, un imponente castillo cuya estampa, que se dibuja justo frente del Parlamento Europeo, simboliza el enorme poder económico y político del corazón industrial de Alemania. Allí, Van Rompuy explicó cuáles habían sido los mayores retos de sus primeros meses de mandato, y aunque reconoció que al principio temía encontrar muchas dificultades para dotar de contenido a su cargo, confesó que al final le había resultado todo más fácil de lo previsto.

«Mi primer comparecencia pública fue en Madrid, con el presidente de turno, José Luis Rodríguez Zapatero, y con el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso. Un periodista nos preguntó a quién de nosotros debía considerar la voz de Europa, y la verdad es que mi respuesta entonces no fue demasiado convincente. Pero desde entonces, Zapatero solo ha presidido un Consejo, y la prensa española lo acusa de estar desaparecido. Creo que eso responde mucho mejor a aquella pregunta», dijo Van Rompuy.

El principal reto de la presidencia española era poner en marcha la nueva arquitectura institucional que establece el Tratado de Lisboa, y en ese sentido hay que reconocer que España ha puesto todo de su parte para que los nuevos cargos, como el de Van Rompuy, puedan empezar a funcionar cuanto antes. Aunque el precio ha sido la absoluta invisibilidad de Zapatero para la opinión pública europea.

Lo que dijo Van Rompuy en el castillo bávaro es cierto: el presidente español le ha cedido todo el protagonismo en las cumbres europeas, hasta el punto que ha sido el primer mandatario de turno de la UE que no ha aparecido en las ruedas de prensa que cierran esos cónclaves. Y renunciar a ese protagonismo tiene su mérito, porque la gestión corriente de los consejos de ministros sectoriales, en los que se materializan a nivel técnico las decisiones políticas de los líderes, ha seguido en manos de España y, en especial, de centenares de voluntariosos funcionarios y diplomáticos que llevan meses trabajando en la sombra.

A esta presidencia española de la UE se la puede criticar por haber pasado completamente desapercibida, pero cabe preguntarse si no es eso precisamente lo que querían los ciudadanos europeos cuando se dotaron del Tratado de Lisboa. Entre otras cosas, para dejar claro a quién corresponde responder a las preguntas de los periodistas.


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