Cuando tenemos el viento de cara
A Coruña
10 Nov 2016. Actualizado a las 05:00 h.
Será que escribo en el mismo día en que ha ganado Donald Trump -hoy que es ayer- y es difícil ponerle el mismo ánimo de siempre a esta crónica, que suele volar sola por la memoria y los rincones de nuestra ciudad con alegría. Sin embargo, con este sentimiento plúmbeo solo se me ocurre aliviar el nubarrón agarrándome al viento que curiosamente a mí me aplaca la tensión. No sé en qué momento me di cuenta de que cuando las cosas se ponen en contra la brisa del mar, el viento del norte, provoca en mí la sensación liberadora que impulsa los malos humores. Con esa humedad que impregna el rostro y nos embadurna como una capa protectora. En Coruña sabemos andar, saltar y correr movidos por el viento, que con su vaivén nos da una forma peculiar y nos modela un carácter abierto y variable. A nuestra manera, porque a veces el viento fuerte nos empuja de espaldas con esas rachas que al girar una esquina nos arrastran y nos mueven a encarar la sorpresa. Otras, en cambio, el viento nos tira para atrás y nos lleva a enfrentarlo con todo nuestro ímpetu, con el valor de pelearlo agarrándonos de la capucha, de la solapa del anorak o retorciéndonos con el paraguas, en un abrir y cerrar continuo. Un día habrá que hacerle un homenaje también a nuestra forma peculiar de llevar el paraguas, medio abierto, como una espada que en una calle se abre ante el peligro y en otra se cierra por el demonio de las rachas.
Llevamos varios días con el viento de cara, pero a mí me gusta cuando no es fuerte y se siente como un alivio. Esa sensación que tan bien definió Benedetti: «Me gusta el viento. No sé por qué, pero cuando camino contra el viento parece que me borra cosas. Quiero decir: cosas que quiero borrar». En Coruña tenemos esa suerte: que nada más bajar al paseo marítimo nos encontramos con él de cara, y muchas veces, los afortunados sentimos que esa brisa es un aire que cura. Es verdad que luego está ese otro vendaval con el que no podemos, o el viento del sur que nos atormenta y nos levanta dolor de cabeza. Como aquel Solano del que hablaba Almodóvar en la película Volver, el torbellino propio de La Mancha «que saca a la gente de quicio». Aquí el viento del sur huele mal y el viento del norte oxigena, aunque no sé si tanto como otros que han proporcionado todo un poder de creación. Lo contaba Saramago cuando afirmaba que su obra hubiera tenido otro tinte si no hubiera sido compuesta al calor de los alisios de Lanzarote, o Lluís Llach cuando relataba que la tramontana le aumentaba su tensión creativa.
A mí me consuela saber que, al menos en días como hoy en que el nubarrón nos acecha, el viento del norte coruñés antes o después nos despejará y nos pondrá las cosas de cara.