La Voz de Galicia

Y Casares Quiroga no se acostó

A Coruña

Carlos Fernández a coruña

Historias de A Coruña | Una anécdota falsa El líder republicano se multiplicó el 17 de julio de 1936 para intentar evitar el éxito del levantamiento militar franquista

21 Oct 2006. Actualizado a las 07:00 h.

Hace días se volvía a contar, por enésima vez, una anécdota atribuida al presidente del Gobierno Casares Quiroga el 17 de julio de 1936, nada más conocerse la insurrección del Ejército de Marruecos contra la República. Se decía que cuando los periodistas acosaron al político coruñés al salir del palacio de la Presidencia con preguntas sobre el levantamiento militar, Casares contestó impertérrito e irónico: «Pues bien, si ellos se han levantado yo me voy a acostar», lo cual hizo mientras España se veía abocada a una cruel contienda fratricida. Ello es falso y demuestra que las anécdotas en España se cuentan para hacer gracia y no como sucedieron realmente. En este caso, además, se daba a entender que Casares era un político insensato e incompetente, algo falso. La frase del «levantamiento-acostamiento», de haber sido pronunciada por el jefe del Gobierno, lo habría sido en los últimos días de junio, o, como muy tarde, en los primeros de julio, cuando algún periodista, a la salida de su despacho y cuando iba a subir al coche oficial, le fue con nuevos rumores de levantamiento de guarniciones que al día siguiente nunca tenían confirmación (el único levantamiento que hasta el 17 de julio viviría el Gobierno de Casares fue el de unos falangistas que el 11 de julio tomaron unos minutos una radio en Valencia). Fue entonces cuando Casares, ya cansado, tanto de los rumores como de llevar todo el día trabajando en su despacho (raras veces se iba a comer a su piso de Alfonso XII, a pesar de la escasa distancia a la que estaba), tuvo esa salida, que tampoco se pudo confirmar. Repásense las hemerotecas y se comprobará. A ello había que añadir la especial inquina que estaba demostrando contra Casares la prensa derechista. La realidad fue que el 17 de julio de 1936, al recibir la noticia de la insurrección de Marruecos (Franco todavía estaba en Las Palmas presidiendo el entierro del gobernador militar Amadeo Balmes y no llegaría a Tetuán hasta el 19), se fue, en vez de a la cama, a despachar urgentemente con el presidente de la República, Manuel Azaña. Allí estaban varios militares y prepararon un plan urgente para contrarrestar el alzamiento. Plan que, a la vista de lo sucedido, no fue todo lo acertado que preveían, pues tanto Casares como Azaña se oponían radicalmente a entregar armas a la población, y así se hizo constar en todas las conversaciones telefónicas y telegramas enviados a los gobiernos civiles de toda España. Entre las medidas tomadas por Casares figurarían también los importantes decretos que declaraban disueltas todas las unidades del Ejército que tomaban parte en el alzamiento y la licencia de las tropas cuyos mandos hubieran participado en el mismo, así como los ceses de los generales Cabanellas, González de Lara, Queipo y Franco. También se anuló el estado de guerra en aquellas plazas en las que los rebeldes hubiesen dictado tal medida. El 18 de julio fue una vorágine en Presidencia y en el Ministerio de la Guerra (Casares ocupaba ambos cargos) con órdenes y contraórdenes. Por la tarde, sintiéndose culpable del triunfo del alzamiento contra la República, presentó su dimisión irrevocable a Manuel Azaña. Pero lo más sorprendente de Casares Quiroga estaba por llegar, porque, días después, no se sabe movido por qué resorte, se enfundó un mono de miliciano y se fue a la sierra madrileña a combatir a los rebeldes. Recordará su hija María en su libro de memorias Residente privilegiada : «Mi padre quedó herido para siempre. Y mientras que tomaba el camino de la sierra como simple miliciano, mamá entraba al servicio de un hospital». También lo recuerda el diputado coruñés Emilio González López, de Izquierda Republicana, el partido de Casares Quiroga.


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