El TEA desde el aula y la brecha entre la teoría y la realidad
Carballo
La incidencia en España es de 1 de cada 100 niños, por lo que no es una excepción, sino una realidad en todos los colegios
08 Nov 2025. Actualizado a las 05:00 h.
Hablar de inclusión desde el papel es cómodo. Lo difícil llega en el momento en que esa palabra, tan bonita y llena de buenas intenciones, aterriza en un aula con 25 alumnos con distintos ritmos de aprendizaje, distintas necesidades… y un niño con Trastorno del Espectro Autista (TEA) que necesita mucho más que buena voluntad.
La entrada de un niño con TEA en clase lo transforma todo. Sus compañeros observan, preguntan, se acercan… a veces con curiosidad, otras con ternura o desconcierto. Aprenden, sin darse de cuenta, sobre respeto, diferencia y frustración. Pero también necesitan que alguien les enseñe cómo actuar ante gritos o rabietas, cómo compartir sin respuesta, cómo convivir con quien ve y vive el mundo de otra manera.
Los docentes caminan por una cuerda fina: planifican, adaptan, enseñan, escuchan, gestionan conflictos y situaciones imprevisibles, mientras lidian con la burocracia. La inclusión no es una tarea más, es una transformación profunda del rol docente. Y sin apoyos específicos, es insostenible. Los apoyos no pueden limitarse a materiales, sino también a incluir recursos humanos con formación específica que aporten ideas y soluciones.
Buena parte del trabajo docente no se ve: reuniones, esperas, frustraciones. Algunos padres dudan de si «esto afecta al aprendizaje de los demás»; equipos directivos reclaman recursos que no llegan; profesionales itinerantes que apenas pueden intervenir una hora semanal. Y hay docentes agotados, con vocación pero sin herramientas suficientes. No todos muestran el mismo nivel de implicación, aunque confío en que la mayoría actúa con responsabilidad. Lo que no se ve es lo que más duele, y es esa sensación de estar haciendo «lo mejor que se puede» en lugar de «lo que realmente se necesita».
Planificación
La inclusión real es planificación, formación y trabajo en equipo. Necesitamos para ello profesionales de apoyo en el aula que sean estables y continuos; formación específica y práctica para el profesorado sobre autismo, conducta y habilidades sociales; orientación y acompañamiento para las familias de todos los alumnos; espacios adaptados y recursos materiales suficientes, y, sobre todo, tiempo. Ese bien escaso que las instituciones no siempre priorizan.
La incidencia del TEA en España es de 1 de cada 100 niños. No es una excepción, sino una realidad en casi todas las aulas. El DSM-V reconoce tres niveles de apoyo, y la escuela debería hacerlo también, no solo con informes, sino con recursos físicos y humanos. Aun con todo, hay esperanza. Aulas donde los niños aprenden a esperar, a ceder, a mirar con otros ojos. Docentes que reinventan sus metodologías. Familias que acompañan, preguntan y se comprometen. La inclusión no es solo para el niño con TEA, sino para todos. Pero no puede depender únicamente de la buena voluntad del profesorado ni de la capacidad del grupo para adaptarse sin apoyo. Es fundamental construir una conciencia de comunidad en los colegios, donde familias, docentes y alumnado compartan responsabilidades.
Solo si caminamos en la misma dirección, con compromiso y colaboración, podremos hablar de inclusión real. Es hora de que la administración educativa esté a la altura. Y de que como sociedad dejemos de hablar de «problemas» para empezar a hablar de responsabilidad común y soluciones. La inclusión no es un favor. Es un derecho. Y como tal, debe ser un compromiso de todos.