El jefe de espías con menos pinta de espía que se pueda imaginar es William Burns. Hay analistas, no obstante, que lo describen como un turbio personaje de novela de John le Carré, pero Burns confiesa que su mujer –diplomática de carrera como él– y sus dos hijas se mofan cada vez que los medios lo comparan con el típico agente secreto de ficción.
Al fin y al cabo, este caballero tan alto, de bigote recortado y trajes anodinos, conduce un Subaru de hace diez años y jamás se ... ha saltado el límite de velocidad. Quizá sea ese el mejor disfraz del actual director de la Agencia Nacional de Inteligencia (CIA) y el más poderoso que ha tenido la agencia en su historia.
Lo primero que descoloca de William Burns (Carolina del Norte, 67 años) es que haya adoptado un perfil tan público e influyente. Es insólito que un 'príncipe de las sombras' esté en todas las salsas. Burns ha eclipsado al secretario de Estado, Antony Blinken. Fue Burns el que viajó a Moscú para advertir a Putin de que no invadiese Ucrania. No lo disuadió, pero su maniobra retrasó lo suficiente el ataque como para dar tiempo a los ucranianos a organizar su defensa. Y su astucia no solo está sirviendo para sostener a Kiev, sino que ha logrado evitar una confrontación directa entre Rusia y la OTAN.
Si Burns se parece a alguien no es a ninguno de sus predecesores, sino a otro secretario de Estado, el legendario Henry Kissinger. Disfruta de plena confianza de la Casa Blanca para entrevistarse y negociar con tirios y troyanos; pero, además, tiene la mejor información del mundo, recopilada y analizada por veinte mil empleados en nómina, un tercio de los cuales opera de manera encubierta.
Por eso Burns está en todas las negociaciones, discretas o no, con políticos, militares, civiles… En la misma semana se lo ve en el frente de Ucrania; en Oriente Medio proponiéndole al Gobierno de Israel que acepte un Estado palestino mientras negocia una tregua con las autoridades palestinas; liderando una respuesta militar a los ataques de los hutíes en el mar Rojo; viajando a Taiwán para enviarle un recado a China de que Estados Unidos está comprometido en su defensa…
Su hiperactividad tiene una motivación profunda. Considera que el mundo está en una encrucijada. Y que muchos países optarán por democracia o autocracia según perciban cuál es la potencia que la gestione mejor. Con las mismas, va regalando titulares: «Putin es el máximo apóstol de la venganza. Si yo fuera Prigozhin, no despediría a mi catador de alimentos», dijo poco antes de que el líder de los mercenarios de Wagner muriese en un sospechoso accidente de aviación tras su motín. O se despacha en la revista Foreign Affairs con un insólito artículo donde desvela las prioridades de Estados Unidos; y que rusos, chinos o iraníes deben de estar estudiando todavía. «Aunque Rusia puede representar el desafío más inmediato, China es la mayor amenaza a largo plazo. Y, durante los últimos dos años, la CIA se ha estado reorganizando para reflejar esa prioridad. En consecuencia, estamos contratando y capacitando a más hablantes de mandarín mientras intensificamos los esfuerzos en todo el mundo para competir con China», reconoce el jefe de la CIA.
Pero Burns considera que los focos son necesarios para devolver la confianza del público a las instituciones. Y si hay una institución que necesita redimirse es la CIA, tan temible como desprestigiada desde los atentados del 11S, que no vio venir… Y progresivamente enfangada con todo lo que vino después, desde las inexistentes armas de destrucción masiva para justificar la guerra de Irak a las torturas en cárceles secretas como la de Abu Ghraib.
La guinda fue el desprecio del expresidente Donald Trump. «La CIA, desmoralizada y marginada durante los años de Trump, que llegó a decir que creía más en Putin que en sus informes, ha entrado en un periodo de resurgimiento de la mano de Burns, cuyo impacto está siendo sutil pero firme», sentencia The New York Times.
Burns ha ordenado dos medidas inéditas. Una es la publicación de un pódcast que pone en valor el trabajo del espionaje norteamericano con el relato de algunas de sus operaciones. (Para los críticos, un blanqueo de imagen). La otra es más audaz: la desclasificación de documentos, divulgando selectivamente algunos secretos. Lo está haciendo para contrarrestar las campañas de desinformación del Kremlin, que se han intensificado para imponer la narrativa de que Estados Unidos se encamina a una guerra civil cuyo preludio será el texit, la secesión de Texas.
«Bajo el mandato de Burns, la CIA se ha aventurado en territorio operacional desconocido. Está desclasificando informes de inteligencia y utilizándolos como un arma estratégica. Además, compite con los rusos en las redes sociales publicando instrucciones en Telegram para aquellos que quieran oponerse a Putin y contactar de manera segura en la web oscura», señala Douglas London, exagente y profesor de la Universidad de Georgetown. Una manera peculiar, desde luego, de reclutar agentes dobles.
¿Así que luz y taquígrafos? No tan rápido… Cualquier servicio secreto opera en la clandestinidad. Según Newsweek, la CIA dispone de una 'flota gris' de aviones civiles que transportan armas y agentes, y cuya base está en Polonia. Pero hay ciertos límites que nadie debería tener licencia para saltarse. «En la guerra contra el terrorismo, la CIA asumió responsabilidades, como el trato y los interrogatorios de los prisioneros, que los departamentos de Defensa y Justicia no podían autorizar. En este proceso, la cultura de la agencia cambió. Pasó de ser un servicio de espionaje de élite a convertirse en una organización paramilitar», añade London.
Tres directores de la CIA contra las cuerdas
George Tenet
Dirigió la CIA entre 1997 y 2004, bajo los mandatos de Bill Clinton y George Bush, «con la misión de devolverle la moral y el orgullo» (en el Congreso se llegó a discutir la disolución de la agencia tras el final de la Guerra Fría y varios fiascos). Pero 'se comió' el ataque a las Torres Gemelas. Bendijo los falsos informes sobre armas de destrucción masiva en Irak y permitió las torturas de los prisioneros en la lucha contra Al Qaeda, bautizadas como 'técnicas de interrogatorio mejorado'.
Mike Pompeo
Sirvió con Donald Trump entre 2017 y 2018, para desesperación de sus propios agentes, que vieron cómo desautorizaba sus informes sobre la implicación rusa en la campaña electoral. En 2019 confesó: «Fui director de la CIA. Mentíamos, hacíamos trampas, robábamos…». Y se lamentó de haber traicionado los códigos de honor que había aprendido como cadete en West Point. Trump lo nombró secretario de Estado durante la pandemia.
David Petraeus
Iba para héroe nacional. Comandante de la Fuerza Multinacional en Irak, el 'ojito derecho' de Obama... Pero su mandato en la CIA apenas duró un año. El FBI descubrió que había mantenido un romance con Paula Broadwell, su biógrafa. Petraeus tuvo que dimitir, acusado de desvelar secretos a la escritora. Por lo menos, no le costó el divorcio. Este año celebra sus bodas de oro con su esposa, Holly.
Y ahí es donde Burns ha expresado su intención de recuperar la misión original de la CIA. Y que está inscrita en el escudo de La Compañía, como se la conoce popularmente desde que fue creada, en 1947, cuando Estados Unidos decidió que, si no quería sufrir un nuevo ataque por sorpresa como el de Pearl Harbour, necesitaría mejores espías que ninguna otra potencia. El lema: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
La CIA tiene el encargo de recabar información fiable. Y su director, que solo responde ante el presidente, debe tener agallas suficientes como para decirle las cosas como son, sin regalarle los oídos. Burns intenta ser, ni más ni menos, que la brújula de Joe Biden. Ambos se conocen desde hace un cuarto de siglo. Trabajaron juntos durante la administración de Obama.
No todo son parabienes. Le sorprendió el brutal ataque de Hamás contra los colonos en octubre. La inteligencia también falló en la retirada caótica de las tropas estadounidenses en Afganistán. Y su sentido común debió de ausentarse cuando se reunió en un par de ocasiones con Jeffrey Epstein, el consultor financiero que ya había sido condenado por abusos sexuales a menores. Burns asegura que solo fue para tantear oportunidades de negocio de cara a su retiro.
Nació en Fort Bragg, la mayor base militar de Estados Unidos. Su padre, veterano de Vietnam, alcanzó el rango de general. Y le dio un consejo cuando aún no tenía claro a qué dedicarse: «Nada puede hacerte sentir más orgulloso que servir a tu país con honor». De familia católica, se educó en la Universidad de La Salle (Pensilvania) y se pulió en Oxford. Conoció a su futura esposa, Lisa Carty, en 1982 durante un curso del servicio exterior. Él fue destinado a Jordania y ella, a Burkina Faso, pero el flechazo sobrevivió a la distancia. En la actualidad, Carty se desempeña como embajadora ante la ONU.
Burns recuerda que pagó la novatada en su primera misión. Se presentó voluntario para llevar un camión con material informático a la legación en Irak. Su superior le aseguró que los funcionarios iraquíes habían sido convenientemente «engrasados». Pero fue retenido en un control y terminaron requisándole el camión y la carga. Regresó a Amán pensando que su carrera iba a ser una de las más cortas del cuerpo diplomático. Pero terminó siendo de las más largas. Desde el mandato de Ronald Reagan sirvió a todos los presidentes, demócratas y republicanos, con la excepción de Trump.
Burns habla árabe, ruso y francés. Ha sido embajador en Moscú y en Jordania. Llevaba desde 2014 retirado del servicio activo. Y presidía el Fondo Carnegie para la Paz Internacional. Incluso había escrito sus memorias, con más picante de lo que cabe esperar en un funcionario con mucho que perder si habla más de la cuenta, pues incluyen un centenar de cables clasificados. Hasta que en 2021 recibió por sorpresa el encargo de Biden de dirigir la CIA… y reformarla.
Lo que nadie podía esperar, ni siquiera un jefe de espías, es que tantos 'cisnes negros' iban a echar a volar en Ucrania, Gaza, el mar Rojo o la frontera entre Estados Unidos y México, desbordada por el fentanilo y la inmigración ilegal.
Burns confía en las herramientas de vigilancia electrónica, pero también en el factor humano. «Por mucho que el mundo esté cambiando, seguirá habiendo secretos que solo los humanos pueden recopilar y operaciones clandestinas que solo los humanos pueden llevar a cabo. No hay sustituto para el contacto directo con aliados y enemigos».
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