Su versatilidad y su tesón lo han convertido en uno de los actores más admirados. A los 56 años, acaba de ganar el Globo de Oro y le disputará el Oscar a Leonardo Dicaprio y a Cillian Murphy. Aunque los premios no le impresionan ni la mitad que los fenómenos paranormales. Él mismo nos lo cuenta.
Chris Harvey
Viernes, 9 de febrero 2024, 10:02
Un profesor amargado y malhumorado le ha valido a Paul Giamatti el premio al mejor actor en los Globos de Oro y la nominación a los Oscar. Giamatti dedicó su victoria por el papel que interpreta en Los que se quedan (The holdovers) a todos los profesores. Sabe de lo que habla. «Todos en mi familia son profesores, desde hace varias generaciones. Los profesores son buena gente. Hacen algo bueno y es un trabajo duro. Deberíamos respetarlos». Con su personaje en la ficción no es tan fácil empatizar... de entrada. Paul Hunham es un profesor estricto que tacha a los niños de su clase en un internado de élite de Nueva Inglaterra de «filisteos perezosos, vulgares y rancios».
«No se equivoca», dice Giamatti sonriendo. En esta nueva comedia de Alexander Payne, ambientada en 1970, Hunham se resiste a las presiones del director ... del colegio para aprobar a los hijos de los donantes más adinerados e insiste en suspender a cualquiera que haga un trabajo deficiente. Ante su 'resistencia', el centro lo castiga obligándolo a supervisar a los alumnos que no tienen otro sitio adonde ir en Navidad: los que se quedan, the holdovers. El profesor es un alcohólico que no cae bien a nadie, con un ojo estrábico, las palmas de las manos sudorosas y un problema de olor corporal. Giamatti sonríe cuando le pregunto cómo se sintió cuando Payne le ofreció el papel. «No soy vanidoso. Payne vino a mí sabiendo: 'Esto le gustará'».
Los aparentes defectos de Hunham le atrajeron, añade, «porque son cosas que marginan a una persona. No sé por qué, pero eso me ha interesado siempre». Los que se quedan reúne de nuevo a Giamatti con Payne, que fue quien propulsó la carrera del actor con la película Sideways, Entre copas en español, estrenada en 2004 (sí, hace 20 años). Giamatti interpreta a Miles, un escritor fracasado y enólogo aficionado que acompaña a un amigo que se va a casar pronto en un viaje a través de una región vinícola de California. La furiosa reacción de Miles ante la posibilidad de que una cita doble implique comprometer su exigente paladar ya es parte de la cultura popular: «Si alguien pide merlot, me voy. ¡No voy a beber ningún puto merlot!».
Durante años, allá donde iba, a Giamatti le repetían la frase. «Sí, y la gente me enviaba vino, aunque yo no bebo vino, nunca he bebido. Me siento un poco mal con los sumilleres. Siempre aviso: 'Lo siento, tío, no sé qué decirte. No sé nada de esto'». Profesionalmente, la película lo cambió todo para Giamatti. «No he vuelto a tener que hacer una audición en 20 años –dice–. Y los papeles que me ofrecían, de repente, eran mucho más interesantes. Parecía creíble como alguien que podía ser algo más que el secundario bobalicón».
Giamatti estudió en la Escuela de Arte Dramático de Yale, alma mater de Paul Newman, Meryl Streep y Frances McDormand. Debutó en Broadway con Arcadia, de Tom Stoppard, en 1995, y ha hecho multitud de papeles antes de alcanzar la fama internacional interpretando al despiadado abogado Chuck Rhoades en la serie Billions. Después de siete temporadas, el adiós al personaje el año pasado fue triste, pero «psíquicamente liberador», afirma. Rhoades, explica, «no era muy divertido de interpretar. Fue un gran trabajo, pero era un papel muy difícil; no lamentaré dejar de hacerlo».
En persona, Giamatti no se parece en nada a Rhoades. Se muestra cálido, con un aire desenfadado que quizá revele su propia educación en un internado de élite de Nueva Inglaterra, aunque, sugiere, «no creo que ninguno de esos colegios sea tan pijo como Eton». Sin embargo, dice Giamatti, sigue habiendo «un aspecto clasista en esas escuelas, que te da una gran ventaja en la vida. Y no es necesariamente la educación ni lo que debería ser importante en una sociedad que se supone democrática y no clasista. Son instituciones extrañas».
Por otro lado, Giamatti lamenta que la educación, en general, «parezca ser cada vez menos importante. Miras a tu alrededor y piensas: 'Bueno, lo único que tengo que hacer es montar una start-up y convertirme en una especie de empresario de Internet. ¿Para qué demonios necesito ir a la escuela?'». A Giamatti le preocupa el empeño de las universidades en centrarse en «las carreras impulsadas por el mercado» y asegura, con pena, que su padre, Bart Giamatti, que fue presidente de la Universidad de Yale en los años setenta y ochenta, «se habría desesperado» ante la muerte de las carreras de humanidades.
La creciente precariedad de las clases medias y el aumento de las tasas de matrícula, explica, hacen que un título de letras parezca un lujo extravagante. «Hace poco fui a Yale –cuenta– y, para ampliar la Facultad de Ingeniería, están sacrificando un museo de instrumentos musicales y un 'excéntrico' departamento de antropología. Molestan».
Bart Giamatti no lo verá. Murió de un ataque al corazón en 1989 y nunca vio el éxito de su hijo como actor. No podía ni imaginarlo. Paul estudió Literatura en Yale antes de dedicarse al teatro. Coqueteó brevemente con un futuro en el mundo académico, pero, «cuando llegó el momento de tomar la decisión, me dije: 'No puedo hacerlo'. La idea de pasarme el resto de mi vida estudiando literatura medieval o algo así me parecía imposible. Creo que tengo una necesidad constante de novedad. Me aburro muy rápido».
Giamatti ha participado en películas de Woody Allen, ha actuado en el teatro con Kevin Spacey, ha compartido escenas con Johnny Depp... Me pregunto qué siente cuando, de repente, 'cancelan' a alguien con quien ha trabajado. «Dios mío, ¿han cancelado a Johnny Depp?», dice. Y parece sorprendido.
Aunque tampoco parece querer profundizar en el tema. «No estoy al tanto de muchas de estas cosas. Quiero decir, es una locura y es intenso. Y algunos han hecho cosas que supongo que merecen censura», pero, añade, «no es que me sienta agraviado porque un amigo mío haya sido tratado injustamente».
Giamatti ha interpretado a varios personajes judíos. ¿Tiene alguna opinión sobre la polémica que se ha generado cuando la actriz Sarah Silverman criticó que actores gentiles interpreten papeles de judíos (polémica que ha tenido en el ojo del huracán a Bradley Cooper por interpretar a Leonard Bernstein en Maestro)?
«Me parece interesante –se limita a decir–. Durante mucho tiempo, la gente pensó que yo era judío, que no lo soy ni he interpretado tantos judíos en mi vida. Pero mi exmujer es judía (estuvo casado muchos años con la productora de cine Elizabeth Cohen, con la que tiene un hijo de 22 años, Sam) y mi hijo es judío. Así que, hasta cierto punto, no siento que me esté 'apropiando' totalmente de la cultura judía si tengo que interpretar a uno. Es un tema delicado. Puedo ver las dos caras de la moneda, pero parece que, si se lleva esta lógica hasta el final, la cosa se vuelve demasiado... limitante».
A pesar de haberse alejado del mundo académico, Giamatti sigue siendo un lector voraz. Cuando le recuerdo que una vez se describió a sí mismo como «un adicto a la lectura en recuperación», protesta. «No me estoy recuperando. He vuelto a caer. Me he pasado todo el día comprando libros».
Menciono otro comentario literario que hizo en una entrevista y le digo que no sé si estaba bromeando o no. «Eso me pasa mucho», confiesa. Le pidieron que completara una frase que empezaba: «Yo creo...» y respondió: «Yo creo que no hay manera de que Shakespeare escribiera todas esas jodidas obras, ni de coña». Se ríe. «¿Si realmente creo eso? No. Lo que ocurrió es que, durante el rodaje de la película La joven del agua, un periodista iba entrevistando a todo el mundo. Y yo sabía que todos iban a decir: 'Creo en la gente' o algo así. Así que pensé: 'Voy a decir algo realmente sarcástico y raro'».
Y, al parecer, no quedó claro que bromeaba... Pero, admite Giamatti, no le importaría dedicar uno de sus pódcast al 'fenómeno Shakespeare': «Es extraño que sea el dramaturgo más importante de todos los tiempos y no sepamos prácticamente nada de él». A Giamatti le fascinan los fenómenos extraños... incluso frikis. El año pasado comenzó una serie de pódcast, Chinwag, con el filósofo Stephen Asma, para hacer lo que ellos describen como «inmersiones profundas en el desierto de la mente».
«He tenido encuentros con fantasmas», me dice orgulloso. Y lo repite mucho últimamente porque, afirma, «estoy cansado de no poder hablar de fantasmas o de no poder hablar de Bigfoot. Es algo que no puedes sacar en una conversación de sobremesa sin que te miren mal». Giamatti matiza que no es que haya sido testigo de 'apariciones', pero ha tenido experiencias «raras, extrañas, que 'no tienen sentido'», para las que no hay otra explicación que «algo fantasmal». «Me apasiona enormemente este tema, me interesa de verdad». Y con su amigo Asma e invitados 'de lujo', actores como Billy Bob Thorton, en el pódcast se permite hablar de todos los fenómenos extraños que los inquietan... o los estimulan. Valen fantasmas, simios gigantes o extraterrestres. «Yo nunca he visto ovnis, pero creo completamente en la posibilidad de que existan».
No me resisto a preguntarle qué opina de la campaña Wax Paul Now, que reclama que se instale una figura suya de cera en los museos Madame Tussauds de todo el mundo. «Me hizo mucha ilusión. No creo que ocurra nunca, pero sería genial», dice. Y creo que lo dice en serio.
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«¿Quién va a querer ver una película sobre vinos?». Giamatti aceptó el papel en Entre copas sin convicción. «Fue un éxito inesperado». Le valió su primera nominación al Oscar y le cambió la vida. Lo que no logró es que se aficionase al vino. Sigue sin beberlo.
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Giamatti 'debutó' en el cine en La boda de mi mejor amigo, en 1997. Un par de frases y un cigarrillo compartido con Julia Roberts. «No sabía ni de qué iba la película; te dan el texto y te dicen lo que tienes que hacer. Durante mucho tiempo, ese fue el tipo de trabajo que tuve».
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Luego fue actor secundario en grandes producciones como El show de Truman o Salvar al soldado Ryan y, aunque irreconocible, en El planeta de los simios. Es muy fan de la novela y le encantó el papel. Le ofrecieron ser humano, pero prefirió simio, «¡sin duda!».
«Me encanta hacer cosas físicas, como en Gordo mentiroso. Siempre me he sentido cómodo haciéndolas en público. Supongo que es algo propio de los actores: no te avergüenza o no te importa o directamente te gusta. ¡Es mucho más duro hacer escenas de amor!».
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Protagonizar la serie Billions ha catapultado a Giamatti a la fama. Su personaje, un poderoso abogado con vocación de justiciero y un fondo tortuoso, le supuso un gran desafío, dice. «Nunca había interpretado un personaje así».
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