Con motivo de los increíbles avances de la inteligencia artificial, le preguntamos a uno de los economistas más influyentes cómo van a cambiar la economía y la sociedad. Y no es optimista. Lo de menos va a ser que perderemos el trabajo...
No pretendo meter miedo, solo quiero despertar a la gente, que no se comporten como zombis», advierte Nouriel Roubini (Estambul, 1959). Este profesor de Economía de la Universidad de Nueva York que predijo la crisis financiera de 2008 es uno de los analistas económicos más influyentes. Su columna en Project Syndicate se lee en más de cien países. Hablamos con él en la Fundación Rafael del Pino, en Madrid, cuando acaba de publicar Megamenazas (Deusto), un cóctel de diez riesgos que se ciernen sobre el planeta. Entre ellos, la peor crisis de deuda de la historia, las tensiones geopolíticas, las pandemias, el populismo… Sostiene que el impacto combinado de estas amenazas puede acabar con la humanidad. Por algo lo apodan Doctor Catástrofe…
XLSemanal. La inteligencia artificial está en boca de todos. Unos la ven con fascinación; otros, con temor… ¿Y usted
Nouriel Roubini. Nos va a ... sustituir a todos. A usted, a mí, a sus lectores…
XL. ¡Espero que no!
N.R. Cualquier cosa que usted haga una máquina la hará mejor. Durante los años ochenta y noventa, los avances eran muy lentos y parecía que las máquinas nunca superarían ciertas destrezas humanas. Pero la brecha entre el pensamiento sintético y el biológico se está reduciendo. Nadie está a salvo.
XL. Habla de diez amenazas para la humanidad y una de ellas es, precisamente, la inteligencia artificial. Pero también dice que puede ser nuestra tabla de salvación. ¿En qué quedamos?
N.R. Es una amenaza y una oportunidad. Por supuesto, la inteligencia artificial puede incrementar la productividad de la economía.
XL. Eso suena bien…
N.R. Ya, pero al mismo tiempo aumenta el desempleo. No solo acaba con los empleos rutinarios que ya hacen los robots, sino también con los administrativos. Y, pronto, con los creativos: artistas, músicos, escritores… Incluso los economistas: analizarán muchos más datos y afinarán mejor sus predicciones. Todos vamos a ser obsoletos. Cirujanos o abogados la usarán durante un tiempo como herramienta, hasta que la máquina opere sola o defienda un caso con más elocuencia. Los robots ya hacen capuchinos cuatro veces más rápido que cualquier camarero y le dan la vuelta a las hamburguesas.
XL. Siempre quedarán los empleos que exigen contacto: cuidadores, psicólogos...
N.R. En Japón ya están acostumbrados a interactuar con máquinas que han desarrollado cierta inteligencia emocional; leen pistas no verbales, saben por un gesto o por el tono de la voz si estás triste. Y te hablan según tu estado de ánimo.
XL. Pero gracias al progreso tecnológico surgen trabajos en los que nadie había pensado todavía.
N.R. Sí, pero sustituir la fuerza intelectual es distinto a reemplazar la fuerza muscular. Los buenos puestos de trabajo que surgieron con el declive de la industria –el sector servicios, las telecomunicaciones o la electrónica– requerían inteligencia, no fuerza. Pero ahora hemos perdido el monopolio del conocimiento. Si la inteligencia artificial lo hace mejor, ¿quién va a dar trabajo a personas?
XL. ¿Qué tal otras personas?
N.R. Como ser humano estoy a favor. Pero como economista debo preguntarme cuál es el uso más eficiente de los recursos. ¿Podemos garantizar el crecimiento económico sin despedir a los que sobran? Son prioridades que entran en conflicto. Y ponen sobre la mesa una cuestión filosófica…
XL. ¿Cuál?
N.R. La de si el ser humano tal y como lo conocemos va camino de la obsolescencia.
XL. ¿El ideario transhumanista?
N.R. En efecto. Hablan de la fusión entre hombre y máquina. Antes del Homo sapiens hubo otras especies de humanos: denisovanos, neandertales… Ninguna sobrevivió. No sabemos si la transición hacia una nueva especie humana, quizá biónica, tardará cincuenta o cien años, pero sí sabemos que será dolorosa.
XL. ¿La educación no evitará quedarse obsoleto?
N.R. Por desgracia, el rendimiento de la educación era mayor cuando una modesta mejora te daba la oportunidad de obtener un trabajo mejor. Pero, si la inteligencia artificial acapara los trabajos cualificados, el beneficio de la educación se reduce.
XL. Pero siguen faltando, por ejemplo, programadores…
N.R. La inteligencia artificial acabará programando. Además, el sector tecnológico nunca ha necesitado mucha mano de obra. Cuando WhatsApp fue adquirida por Facebook, solo tenía cuatro empleados. Y por cada trabajo creado por Amazon se han perdido diez en el comercio tradicional.
XL. Y Silicon Valley, además, ahora está despidiendo…
N.R. Las grandes tecnológicas nunca han necesitado grandes plantillas como los gigantes industriales. Facebook, a finales de 2021, valía un billón de dólares en Bolsa, pero empleaba a 60.000 trabajadores. En cambio, Ford, con una capitalización de 77.000 millones, empleaba a más del triple.
XL. Hay quien propone un impuesto a los robots.
N.R. Suena atractivo, pero equivale a gravar a los propietarios de las máquinas. Pongamos que se hace; la siguiente cuestión es cómo se redistribuye la riqueza. ¿Con una renta básica universal? ¿O damos a cada individuo una parte de la propiedad de todas las empresas y así, aunque se reduzcan sus ingresos laborales, siempre recibirá un rendimiento del capital?
XL. Usted dirá…
N.R. Cualquiera de estas opciones dará lugar a batallas políticas campales. En los peores escenarios, las personas superfluas se pasan el día jugando a videojuegos o drogándose. Otra posibilidad es que los jóvenes dejen de tener hijos porque no pueden permitírselo. En fin, si el Homo sapiens desaparece, quizá esa simbiosis hombre-máquina sea más sabia y compasiva. Quizá el planeta tenga una oportunidad… O quizá se libre de nosotros.
XL. Francamente, no me interesa un planeta sin humanos.
N.R. Seguramente, los neandertales tampoco querían extinguirse, pero se encontraron con un rival superior.
XL. Esperemos que sea un futuro tan lejano que tengamos tiempo para evitarlo…
N.R. Mi libro trata de los próximos veinte años. No hablo de impactos de asteroides, llamaradas solares o invasiones extraterrestres. Hablo de cosas que están pasando ya. Una montaña de deuda en los mercados, pandemias, cambio climático…
XL. ¿La fusión nuclear resolvería de un plumazo la papeleta energética y climática?
N.R. Puede ser. Pero no va a llegar antes de veinte años. Habrá que sobrevivir hasta entonces.
XL. ¿Y qué hacemos? ¿Acopiar víveres, invertir en oro?
N.R. Eso son soluciones individuales, pero los problemas son colectivos. Puedes estudiar, trabajar, ahorrar..., pero, si la sociedad colapsa, ¿de qué te sirve? Europa puede reducir su huella de carbono, pero China y otros países no lo van a hacer porque consideran que el cambio climático se debe a doscientos años de industrialización de los que se aprovechó Occidente. Y que ahora les toca a ellos crecer.
XL. Afirma que la madre de todas las deudas ha atrapado a gobiernos, empresas y familias. Algunos vaticinan que habrá que hacer tabla rasa y empezar de cero.
N.R. En la Biblia se menciona el jubileo. Cada cincuenta años, todas las hipotecas se perdonaban; las tierras arrendadas se devolvían, los esclavos se liberaban… Pero eso trae problemas. Cuando la deuda se vuelve insostenible, la puedes reestructurar, congelar pagos o declararte en bancarrota. Los gobiernos pueden quitarse deuda con la inflación. En fin, hay alternativas. Pero todas, en el fondo, consisten en transferir riqueza de los que han ahorrado a los que han gastado.
XL. Se castiga a los ahorradores…
N.R. Eso es. Tienes que joder a alguien para salvar a otro. Y esto genera conflictos. El impago no puede salir gratis porque entonces se pierde la confianza en el sistema. Pero tampoco puede representar un riesgo inaceptable porque entonces nadie se atreverá a pedir un crédito y la economía no crecerá. Es un equilibrio difícil.
XL. Y más difícil aún en una situación de estancamiento económico e inflación. La temida estanflación, como en los setenta. ¿Por qué cree usted que esta vez es incluso peor?
N.R. Muchos factores harán que persista la inflación, no solo las perturbaciones en la oferta y los suministros. El proteccionismo, los costes de la ciberguerra y de los desastres meteorológicos, la balcanización de la economía... La única fuerza que va en sentido contrario es el progreso tecnológico.
XL. O sea, que volvemos al dilema del principio: ¿la tecnología nos condena o nos salva?
N.R. Por desgracia, la tecnología tiene un lado oscuro. Leonardo da Vinci era un gran artista, pero lo que le daba de comer era diseñar armas para la familia Sforza, que gobernaba Milán. Las innovaciones tecnológicas han llegado de gobiernos empeñados en construir armas más potentes y luchar en guerras más grandes.
XL. No suena tranquilizador.
N.R. La Revolución Industrial nos llevó a la Primera Guerra Mundial. La revolución de la física, a las bombas atómicas. Ahora, la potencia que gane la carrera de la inteligencia artificial será el próximo poder hegemónico. El exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger ya advirtió que Estados Unidos y China no solo compiten comercialmente.
XL. ¿Se refiere a una reedición de la Guerra Fría, pero cambiando a Rusia por China?
N.R. Peor. Puede que la Tercera Guerra Mundial ya haya empezado. La Segunda fue precedida por la Guerra Civil española, que fue una guerra indirecta en la que se enfrentaban las potencias del momento. Y ahora tenemos la de Ucrania, otra guerra indirecta que enfrenta a Estados Unidos y a sus aliados contra Rusia. Pero hay otro frente en el Pacífico, donde Estados Unidos intenta frenar a China. En octubre vetó la exportación de microchips a ese país. Es una declaración hostil y China ha tomado nota.
XL. Pero de ahí a declarar la guerra va un trecho…
N.R. No crea. Tenemos un antecedente. El ataque de Japón a Pearl Harbor vino precedido de un veto de Estados Unidos a exportar carburantes y ferrallas metálicas a ese país, vitales para su industria. Ahora, Estados Unidos está inmerso en una estrategia de contención similar con China. Piense que, con el 5G, todo va a necesitar microprocesadores. Las guerras empiezan así, con escaramuzas y represalias.
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