Alan Edwards ha pasado cinco décadas gestionando las crisis de popularidad –y de nervios– de algunos de los músicos más importantes del mundo: David Bowie, las Spice Girls, los Rolling Stones, Elton John, Blondie... Ahora ha escrito sus memorias y descubrimos que la suya es una profesión de riesgo...
Will Hodgkinson
Viernes, 14 de junio 2024, 10:41
Uno tiene la impresión de que el trabajo de relaciones públicas no es una actividad de alto riesgo. Pero nada de eso. En las primeras páginas de sus memorias, Alan Edwards –relaciones públicas de David Bowie, las Spice Girls y otros muchos– te cuenta como un ángel del infierno, con cicatrices horribles, le arrastró a un juego de la ruleta rusa. Y todo para conseguir que la banda punk The Stranglers tuviera una buena crítica en un periódico. «Fue en Ámsterdam en 1977 –recuerda Edwards, a los 68 años–. Aquel hombre, que se había sometido a cirugía plástica porque alguien le había tirado ácido a la cara, me apuntó a la cabeza con un revólver y me dijo: '¿Te gusta?'. Fue aterrador. Apretó el gatillo, se oyó un clic y me fui murmurando: 'Apuesto a que no estaba cargada'. Pero minutos después el fotógrafo me dijo que acababa de ver al tipo disparar a unas botellas con ese revólver».
Edwards –hijo adoptivo de un abogado y una profesora–, tras dejar la escuela a los 16 años y viajar en plan hippy por Afganistán y ... la India, se instaló en Londres, donde sobrevivía a duras penas escribiendo críticas musicales hasta que conoció a Keith Altham, el hombre que inventó las relaciones públicas del rock en Gran Bretaña. «Lo conocí en un concierto de los Who en 1975 –cuenta–. Yo estaba allí para hacer la crítica del concierto y, cuando le dije que no me había parecido gran cosa, me propuso: '¿Quieres trabajar en relaciones públicas?'».
«Bueno, en realidad no, pensé, porque todos los que conocía vendían grupos horribles, pero me costaba pagar el alquiler, así que acepté». A los tres días, Altham consiguió reunir a los periodistas más importantes de Gran Bretaña para ver a los Who, pero Edwards estuvo a punto de pifiarla. Los críticos de los años setenta esperaban un trato de alfombra roja, pero Edwards los citó en una estación de tren en hora punta. «Supongo que esperaban transporte privado. Para aplacarlos, les prometí entrevistas exclusivas con los Who. Pero, cuando llamé a la puerta de su camerino, alguien, Roger Daltrey creo, gritó: '¡Vete a la mierda!' y cerró la puerta. Cuando volví a abrirla, Keith Moon salió volando por los aires».
Edwards estaba convencido de que ese iba a ser su último día de trabajo, pero siguió adelante. Representó a los Damned, a Generation X y a Blondie. «De hecho, sigo con ellos. Aprendí que para los verdaderos artistas el compromiso es total, y eso no los lleva a una vida fácil y equilibrada porque no están en paz consigo mismos. Con los artistas menores, el ego se interpone en el camino porque piensan que ya son interesantes. Los grandes, en cambio, nunca dejan de aprender. Las verdaderas estrellas viven su carrera intensamente».
Y nadie más que Bowie. Edwards empezó a trabajar con él en 1983 y permanecieron juntos hasta su muerte, el 10 de enero de 2016. «David estaba volcado en su carrera sin descanso –recuerda Edwards–. Podía estar en contacto con él diez veces al día. Si le decía que teníamos diez entrevistas esa semana, me respondía: '¿No podemos hacer veinte?'». A Bowie, además, le gustaba asumir riesgos, como intentar abrirse camino en el mercado chino en 1997.
«David llamó un día para anunciar que quería que su nuevo disco se publicara en China –rememora Edwards–. Así que fui a Chinatown y le pedí a un camarero que me tradujera las letras. Como no había distribución de discos en China, alguien de la discográfica encontró un tendero en Hong Kong. Conseguí que le enviaran algunas cajas, pero creo que nunca salieron de la trastienda. Una vez a la semana, David me llamaba para decirme: '¿Cómo va el disco en China?'. 'Bueno, todavía están trabajando en el marketing...'».
El despido parece ser otro aspecto importante en la vida de un relaciones públicas. Edwards recuerda que Mick Jagger lo despidió con una crueldad exquisita en plena gira en 1982. El mensaje no fue sutil; hizo que otra persona ocupara su asiento en el avión privado de la banda. Edwards no se dio por vencido y, tres días más tarde, viajó en tren al concierto de los Stones en Alemania, donde Jagger lo miró y le dijo: «Muy bien, te devuelvo tu puto trabajo».
La lealtad es algo que un relaciones públicas nunca tiene asegurado. Aunque salves a tu estrella del hoyo. «Cuando a alguien lo han pillado acostándose con quien no debe y toda su carrera está a punto de derrumbarse, eres la persona más importante del mundo para él –dice Edwards–. Para defender a tu cliente, tienes que conseguir la verdad, así que te enteras de los detalles más íntimos y por un momento estáis extremadamente unidos. Sin embargo, dos o tres semanas después, aunque hayas salvado su matrimonio, te puede decir que ya no te necesita. Me he pasado noches en vela preguntándome en qué podía haberle ofendido... ¿Fue por el jersey que llevaba? Luego lo ves en algún sitio y te dice: 'Oh, solo quería un cambio'. No puedes tomártelo como algo personal. Pero lo haces».
Al trabajar con los nombres más importantes de la música, Edwards ha visto cómo han cambiado las cosas. Al principio era como el Salvaje Oeste: compartía oficina con el mánager de los Who, Bill Curbishley, y no era raro ver a hombres entrando con escopetas recortadas en su despacho. Fue Mick Jagger el primero en darse cuenta de que una banda de rock podía salir del mundo de la semicriminalidad y funcionar como una corporación.
«Yo estaba con los Stones en 1982. Hasta entonces nadie había hecho una gira de estadios, que obligaba a vender entre 60.000 y 70.000 entradas cada noche. Mick hizo una gira por todo lo alto; en las ruedas de prensa se sabía los nombres de los futbolistas y de los políticos locales y cuántos discos estaban vendiendo en cada lugar. Los artistas no pensaban así entonces. No estaba bien visto tener una mente marketiniana. Ahora todo el mundo lo hace, pero Mick ya aceptaba patrocinios para las giras de los Rolling Stones en 1981».
Otro cambio importante se produjo con la llegada de las Spice, que demostraron que salir en los periódicos era tan importante como la propia música. «Estas chicas habían crecido con los tabloides. Los leían en la mesa del desayuno y era algo natural para ellas. A las cinco les encantaban los medios de comunicación, al menos al principio, y los entendían. Geri en particular era extraordinaria. La telefoneaba y le decía: 'Me están llamando por los rumores de que te has unido a All Saints' (otro grupo de los noventa). 'Oh, sí, lo dije ayer'».
Esa cultura del famoseo despegó, explica Edwards, cuando la revista ¡Hola! se dio cuenta de que la gente ya no quería saber nada de la realeza de Schleswig-Holstein, sino de estrellas del pop, presentadores de televisión y futbolistas. Incluso Bowie, como prueba de su habilidad para predecir el futuro o de lo bajo que había caído su cotización, vendió los derechos fotográficos de su boda con Iman a ¡Hola! en 1992.
«También los Beckham vendieron los derechos mundiales de su matrimonio. Fue a OK! por un millón de libras». Eran las nueve de la noche cuando el propietario de la revista le envió un Bentley con chófer para llevarlo a su oficina. «Me ofreció un millón de libras con la condición de que firmara el contrato allí mismo. Los Beckham estaban en un avión rumbo a Estados Unidos, así que me arriesgué y firmé. A la mañana siguiente, cuando les estaba contando la historia, Victoria me dijo: 'Por favor, dime que has firmado el puto contrato'. El viejo orden había sido derrocado, había algo punk en ello: las Spice Girls, de clase trabajadora, sabían cómo jugar con los medios. Había un tufillo republicano en el aire, y David y Victoria eran la nueva realeza».
Pero la burbuja empezó a hincharse tanto que no podía durar. «Cuando se pagó un cuarto de millón de libras por una entrevista a alguien de Gran Hermano (a Helen Adams, una peluquera de Gales, en 2001), sabías que todo iba a venirse abajo». Edwards cree que hoy la industria musical está en un periodo corporativo donde superestrellas como Taylor Swift y Beyoncé tienen su imagen muy controlada y usan las redes sociales para 'manejar la narrativa'. Pero los ciclos, por su propia naturaleza, cambian. «Ya pasamos por algo similar antes, pero entonces llegó el punk y, de repente, la música vuelve a estar en manos de la gente», afirma.
El relaciones públicas paga el éxito de sus estrellas con su vida personal. En el punto álgido de la locura de los Stones a principios de los ochenta, cuando Mick Jagger y Keith Richards estaban enzarzados en una batalla por el poder, Edwards sufrió una crisis nerviosa. En un momento del libro se pregunta: ¿debería asistir a la fiesta de cumpleaños de mi hija o lidiar con el último capricho de Mick Jagger? Hay que preguntarse si merece la pena.
«Por aquel entonces no podías hacer una llamada de Zoom con los niños antes de que se fueran a la cama, así que si estabas en Denver era como si estuvieras en la luna –dice–. Mi relación se vino abajo y me di cuenta, todavía me doy cuenta, de que me sentía muy muy solo. Es martes en Milwaukee, llueve, estás en un motel y entiendes por qué la gente se droga en las giras, porque puede ser muy aburrido. Pero yo nunca fui de jugar al billar con los chicos hasta las tres de la mañana. Prefería irme a mi habitación y leer un libro».
© The Sunday Times Magazine
Sobre la firma
Will Hodgkinson
Más de
La cocina fácil de Martín Berasategui
Martín Berasategui | Garikoitz DIaz Mugica
150 aniversario
Carlos Manuel Sánchez
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia