Jean François Lagrot
Viernes, 6 de septiembre 2024, 09:27
El biólogo ruso Maksim Chakilev, al borde del acantilado que domina el mar de Chukchi, escruta con sus prismáticos la inmensidad azul que se estira hasta el estrecho de Bering, un mar antaño helado durante una buena parte del año y sobre el que hoy no flota el más mínimo trozo de hielo.
Hace ya cerca de dos semanas que Maksim y yo aguardamos la llegada de miles de morsas que descienden, cada año, desde el hielo del ... Ártico. Llegan hasta aquí, la bahía rusa del cabo de Serdtse-Kamen, extenuadas. El calentamiento del planeta ha deshecho las plataformas de hielo que les servían de descanso durante su viaje. Una vez en la playa, sin trozos de hielo en los que repartirse, se hacinan en la arena, lo que tiene terribles consecuencias. Las estampidas de pánico que provocan los depredadores, sean los hombres o los osos, causan la muerte de muchas de ellas, sobre todo de las jóvenes y las hembras preñadas, que mueren aplastadas. Al no poder plegar sus grandes colmillos, otras muchas fallecen con el cuello partido. Hasta más de 10.000 morsas pueden morir de esta forma, como ocurrió en 2007.
La falta de hielo hace que cientos de miles morsas se concentren en un solo lugar, en vez de distribuirse en diferentes islas. Maksim ha contado hasta 90.000 morsas sobre esta playa y 118.000 en toda la bahía en el momento más alto de la migración. No se han datado desde entonces aglomeraciones más numerosas entre las no pocas que también se han dado en los últimos años en playas de Alaska y otros punto del planeta.
Estas grandes concentraciones conllevan también una mayor necesidad de comida, lo que pone en peligro la población de bivalvos y de invertebrados marinos que constituyen su alimento. Antiguamente, las morsas, repartidas en un área más extensa, no ejercían una presión tan alta sobre las poblaciones de bivalvos de la bahía.
La desaparición de las placas de hielo marinas, además, ha permitido que el ser humano desarrolle en la región actividades que antes le eran imposibles. El tráfico marítimo y aéreo causa estrés y estampidas de pánico en estos animales. El resultado: la población de morsas, que se situaba entre los 300.000 y 400.000 individuos en los años ochenta, había descendido hasta los 129.000 en 2006, cuando rusos y norteamericanos llevaron a cabo el último recuento oficial.
Hace unos años, Maksim y yo vimos como más de 13.000 ejemplares inundaban la bahía en un solo día, marcando el retorno masivo de las morsas al cabo de Serdtse-Kamen en septiembre. El más mínimo hueco en la orilla fue ocupado inmediatamente. Algunas consiguieron incluso trepar hasta el pie de los acantilados.
En el mar, grandes grupos de animales flotaban en la superficie como colonias de bacterias. Intentaban así protegerse de los ataques de las orcas que rondan atraídas por tal cantidad de presas. Sus grandes alerones negros acechaban estos agrupamientos compactos. El 'espectáculo' dura, de media, un par de meses. A mediados de noviembre, la playa recobra su tranquilidad. Pero los cuadernos de Maksim ya entonces dejaban claro que el mundo estaba y sigue cambiando. Y deprisa. Ya en 2015, las morsas no se iban de allí hasta mediados de diciembre.
La visión de morsas trepando el acantilado en busca de espacio en las aglomeraciones descrita por Jean François Lagrot alcanzó tiempo después un punto crítico, polémicamente registrado por el equipo del documental Our Planet, producido por Netflix.
Grabado en otoño del 2017, el material deja ver a un grupo de morsas escalando la ladera rocosa de un acantilado cerca de una playa rusa. Una vez en la cima, y tras descansar, las morsas se lanzan o caen al vacío desde unos 80 metros de altura con consecuencias trágicas.
En el vídeo se nos informa de que hay 200 o 300 morsas muertas en un tramo de playa de casi un kilómetro. «Es lo peor que he filmado», señaló Jamie McPherson, un camarógrafo del equipo Planet Earth de la BBC, encargado de filmar la serie que buscaba alertar al mundo sobre el impacto que diferentes especies sufren por el calentamiento global, la reducción del hielo y el aumento del volumen del mar.
«Antes las morsas dormían en el hielo, buceaban, comían y volvían a dormir en el hielo, fácilmente —narran sus autores—. Ahora nadan cien kilómetros, vienen aquí, escalan acantilados y, agotadas, caen».
Esas desgarradoras imágenes han dado a su vez lugar a que algunas personas las viralizaran afirmando que, a causa del calentamiento global, las morsas se estaban suicidando al no encontrar ya hielo ni alimento para su subsistencia.
Desde el mundo científico marino salieron rápidamente a refutar esa teoría: las morsas no se suicidan. No se trata, en ningún caso, de caídas intencionales como las entenderíamos desde una perspectiva humana. Caídas como las registradas en el documental de Netflix responden a la desesperación de las morsas por volver al mar y su falta de adaptación al terreno rocoso. Mayormente, caen de manera accidental, por el agotamiento con el que ya llegan a un playa en la que hasta hace unos años encontraban banquisa y casquetes de hielo en los que descansar en su migración; ahora, al no encontrar ni un metro de hielo y tener que amontonarse en las playas, algunas buscan espacio más allá de la costa y empiezan a trepar el acantilado, un sobreesfuerzo que las lleva a caer muchas veces extenuadas.
El mismo documental señalaba que las morsas, tras descansar y ver desde lo alto a sus compañeras moviéndose en la orilla, se lanzan por el acantilado sin ser conscientes de morir en la caída, acostumbradas a un aterrizaje suave sobre el hielo de la banquisa.
«Así que es trágico. Es absolutamente desgarrador», dijo The New York Times, Sophie Lanfear, productora y directora del episodio. La percepción de profundidad de las morsas no ha evolucionado para hacer frente a una situación de acantilado; tampoco para descubrir cómo regresar por donde vinieron una vez que han trepado.
La serie ha sido, a su vez, criticada por su manipulación de las secuencias. La zoóloga Susan Crockford y Patrick Moore, de Greenpeace, llegaron a tildar el documental de «pornografía de tragedia ecológica», además de considerar la famosa escena de la morsa cayendo como «engañosa» y «fuera de contexto». Crockford no dudó en señalar que las morsas bien pudieron haberse sentido asustadas por los drones u otros equipos de filmación.
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→ Machos y hembras tienen colmillos; ellos, más largos (de hasta un metro). Los usan para sacar su enorme cuerpo del agua. Clavan los colmillos en el hielo y tiran de ellos para trepar. Los machos también los usan para defender su territorio y proteger a 'sus' hembras en época de apareamiento.
→ Sus cuerpos están cubiertas de grasa para soportar el frío ártico. Incluso ralentizan su ritmo cardiaco para ello. Pueden llegar a pesar 1500 kilos. Comen todo tipo de moluscos y crustáceos... en enormes cantidades. En una sesión pueden devorar cinco mil almejas. Si escasea el alimento, también comen focas.
→ Las hembras se reproducen cuando cuentan con unos 10 años (los machos, 15). La gestación dura de 15 a 16 meses. Tienen una sola cría, salvo excepciones en que paren dos. Al nacer, pesan de 45 a 75 kilos y ya son capaces de nadar. Las morsas tienen una esperanza de vida de unos 40 años.
La polémica es lícita ya que los productores del documental —según ellos mismos reconocieron— unieron imágenes de eventos separados como si perteneciesen a una misma escena. La productora Sophie Lanfear reconoció que «la secuencia incluye imágenes de dos playas separadas». Así y todo, consideraron, según han dicho, que las secuencias empalmadas eran «la historia más poderosa que habían encontrado a lo largo de los cuatro años de filmación».
Con todo y pese a todo, comunicó World Wildlife Fund, este tipo de escenas mortales de morsas son lamentablemente cada vez más comunes.
El fenómeno ilustra, en cualquier caso, las consecuencias dramáticas y concretas del calentamiento global en la vida silvestre ártica, poniendo de manifiesto la urgencia de abordar el cambio climático y sus efectos en los ecosistemas más vulnerables del planeta.
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Jean François Lagrot
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