Dora Kallmus quería ser fotógrafa desde niña. Criada en una familia aficionada al arte, alcanzar su sueño requirió, sin embargo, de todo su empeño en tiempos en que ver a una mujer detrás de una cámara era una auténtica herejía social. Le tocó, por tanto, derribar barreras.
Es lo que hizo hasta conseguir abrir, con 26 años, el Atelier D'ora en la Viena de 1907. Pocos meses después el pintor Gustav Klimt cruzó sus puertas, Dora –ya Madame d'Ora– le hizo un retrato, y su estudio se convirtió en gran referencia en la capital imperial. Grandes de la moda, artistas, aristócratas, burgueses, políticos y el propio emperador –en 1916 fotografió la coronación de Carlos I, último emperador de Austria, y retrató a toda la familia imperial– contrataron sus servicios durante dos décadas.
A partir de 1920, cuando las fotografías de moda comenzaron a reemplazar a las ilustraciones en las revistas, su aura y su fama la convirtieron en un mito que dejó especial impronta en sus retratos a mujeres, quienes parecían desinhibirse ante su lente. quizá seducidas por pensamientos como este, revelado en 1930 a una publicación alemana: «Puedes ponerte cualquier cosa porque eres hermosa, pero cualquier cosa que te pongas desmerecerá ante tu belleza». su leyenda, en todo caso, se agigantó a partir de 1927, tras trasladar su estudio a París y retratar allí a las grandes divas de la época. Hasta que llegó la guerra. Perseguida por judía, aquello cambió por completo su visión del mundo... y de la fotografía.
Precedida de su fama, en París D'Ora trabajó para los grandes de la moda –Chanel, Balmain, Balenciaga...– y realizó retratos míticos como este de la bailarina afroamericana Joséphine Baker.
La gran diseñadora austriaca Emilie Louise Flöge fue, en 1909, una de las primeras divas en posar ante la lente de Madame d'Ora. Lo hizo meses después de que Gustav Klimt, su pareja, se convirtiera en el primer artista retratado por la fotógrafa. El último fue Picasso en 1954.
D'Ora desembarcó en el París de los años veinte y treinta, hervidero de vanguardias y bohemios. También de mujeres carismáticas como la pintora polaca Tamara de Lempicka, la primera artista en alcanzar estatus de estrella, a la que retrató en repetidas ocasiones.
Hija de un judío, abogado del Estado, las conexiones de su padre le abrieron todas las puertas de Viena. Aunque su trabajo pronto habló por sí mismo. Los retratos con ropa masculina de la célebre actriz Ida Roland (foto), vienesa y judía como ella, causaron tanto impacto como sus desnudos.
Atraída por las mujeres más osadas de su tiempo, en el catálogo de Madame d´Ora no podía faltar Colette. Novelista candidata al Nobel, artista de music hall, crítica de moda y una de las primeras féminas en vestirse como los hombres, la fotógrafa vienesa la retrató en 1953, un año antes de su muerte.
Barbette, trapecista travesti que maravilló al París de los años veinte y treinta -apareció en un filme de Jean Cocteau, Mar Ray lo retrató...-, conectó a la primera con Madame d´Ora. La fotógrafa vienesa realizó con él uno de sus grandes y más completos reportajes fotográficos.
Fritzi Massary, judía y gran soprano vienesa de principios del siglo XX, fue otra de las grandes habituales del Atelier d'Ora. Tanto ella como Ida Roland y la propia Madame d'Ora sufrieron el exilio con la llegada de los nazis al poder. D'Ora pasó la guerra escondida en varios lugares del sur de Francia y perdió a casi toda su familia en el Holocausto. A partir de 1945, su estilo y sus temas cambiaron radicalmente, fotografiando supervivientes de campos de concentración y ejerciendo como fotorreportera en los años cincuenta. Tras recuperar su casa familiar, regresó a Austria, donde murió en 1963.