Una de las proclamas más sórdidas y dañinas proferidas en la política española es la que pretende que los españoles seamos «libres e iguales». Si observamos en nuestro derredor, observaremos que hay cosas muy iguales (incluso asombrosamente idénticas) y muy libres (incluso radicalmente independientes), como por ejemplo las monedas de un céntimo, que nunca podrán formar parte de una realidad común. En cambio, hay cosas tan diversas como un hígado y un ojo que pueden formar armónicamente parte del mismo organismo. Las monedas de un céntimo, para poder unirse, tendrían que ser fundidas o cambiadas por una moneda de valor superior (es decir, tendrían que dejar de ser lo que son); mientras que, si permanecen 'libres e iguales', lo más común es que acaben desperdigadas o añadidas a modo de añadido ínfimo a otras monedas más valiosas, o incluso arrojadas despectivamente a la basura por insignificantes.
Exactamente lo contrario ocurre con nuestro hígado y con nuestro ojo. Si mañana nos los arrancasen de cuajo nos matarían, o al menos sobreviviríamos muy ... gravemente mutilados; y, desde luego, el hígado y ojo arrancados se pudrirían irremisiblemente, porque les faltaría la sangre que les da sustento, y sólo podrían ser reciclados por algún traficante de tejidos que se apropiase de sus células, para emplearlas en experimentos de laboratorio. Nuestro hígado y nuestro ojo son órganos muy diferentes, pero están vinculados a un mismo organismo. Y lo que les da vida y mantiene unidos es la sangre que los irriga, que es la misma; aunque, mientras los irriga, no aspire a fundirlos en una víscera común ni a cambiarlos por otra víscera distinta, más crasa o coqueta. La sangre de nuestro cuerpo se limita a insuflarles vida; y luego el ojo y el hígado se esmeran por cumplir su cometido en una misión común, cada uno en la medida de sus posibilidades, que, no siendo muchas 'por libre', se agigantan cuando actúan solidariamente.
Una visión política sana no quiere personas ni pueblos 'libres e iguales'; pues sería tanto como negar la labor creadora de Dios, que nos hizo a todos distintos, con almas intransferibles que no se pueden fundir ni cambiar. Una visión política sana quiere personas y pueblos 'vinculados y diferentes', cada uno contribuyendo generosamente a la misión común desde su especificidad, como lo hacen el ojo y el hígado, pero vinculados –encadenados– por una misma sangre, por un anhelo, un ideal y una fe comunes. En la pretensión de que los españoles sean 'libres e iguales' hay un trasfondo sacrílego y a la vez desquiciado, como de personas que odian tanto la labor creadora de Dios que pretenden negarla desde dos flancos contradictorios: por un lado, negando la dependencia natural de los seres humanos (o sea, fomentando el individualismo); por otro, negando sus diferencias naturales (o sea, fomentando el colectivismo). Para querer una 'nación de hombres libres e iguales' hay que amar mucho las entelequias y odiar mucho a los hombres concretos con ojos e hígado (o, al menos, odiar sus almas nunca repetidas ni solitarias).
Por lo demás, si uno se adentra en la farfolla ideológica de quienes nos quieren 'libres e iguales' descubrirá que, en su meollo constitutivo, en sus premisas fundantes, es la misma que la de quienes nos quieren separados. Y es que, unos y otros, quieren convertir a los pueblos de España en monedas de un céntimo: los unos para poder juntarlas en un horrendo zurriburri de piezas cosidas como los cachos de carne del doctor Frankenstein; los otros para desperdigarlas y dejar que acaben siendo una propinilla ínfima, o incluso una chatarra que se arroja al basurero de la Historia. Pero unos y otros quieren en realidad 'construir', cada uno a su manera, pueblos 'libres e iguales'; es decir, pueblos modelados en serie (con la cabeza atiborrada por las mismas bazofias ideológicas y los mismos paradigmas culturales) que vivan sin amarse y mueran sin llorarse. La tragedia de España no es que haya pueblos diferentes, sino que sean pueblos desvinculados; la tragedia de España es que ha dejado de ser un organismo de órganos irrigados por una sangre compartida, vinculados por un anhelo, por un ideal, por una fe común. Y, mientras ese vínculo vivificante no sea restablecido, lo mismo dará que el ojo y el hígado se mantengan unidos al mismo organismo fiambre (que, inevitablemente, se irá pudriendo) o que se separen de él, pues su destino no será sino hacer la pitanza de los traficantes de tejidos, que les da igual la función (ya extinta) del órgano mutilado, pues lo único que quieren son células repetidas que se dejen amaestrar gregariamente.
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