Me pareció muy luminoso un reportaje de Manuel Ansede, publicado hace algunas semanas en el diario El País, donde se denunciaba el «lado más oscuro de la ciencia» y se desnudaba la lóbrega realidad de la ‘producción’ académica. Ansede llegaba a identificar a un profesor español que había publicado durante el pasado año la friolera de 176 estudios científicos (los celebérrimos papers); es decir, un estudio cada dos días (con domingos incluidos, pues estos caraduras, más laboriosos que el mismísimo Dios, no descansan al séptimo día). Y, a su zaga, había varios estajanovistas del timo que evacuaban más de un centenar de estudios anuales.
Ansede afirmaba en su reportaje que un investigador concienzudo publica «una decena de artículos al año como mucho». Diez se nos antoja una cifra desorbitada, ... pues una investigación concienzuda exige mucho tiempo; pero el mefítico sistema de promoción universitaria se ha hecho depender insensatamente del número de publicaciones, azuzando el refrito, la proliferación de banalidades charlatanescas, el batiburrillo fragmentario, la exposición por entregas de una misma investigación estirada como el chicle, etcétera. Un investigador que desea hacer carrera académica es obligado a publicar en las ‘revistas científicas’ del ramo un fárrago abrumador de trabajos casi siempre prescindibles, casi siempre inanes, casi siempre de recuelo. Esta evaluación ‘al peso’ del trabajo científico acaba, inevitablemente, incubando timos tan variopintos y pasmosos como los de esos profesoruchos que completan un paper cada dos días. Pero, sobre todo, nos depara un paisaje desolador: la universidad concebida como timoteca a granel o –como la describe uno de los profesores denunciantes entrevistados en el reportaje–«macrogranja de gallinas ponedoras de estudios». Falsos estudios, convendría precisar; pues nadie puede completar un estudio sustancioso y dilucidador en dos días, ni tampoco en quince, ni siquiera en cien. Aquella pesadillesca Biblioteca de Babel concebida por Borges, al lado de este ingente fárrago fraudulento, se nos antoja una sucursal del Paraíso.
Una timoteca de tan vastas proporciones, para mantener su ritmo de producción, necesita recurrir a las triquiñuelas más abracadabrantes. El reportaje citado nos revela que muchos de estos investigadores grafómanos firman –a cambio de apoquinar cantidades nada exiguas– trabajos rocambolescos en los que ni siquiera han participado, con ‘coautores’ a los que ni siquiera conocen, oriundos de India o Arabia Saudita (donde, al parecer, se halla el principal centro productor de la ‘macrogranja’). También se nos revela la existencia de mafias de citas, redes internacionales de investigadores de pacotilla que se citan entre sí, para que sus grimosos estudios asciendan artificialmente en los rankings. Y se nos revela, en fin, que existen conglomerados editoriales que agrupan cientos de ‘revistas científicas’, donde cada año se publican miles de bodrios aliñados que sirven a los profesoruchos inescrupulosos para ascender en el escalafón académico. Todo ello sucede en España con el beneplácito de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), organismo supuestamente encargado de velar por la salud de la universidad española que ha permitido su conversión en un hediondo establo de Augías. Así, engordando currículos académicos con bazofias de este jaez, se están repartiendo cátedras en España; y, como en España, en los países de ‘nuestro entorno’, todos ellos bajo el yugo del infausto Plan de Bolonia. Y son estas bazofias las que están recibiendo fastuosas subvenciones (también públicas) con tal de que aborden los paradigmas que interesan al reinado plutocrático mundial. ¿Nadie se ha parado a pensar por qué los ‘científicos’ se han convertido en una casta de jenízaros dedicados a repetir como papagayos todos los paradigmas –desde el ‘cambio climático’ hasta las ‘teorías de género’, pasando por la ‘vacunolatría’ furibunda– que interesan a la agenda plutocrática?
Por supuesto, el ascenso de los timadores se logra a costa de relegar a los escasos científicos que no se avienen al fraude. Pero esta inmensa y vertiginosa timoteca no sería ni siquiera concebible si antes no se hubiese extendido entre las masas cretinizadas la idolatría cientifista, una nueva forma de superstición que se arrodilla, fervorosa y trémula, ante cualquier mamarrachada proferida por estos farsantes, que la propaganda sistémica presenta como ‘expertos’. Bastará que esa idolatría o superstición borreguil decayese para que toda esta timoteca se derrumbara estrepitosamente.
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