Viernes, 21 de Junio 2024, 12:00h
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Detrás de la iconoclasia hay siempre odio a la Belleza: un odio a veces incendiado de codicia, a veces disfrazado de coartadas ideológicas, incluso filantrópicas, estéticas o religiosas; pero odio siempre, a fin de cuentas. La iconoclasia es, tristemente, un rasgo constitutivo de la historia humana: allá donde los hombres han estado, han dejado testimonio de su paso por la tierra creando arte, pero también destruyéndolo. Y quizá no haya expresión más nítida del carácter contradictorio de nuestra naturaleza que esta doble pulsión creadora y destructiva, que es apetencia de luz y de tinieblas, amor y odio a la Belleza amalgamados de manera misteriosamente indisoluble. Alguien podría elaborar una historia del arte que atendiese a la periódica ansia iconoclasta que acomete a las comunidades humanas, no sólo a las más atrasadas o bárbaras, sino también a las más desarrolladas y pacíficas. Pocas naciones han probado este odio con mayor virulencia que España, como puede descubrir fácilmente quien recorra sus tierras, en pos de sus tesoros artísticos, muchos de ellos rapiñados o destruidos. Invasiones extranjeras, desamortizaciones de infausta memoria y una guerra civil que cobijó bajo sus alas el más exagerado de los odios religiosos han sido algunas de las causas de este expolio sin parangón; pero tampoco han faltado la avaricia de coleccionistas sin escrúpulos, la connivencia de las autoridades civiles y la desorientación eclesiástica que, al socaire de reformas litúrgicas, favoreció los destrozos más lamentables.
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