Animales de compañía

Misterios de pacotilla

Viernes, 8 de marzo 2024, 10:18

El endiosamiento humano ha engendrado, inevitablemente, cierta sensación de que Dios ya no es necesario. El hombre ha creado ideologías y tecnologías que lo hacen omnímodo y caprichosamente tiránico, permitiéndole satisfacer sus pulsiones de forma inmediata; ha llegado, incluso, a descifrar el álgebra genética que, supuestamente, le permitirá (risum teneatis) prolongar su vida hasta hacerla inmortal. Diríase que el hombre contemporáneo se hubiese esforzado por abolir de su vida a ese Ser Omnipotente que rige la Historia, para convertirse en monarca absoluto de su propia vida. Pero, simultáneamente, estamos asistiendo a un poderoso resurgimiento del espiritualismo en versiones variopintas y turulatas. Paradójicamente, este hombre endiosado que creía haber encontrado una solución científica a los enigmas más sobrecogedores ha empezado a inventarse otros enigmas más pueriles que lo mantienen en un estado de penosa orfandad. Así, la fe de nuestros mayores ha sido suplantada por un conglomerado de supersticiones emotivistas que se mueven entre el esperpento y la trivialidad.

La blasfemia, en arte, requiere algo más que un mero afán provocador. No blasfema quien quiere, sino quien puede

Esta suplantación perfectamente mentecata ha dejado su huella en el cine y en las series. Cada vez resulta más infrecuente tropezarse con películas o series ... de asunto estrictamente religioso, pues se supone que este tipo de zozobras e inquietudes han dejado de agitar las conciencias contemporáneas; en cambio, el aluvión de películas y series dedicadas a las mamarrachas gnósticas y esotéricas, a los fenómenos paranormales, a las abducciones extraterrestres y demás paparruchas seudorreligiosas propende al infinito. Muchas de estas series y películas introducen una imaginería religiosa devaluada, una especie de mistificación kitsch (donde cabe desde la empanada mental budista hasta el potaje seudocatólico) que, sin embargo, no alcanza el rango de blasfema. La blasfemia, en arte, requiere algo más que un mero afán provocador, algo más que una mera tendencia a trivializar los misterios sobre los que se asientan los dogmas religiosos. No blasfema quien quiere, sino quien puede.

Contenido exclusivo para suscriptores
La Voz
Suscríbete
para seguir leyendo
Lee sin límites toda la información, recibe newsletters exclusivas, accede a descuentos en las mejores marcas y muchas más ventajas

Sobre la firma

Escritor y premio Planeta en 1997

Publicidad

Noticia Patrocinada

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

elcorreo Misterios de pacotilla