Viernes, 01 de Marzo 2024, 11:26h
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Yo también he sido, como Vladimir Nabokov, coleccionista de mariposas, antes de que los pesticidas y la expansión urbana las arrinconasen y diezmasen, allá en la infancia irrecuperable. Y, entre todas las mariposas de mi colección, ninguna tan anhelada ni tan costosa como la llamada Papilio machaon, la macaón que incendiaba con su vuelo litúrgico el aire, cada vez que cruzaba majestuosa mi campo de visión. Durante años, el macaón o la macaón (nunca tuve claro su género gramatical, aunque para mí siempre fue 'la macaón') se resistió a sumarse a mi colección de mariposas, que cada verano incorporaba veinte o treinta especímenes, coincidiendo con mis vacaciones en Verín, en la provincia de Orense, cuyos pueblos limítrofes hervían de mariposas y manantiales de aguas medicinales durante los meses estivales.
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