Desde niño he profesado una admiración reverencial a los crucigramistas, a quienes imaginaba como reyes Midas de las palabras que convertían en oro las combinaciones ... de letras más rutinarias. En los crucigramas, exactos y arduos como sonetos, se agazapa una matemática recóndita, un tapiz de letras perfectamente entretejido donde se agolpan todas las posibilidades combinatorias del alfabeto. El crucigramista tiene algo de poeta derrochón que no puede mandar a la musa de vacaciones, sino que ha de exprimirla diariamente, hasta extraerle, como de una fuente que mana un hilillo de exhausta agua, esa última palabra que luego volverá del derecho y del revés, como si fuera la manga de un jersey, para encajarla en el hueco que completa su creación. Y, además de poeta que ha de medir no sólo las sílabas, sino también las letras de sus versos, el crucigramista ha de poseer una mente aritmética, como de ajedrecista de palabras que entablan sobre el casillero un juego de estrategias invisibles. Pues no basta con que el crucigramista reclute palabras; después debe organizarlas con mentalidad de estratega, cuidando de proteger los flancos, asegurando las sucesivas líneas de combate, fortaleciendo la retaguardia. Así hasta componer una coreografía de palabras en la que ninguna desentone, en la que ninguna se quede desemparejada o huérfana, en la que ninguna desafine con una letra viuda o meramente soltera.
Durante las horas en que el crucigramista prepara su creación habrá de sentir una mezcla de impresiones contradictorias. Imagino que, para resolver su dédalo de palabras, elegirá un par de ellas, las más largas que se le ocurran, que utilizará como ejes horizontal y vertical sobre los que a continuación erigirá su calculado edificio. Habrá momentos en que las palabras se le antojen talladas en durísimo pedernal, de tan hoscas e impracticables; habrá momentos en que las palabras se conviertan en fósiles delicadísimos o reliquias a punto de desmigajarse que el crucigramista apenas se atreva a rozar, para no desgraciarlas; habrá, en fin, momentos exultantes en que las palabras salgan de su concha y se muestren dúctiles, permeables, promiscuas, dispuestas a entablar coyunda con las otras palabras que las fecundan. Y a la impresión de angustia o atasco mental del principio se sucederá el temblor que nos asalta cuando manipulamos mercancías volátiles; y a esa sensación de fragilidad que obliga al crucigramista a contener la respiración mientras incorpora a su obra diaria las palabras más sonoras o inéditas (porque el crucigramista conoce incluso aquellas palabras que nadie ha escrito ni pronunciado jamás, aquellas palabras que anidan en las ramas más inaccesibles del gran árbol del idioma), se sucederá una impresión de alborozado alivio, cuando por fin las palabras casen entre sí, como añicos de un jarrón que recuperan su forma.
¿Cuántas erudiciones abstrusas abarcará la sabiduría de un crucigramista? En su cabeza hormiguean los símbolos de la tabla de elementos químicos, el atlas minucioso del planeta con todos sus ríos exangües y todos sus montes nevados, las alineaciones olvidadas de equipos de fútbol que alcanzaron la gloria en la noche de los tiempos, los nombres de escritores y actores amojamados por el olvido, las faunas que Noé recolectó en su arca y también las que se quedaron a merced del diluvio por falta de espacio y hasta las faunas mitológicas que Noé no recolectó porque olvidó leer los bestiarios medievales, la infinita urdimbre de las constelaciones que nos hablan en código morse desde el cielo, las furtivas genealogías de los hombres que amueblan los cementerios y las enciclopedias. Imagino la biblioteca del crucigramista con anaqueles atestados por mamotretos polvorientos que congregan saberes vastos como el océano; e imagino que el crucigramista habrá fatigado mil veces esas páginas, codicioso de palabras nuevas, buhonero de palabras antiguas. Y en el silencio de la noche, mientras el crucigramista hojea por última vez uno de esos mamotretos, un enjambre de palabras y de ácaros empezará a pulular a su alrededor, susurrándole la música del crucigrama siguiente.
Pero esta ensoñación nostálgica ha quedado hecha trizas con la tecnología. Pronto los crucigramas los urdirá la inteligencia artificial, acaso ya los esté urdiendo, abasteciéndose de palabras repetidas hasta la náusea, de insensatas cacofonías, de laberintos de letras sin misterio, como una nueva pesadilla babélica, rutinaria y anodina. Y, mientras la inteligencia artificial urde crucigramas a destajo, sin misterio ni elegancia, los crucigramistas se quedarán sin trabajo y la poesía se volverá muda, dejando que nos aturda la logorrea letal de las máquinas.
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