Animales de compañía

Laberintos de letras

Viernes, 6 de marzo 2026, 09:29

Desde niño he profesado una admiración reverencial a los crucigramistas, a quienes imaginaba como reyes Midas de las palabras que convertían en oro las combinaciones ... de letras más rutinarias. En los crucigramas, exactos y arduos como sonetos, se agazapa una matemática recóndita, un tapiz de letras perfectamente entretejido donde se agolpan todas las posibilidades combinatorias del alfabeto. El crucigramista tiene algo de poeta derrochón que no puede mandar a la musa de vacaciones, sino que ha de exprimirla diariamente, hasta extraerle, como de una fuente que mana un hilillo de exhausta agua, esa última palabra que luego volverá del derecho y del revés, como si fuera la manga de un jersey, para encajarla en el hueco que completa su creación. Y, además de poeta que ha de medir no sólo las sílabas, sino también las letras de sus versos, el crucigramista ha de poseer una mente aritmética, como de ajedrecista de palabras que entablan sobre el casillero un juego de estrategias invisibles. Pues no basta con que el crucigramista reclute palabras; después debe organizarlas con mentalidad de estratega, cuidando de proteger los flancos, asegurando las sucesivas líneas de combate, fortaleciendo la retaguardia. Así hasta componer una coreografía de palabras en la que ninguna desentone, en la que ninguna se quede desemparejada o huérfana, en la que ninguna desafine con una letra viuda o meramente soltera.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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