Cuando hablamos de ‘Año Nuevo’ estamos, en realidad, rindiendo homenaje a dos útiles artificios culturales: el calendario y el reloj. El calendario nació para poner orden en el ciclo litúrgico; el reloj, para dividir la jornada en porciones y alabar a Dios siete veces a lo largo de cada una (nuestras horas no son más que la popularización desnaturalizada de la ‘hora canónica’ del breviario que guía la oración de los monjes). Ambos inventos –reloj y calendario–, al crear una medida abstracta del tiempo, quebraron la continuidad de la vida; y nos obligaron a regir nuestros hábitos por sus dictados, de tal modo que nuestro sueño quedó ligado a la ‘hora de dormir’, del mismo modo que nuestra hambre quedó asociada a la ‘hora de comer’, en lugar de que sueño y hambre estuviesen dictados por la mera necesidad.
Así pues, el Año Nuevo no es más que un corte artificioso del tiempo, que anunciamos mediante doce campanadas del reloj o cortando la hoja ... de un calendario. Pero el propio tiempo que miden estos dos artilugios no es otra cosa sino una idea ‘relativa’ superpuesta a la vida real. El reloj nos tritura la vida a su gusto, sin contar con nuestras impresiones. Y el calendario es una mera convención, como lo es también el precio del dinero: decir que hoy es ‘Año Nuevo’ es, en el fondo, tan arbitrario como establecer que el euro vale tanto (y, además, es una arbitrariedad que el ‘mercado negro’ de la vida se pasa por salva sea la parte). No en vano, cuando le pidieron que explicara de una forma simple su teoría de la relatividad, Einstein dijo: «No dura lo mismo la media hora que pasamos con la novia que la media hora que pasamos con el dentista». El calendario y el reloj son dos tiranos igualitarios (y no hay peor tiranía que la igualitaria) que miden por el mismo rasero a los dentistas y a las novias.
Pero el calendario no pude modelar la vida; la vida la modelamos las personas (salvo cuando dejamos de serlo, por alienación o gregarismo). Y no importa tanto que sea nuevo el año como que sean nuevas las personas. Sería conveniente que el día de Año Nuevo todos nos considerásemos un poco recién nacidos. Pero, lamentablemente, siempre abordamos el Año Nuevo con melancolía, porque tendemos a creer que el tiempo –esa ficción regulada por relojes y calendarios– es irreversible. Ciertamente, nuestra vida mortal tiene un plazo inexorable (aunque no sabemos ni cuándo ni cómo concluirá); así que, cuando celebramos Año Nuevo, no logramos sobreponernos del todo a la impresión de que acabamos de cerrar el capítulo de una vida que va abreviando sus jornadas para acercarse a la despedida definitiva; en lugar de celebrarlo como una ocasión pintiparada para nacer de nuevo y estrenar el capítulo más importante. En última instancia, cada uno puede hablar de su tiempo perdido o de su tiempo ganado: perdido, si sólo queda la pena del propio daño, el recuerdo de las horas malgastadas; ganado, si nos ha servido para mirarnos dentro y conocernos mejor.
En contra de lo que afirma el poeta, cualquier tiempo pasado fue peor; porque es un tiempo que ya está muerto y en el que, por lo tanto, ya no podemos volver a nacer. Sin embargo, tampoco el tiempo futuro es mejor, pues siempre tendemos a pensar que lo tenemos sobrado, por lo que nos ponemos a soñar quimeras y a pedir aplazamientos, con grandes riesgos de quiebra súbita. No sabemos si el año en ciernes computado por el calendario será más próspero o adverso que el año que quedó atrás, tampoco si sus horas medidas por el reloj serán más angustiosas o consoladoras que las del año pasado; pues el tiempo tiene sus veleidades y sorpresas, para bien y para mal. Pero frente al tiempo del calendario y el reloj está la vida que podemos iniciar nuevamente, porque –como Cristo le enseñó a Nicodemo– es posible volver a nacer siendo viejo. El secreto de una ‘vida nueva’ no se halla tanto en incorporar nuevas tareas a nuestra muy atareada vida, ni en añadir nuevas pretensiones a nuestra muy pretenciosa vida, ni en formular nuevas aspiraciones o alcanzar nuevos logros, sino más bien en rehuir las tareas presuntuosas, en desdeñar las pretensiones vanas, en renegar de las aspiraciones fatuas y de los logros desorbitados. Una ‘vida nueva’, en definitiva, es nuestra vida antigua despojada de los errores inspirados por la soberbia, los muchos errores de los que por orgullo no nos queremos desprender, aunque pesen como un muerto. Porque lo que más nos aparta de una ‘vida nueva’ no son tanto los errores que hayamos podido cometer como nuestro empeño en ‘sostenella y no enmendalla’.
Feliz Año Nuevo a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan.
Publicidad
Noticia Patrocinada
Más de
Desayuno de domingo con...
Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
El secreto de Steven Spielberg
Anaïs Maquiné Denecke / Fotos: Eva Sakellarides
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia