Animales de compañía

Carne

Domingo, 25 de julio 2021, 01:00

No creo que hallemos ninguna forma de civilización que no exhorte a cierta abstinencia de la carne. Lo hacen, desde luego, todas las tradiciones religiosas; y encontramos este mismo consejo en las escuelas filosóficas dignas de tal nombre. Tales exhortaciones y consejos se fundan siempre en un deseo de perfeccionamiento o ascenso: puesto que la carne es gustosa, probamos nuestra fortaleza –nuestra virtud– limitando su consumo. Es una regla ascética elemental que, purgando los apegos instintivos que provienen del cuerpo, el alma se siente más limpia y más libre para acometer empresas virtuosas. No existe vida virtuosa sin conciencia de los límites, sin capacidad para privarnos de aquellas cosas que nos gustan.

Pero el problema comienza cuando se borra de los hombres la aspiración de la virtud; pues entonces también se borra de nuestras vidas la conciencia ... de los límites. Nuestra vida se convierte entonces en un catoblepas de voracidad insomne, en un apetito desbordado y compulsivo que exige ‘consumir’ todos los placeres; no sólo los placeres más naturales –como comer carne–, sino también los más artificiosos y patológicos. Y allá donde los hombres han perdido la conciencia de los límites, en esa incalculable bulimia volitiva del ‘consumo’ desaforado de placeres, resulta mucho más sencillo establecer imposiciones también desaforadas. Allá donde no se acepta una cuaresma hecha a la medida del hombre que nos aleje del infierno, la vida entera termina convirtiéndose en una sucesión ilimitada de infiernos. Allá donde no existe conciencia de límites humanos, las imposiciones tienden a hacerse sobrehumanas; dejan de fundarse en aspiraciones tan modestas como una vida virtuosa para fundarse en aspiraciones descomunales y quiméricas como salvar el planeta.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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