Animales de compañía

El tronco de Navidad

Viernes, 20 de diciembre 2024, 08:28

En algunos pueblos de España, Italia y Francia todavía pervive, aunque renqueante, la tradición del tronco de Navidad que dispensa regalos a los niños. En Toscana lo llaman 'ceppo'; en Provenza, 'cariguié'; en el Alto Aragón, 'tronca' o 'tizón' de Navidad; y en Cataluña –que tal vez sea la tierra donde la tradición se mantiene más viva–, 'tió de Nadal'. Se trata de tomar un tronco, leño o rama gruesa de un árbol, alrededor del cual los niños de la casa, imaginándolo una suerte de animal fabuloso en hibernación, realizan diversos actos y ceremonias, siempre acompañados de sus padres, que les recomiendan no acercarse con demasiada frecuencia a él, no vayan a alterar su sueño, o la metamorfosis que se está obrando en su interior.

Este tronco tiene algo de versión menesterosa del más ceremonioso árbol con espumillones

Instalado al pie de la chimenea (en las casas donde todavía hay chimenea), el tronco es atendido con sumo cuidado durante todo el Adviento (o ... siquiera desde la fiesta de la Inmaculada). Los padres hacen como que lo alimentan, antaño con heno, forraje o salvados (como si fuese un jumento), hoy más bien con alguna vianda que se aparta de la mesa común, o bien con las sobras de la comida, peladuras y mondas de la fruta; y los niños comprueban, con pasmo y fascinación, que la comida que sus padres arriman al tronco desaparece como por arte de ensalmo en cuanto se descuidan, como si la voracidad del tronco (que sin embargo parece dormido) no tuviese tasa. Así hasta que, llegados a la Nochebuena o a la misma Navidad, los niños, principales actores de la fiesta, zurran la badana al tronco mientras cantan, provistos con palos o bastones. Y entonces el tronco se desprende (como si los cagase) de los regalos que esconde debajo de la manta; pues se supone que los alimentos que sus padres les han dejado durante las semanas anteriores se han convertido milagrosamente en sus tripas en golosinas o juguetes (aunque también, hipotéticamente, podrían convertirse en carbón o en barro, si el niño hubiese sido malo, que por supuesto no lo es). Esta tardía metamorfosis de los alimentos que el niño ha visto dejar al pie del tronco en inesperados regalos provoca en él una estupefacción maravillada que siempre se resuelve en jolgorio; al que, naturalmente, se suman todos los adultos de la casa, deseosos de volver a ser niños, como conviene en estas fechas.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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