Jueves, 14 de Agosto 2025, 11:08h
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Debo confesar que siempre he profesado una cierta querencia 'ludita' o aversión a las máquinas. Mi abuelo, que había trabajado como taxista en los años de la posguerra, me inculcó una formidable inquina al automóvil que, a simple vista, podría parecer paradójica; pero que era inquina con conocimiento de causa (conocimiento de las plurales servidumbres que el automóvil incorpora a nuestra vida). Por influencia de mi abuelo, y también de mis lecturas adolescentes (de mi amado Miguel Delibes a Thoreau), fui desarrollando una enemistad creciente hacia las esclavitudes que las máquinas introducen en nuestra vida, bajo una apariencia de mayor libertad. Por ello, cuando mi vocación literaria se definió plenamente, resolví escribir a mano; pues consideraba que la máquina siempre interpone entre el hombre y la obra salida de sus manos un ingrediente de distanciamiento y frialdad, como si entre los engranajes de la máquina se quedasen atrapados algunos jirones de nuestra alma que no llegan a incorporarse a la escritura. Luego, cuando hice de la escritura mi oficio, hube de resignarme a escribir mis colaboraciones de prensa en el ordenador (por agilizar el proceso); pero mi obra de creación he seguido escribiéndola siempre a mano, porque es entonces cuando mi prosa se vuelve más intensa y penetrante (dentro de las modestas capacidades que uno posee, naturalmente).
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