Leo que un esquiador noruego, tras ganar una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Invierno que acaban de celebrarse, se acercó a los ... micrófonos y cámaras que sostenían los periodistas congregados en la meta para pedir públicamente perdón a su novia, a quien unos pocos meses antes había engañado (entendemos que poniéndole los cuernos con otra mujer) y ante quien, apenas una semana antes de competir en los Juegos, había reconocido el engaño. Aunque en las crónicas periodísticas no quedaba del todo claro, daba la impresión de que la novia engañada no había perdonado su desliz, pues el esquiador lamentaba: «Tenía la medalla de oro en mi vida, y aunque sé que mucha gente verá las cosas de otra manera, yo solo tengo ojos para ella. El deporte ha quedado en segundo plano estos últimos días. Ojalá pudiera compartir esto con ella».
En el curso de su desconcertante confesión pública, el esquiador afirmó que, «cuando haces algo que no puedes tolerar y lastimas a alguien a quien quieres mucho, tienes que reconocerlo». Y, en efecto, nada hay más saludable que confesar la propia culpa y penar por ella, un acto que a juicio de Santo Tomás reúne todas las virtudes, tanto teologales como cardinales, y que tiene las propiedades vivificantes de una auténtica resurrección espiritual. Frente a los escrupulosos y neuróticos que consideraban morboso confesar los pecados, Chesterton escribió: «Lo morboso es no confesarlos. Lo morboso es ocultar los pecados dejando que le corroan a uno el corazón, que es el estado en que viven felizmente la mayoría de las personas de las sociedades altamente civilizadas». Luego, en una fase terminal del puritanismo (que es la que ahora sufrimos), se llegó a la conclusión de que no había pecados que confesar porque nada es pecado. Es como si el hombre contemporáneo hubiese convertido la 'libertad de conciencia' en libertad para prescindir de la conciencia.
Pero la conciencia, por mucho que prescindamos de ella, sigue ejerciendo su carcoma, día tras día, de manera insomne. Hace ya un siglo, el eminente médico psiquiatra Carl Jung observó una notable ausencia de católicos practicantes en su consulta; y explicó este sorprendente hecho afirmando que los dogmas católicos protegían al individuo del caos del inconsciente, evitando que desarrollase neurosis. Además, Jung llegó a la conclusión de que la confesión sacramental era el más perfecto sistema psicoterapéutico natural, pues permite reconocer nuestra culpa ante una autoridad, evitando así el aislamiento moral (ese dejar que los pecados nos corroan el corazón al que se refería Chesterton) que se halla en la raíz de la mayoría de los trastornos psíquicos. Sería muy interesante elaborar un estudio que evaluase sinópticamente el declive de la confesión sacramental, incluso entre los propios católicos, y la multiplicación de los pacientes en las consultas psiquiátricas. A nadie se le escapa que el psicoanálisis, a la postre, no es otra cosa sino un sucedáneo de la confesión sacramental; con la diferencia constitutiva de que el psicoanálisis no sirve para que nadie nos perdone los pecados, sino en todo caso para que nos los justifiquen a cambio de un estipendio, pues la exploración del inconsciente que propone el método freudiano invita al paciente a creer que sus faltas y errores tienen causas sobre las que tiene poco o ningún control. De este modo, el psicoanálisis se ha convertido en una coartada para evitar el juicio sobre la maldad objetiva de acciones que por su naturaleza merecen un juicio adverso. O sea, para hacerle tramas a la conciencia.
Pero la conciencia sigue desempeñando de forma implacable su cometido, por mucho que tratemos de anestesiarla con las más variadas morfinas. Así lo prueba la confesión pública de ese esquiador, tan exhibicionista y desaforada, que trataba de consolarse del rechazo de la novia engañada que le había negado el perdón implorando el perdón de la masa anónima; pero era una pretensión desquiciada, pues la masa anónima de nada puede perdonarnos, puesto que en nada la hemos ofendido. En realidad, este pobre esquiador buscaba en la masa anónima un sucedáneo de Dios que sanase con una palmadita en la espalda el dolor de su conciencia. Pero las palmaditas en la espalda, por mucho que las divulguen en los telediarios, de nada sirven; hace falta, como nos enseña Oscar Wilde en De profundis, que Dios mire con otros ojos nuestro pasado. Cuando la gente le preguntaba «¿Por qué abrazó usted la Iglesia de Roma?», Chesterton respondía escuetamente: «Para librarme de mis pecados». Que es algo que no se logra ante los micrófonos y las cámaras, tampoco en las consultas de los psiquiatras.
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