Animales de compañía

Cambio climático y amos del cotarro

Domingo, 3 de julio 2022, 00:20

La más reciente ola de calor (o más bien olita) que padecimos a mediados de junio volvió a servir como excusa para que los medios de cretinización de masas abundaran en sus histéricos alarmismos y para que todos los mamporreros del negocio climático nos machacaran con la matraca del calentamiento global. Por supuesto, mientras arreciaba el pedrisco propagandístico, casi nadie se atrevió a recordar que estas olas de calor son fenómenos meteorológicos locales que nada tienen que ver con el llamado ‘cambio climático’; y fenómenos, por cierto, recurrentes que cualquier persona que no posea la memoria de una ameba ha padecido decenas de veces en su vida. Todavía recuerdo que, siendo niño, en cierta ocasión en que los termómetros alcanzaron los cuarenta y cinco grados, mi abuelo me soltó, viéndome hacer dengues y pamemas por el sofoco: «Esto no es nada. Para calores, los que había cuando yo era joven».

Ignoramos si, como dicen los apóstoles del ‘cambio climático’, la «acción del hombre» afecta al clima (extremo que, por cierto, ellos también ignoran). Pero, con ... independencia de que exista tal relación directa, consideramos que el hombre debe ejercer un ‘dominio justo’ sobre la naturaleza que no puede fundarse en un crecimiento indefinido de la economía. Y, desde luego, defendemos una economía basada en el reparto de la propiedad, en el consumo de ‘proximidad’ y en una tecnología al servicio del hombre que potencie sus capacidades sin multiplicar sus (falsas) necesidades. No sólo por motivos ecológicos, sino también antropológicos; pues sólo una economía así salvará, además del planeta, nuestras almas. Pero esta inquietud por el planeta y por las almas es muy diversa a la que mueve a los apóstoles del ‘cambio climático’, para quienes el planeta se ha erigido en nuevo dios; y para quienes, por el contrario, las almas (como los cuerpos que las portan) constituyen una suerte de plaga maléfica que debe ser reducida. Resulta, en verdad, llamativo que todos los apóstoles del ‘cambio climático’ anhelen –aunque no siempre lo expongan crudamente– una reducción drástica de la población mundial; y que todas las medidas que proponen para combatirlo la presupongan. Pues es evidente que, para poder prescindir de los combustibles fósiles y sustituirlos por otras energías más caras e ineficientes, o para poder prohibir la ganadería intensiva, hace falta deshacerse de una parte de la población (aunque, mientras se deshacen de ella, la alimenten con gusanos y la exhortan a moverse en patinete eléctrico).

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Escritor y premio Planeta en 1997

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